viernes, 29 de octubre de 2010

Souvenir

     7. Era el séptimo. Los demás se habían ido, entré cafés de mañana, y besos de callejón.
     Recién comprados, habían descansado en el paquete, juntos, sólo por dos minutos. Uno a uno fue saliendo, para calmar los nervios, la espera, la culpa.
     La fresca brisa los motivaba, los encendía más, y de a poco se iban llenando de calor acumulado. Los labios apenas se separaban,  y la boca dejaba salir la seducción voraz de los recuerdos abandonados.
     El ardor iba creciendo al ritmo de las miradas, sobre una mesa. La piel se erizaba. Y la respiración se agitaba, entrecortada, del mismo aire, compartido, en la intimidad de un rincón. Como susurro entraba el humo a sus bocas, unidas de vez en cuando. Los invadía con su sabor a casualidad atropellada.
     Las puertas se abrieron, las cortinas se cerraron, las ropas se rasgaron con aire a traición. Hicieron el amor con gusto a pucho. El paquete, sobre la mesa de luz. Se miraron poco, casi nada. Fumaron los dos, desnudos pensando en la nada misma.
     Sonó el teléfono, fue hasta la cocina. Un mensaje. Leyó y dejó las cenizas en ese cenicero viejo, ese souvenir del avión.
     Lo encontró fumando, y él le sonrió. Ella no. Sólo dijo “ya viene, vamos”. Se vistieron como pudieron, con el sudor en sus cuerpos y se besaron apurados. Y el paquete volvió a su bolsillo, no sin antes largar otro pucho.
     Corrieron por el pasillo. Las llaves. Ella corrió hacia la mesa, tomó las llaves y dejó el cigarrillo, sin apagar, en aquel recuerdo del avión. Salió atosigada, cerró la puerta, y escapó abrazada.
     Era el número 7. Las cenizas del quinto y sexto lo esperaban a cada lado de la cama, sobre las mesas de luz. “Dejé de fumar” había dicho en ese avión, cuando se embarazó de su primer hijo.

                                                                           AV   24/04/09

lunes, 25 de octubre de 2010

El Tincho

  Todavía sigue ahí. Tirado, desparramado como una bola de pelos, inmóvil, con los ojos cerrados y las patas extendidas. Es tragicómico observarlo, a la mañana, cuando el sol le da de lleno, se va contra la entrada de la cocina, a propósito, a calentarse.
  El otro día, cuando salí de desayunar y buscar agua en la heladera lo pisé. En el cuello el pie izquierdo, en una de sus patas el derecho. No se inmutó. Ni un quejido. Creo que abrió los ojos, con la energía de una tortuga. No movió la cabeza tampoco.
   Está medicado con calcio, come como embarazada. Pero está cada vez menos en la vereda, no molesta como antes para salir a callejear. Mueve la cadera cual mulata sensual, pero con el olor a perro mojado. Ya no ladra, ni persigue a los que salimos hasta la esquina, ni siquiera a sus dueños.
   Lo peor de todo es que hace como dos noches maúlla un gato. Y no hace nada. No sé si alguna vez ejerció de macho alfa, o de corre gatos; pero se ve que ahora se jubiló del todo. Y molesta. No hay nada peor que un gato que no te deja dormir. Los ronquidos en estéreo de las habitaciones que me encierran son soportables, pero el sonido agudo, lloroso es, además de deprimente, desesperante. Y el Tincho no hace nada. Es cierto: es sordo; desde que llegué siempre fue sordo, pero no ciego, ni siquiera de noche.
  Yo no sé. A veces pienso que sufre, pero lo veo ahí tirado tomando sol y digo ¡la mierda qué vida! Me da envidia, de esa sana que dicen que existe. Yo, combatiendo la humedad camino a Gráfica, él ahí descansando después de desayunar alita de pollo fría. Y me da más envidia.
   Camino a la facultad, filosofo. Él tiene 15, yo 19, pero a los años de él hay que multiplicarlos por 7. Filosofo, no saco cuentas, pero deben ser bastantes ¿no? ¿Llegaré así? Escleroso, sí, pero socialmente adaptado, querido por los vecinos, respetado por los más jóvenes, muy bien alimentado, protegido con las pastillas más caras. Lo dudo. Y me acuerdo que está solo, tirado, despatarrado bajo el sol. Qué se yo.
   Tal vez sea mi futuro, quizás algún boludo que va contando mosquitos en la humedad un día me pise el cuello y una pierna, y yo ni siquiera lo mire. Probable será que ni siquiera me acuerde, que una vez, un perro feo, vago, maltrecho y oloroso, me predijo la vejez.



                                                                             AV       25/10/10

sábado, 16 de octubre de 2010

Calendario

   Asfixia. Pastilla que da sueño, en vez de extirparlo, al luchar cuerpo a cuerpo con las tres cafiaspirinas diarias, con el oxígeno inyectado que entra -quiera o no- en la humedad de una caminata.
   Y la pantalla ni siquiera sigue en blanco, ni siquiera es pantalla. No se escribe sola, no se llenan las páginas ni se diagraman las palabras ¿qué esperan?
  Acostado y se mueren los párpados. Y el calor vuelve.
   El techo sigue siendo tan triste como en febrero. Las paredes habrán cambiado, pero lo importante sigue en el mismo lugar; irreemplazable por desgracia, porque no quiero.
   Ya nada hace ruido sobre el parqué. Ya poco queda de las pezuñas molestas, que esclerosas esperan morir. A su lado tiene el agua que bebe una vez al día, de a litros; al lado de la otra pata, la carne asada de todos los días.
  Él y yo, como en febrero. Uno más seguro de sí mismo, el otro más viejo; uno que espera que el calendario pase rápido y el otro que con cada día se completen caracteres, de soledad, de aceites reciclados, y de análisis periodísticos. Los dos, empastillados. Abandonados a las siete de la tarde. ¿Quién es quién?
  Me mira sin despedirse, el soberbio. No le cierro la puerta, porque no camina, porque me quedo sin internet. Gira la cabeza y sigue esperando.
  Entre los dos nos entendemos. Quizás nos extrañemos, quién sabe.



AV                    16/10/10


martes, 5 de octubre de 2010

Torre de Jesús

Caminan como hormigas con el pronóstico de sol asegurado. Lo hacen sin prisa, y hasta con cierto desdén. Caminan tomando aire, inflándose los pulmones, y sin otro sentido geográfico que el trazo simétrico de la plaza. No son demasiados; es domingo. La mayoría está acostada o sentada; se observan unos puntos diminutos a su lado, serán niños. Estos puntitos sí se mueven rápidamente, se caen, se detienen, vuelven al pasto verde cuidado, acolchonado.
Desde la torre de Jesús, a 63 metros de altura, se ve el rostro al revés de un hombre. Las hormigas se mueven por sus mejillas, sus ojos y su boca, sin darse cuenta, tampoco molestándolo. Porque él dejó de ser hormiga, a la fuerza, tres veces. Porque no se sabe si camina bajo algún pronóstico soleado, si lo hace con prisa o con desdén; si toma aire, si infla sus pulmones en cada paso. No se sabe porque falta. Algunas hormigas se lo llevaron. Desaparecido.




A.V 27/09/10





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