Mostrando entradas con la etiqueta todo sea por postear. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta todo sea por postear. Mostrar todas las entradas

jueves, 17 de mayo de 2012

Cuento que no dejará de ser exclusivo





Tengo una amiga de esas que cuando llegué me invitó a cenar pastel de papas con su hermana. Es de esas con las que ves el Mundial. Con esas dos informaciones uno podría llegar a decir que la ha definido entera, pero no, también es de las que insisten una y otra vez para tomar una cerveza en la terraza, un día ni tan fresco ni tan caliente, ni tan húmedo ni tan imposiblemente seco. Esa amiga tuvo una idea, y habló con otros amigos, y así se fue armando un proyecto interesante.
Más o menos indefinido, por momentos muy improvisado y por momentos serio, el plan de caminar por donde los e-mails, los contactos, los mensajes, los datos sueltos nos llevan se llama, justamente, Transeúntes.
Si algo he de aceptar, es que, recorriendo esas escrituras novedosas de mucha agenda, soy un hongo. Así que como primera cosa, desde La Rioja, les cedí un cuento, justo uno que había obtenido un premio compartido, allá por diciemrbe. Como exclusiva, escribí en el mail, jugando al escritor "denserio".
Se ve, según las estadísticas del blog, que tuvo más entradas que cualquier otra cosa que yo haya publicado en este blog. Mirá tú!

Así que acá está. Aullidos, se llama. Se lo dedico a mi hermano, que me contó las morbosidades más pintorescas de su trabajo en una clínica del corazón (sin melosas metáforas). No lo copio, sino que mando el enlace, porque como dije en el título, este cuento caminará siempre por la sendas del transeúnte amigo.

http://www.transeunteslp.com.ar/2012/03/aullidos.html


                              A.V


domingo, 22 de abril de 2012

Mientras tanto




Yo te miro.






Mientras tanto bajo un árbol descansa un reloj de piedra. Mientras tanto se queda sin tinta el grito, sin papel el susurro, sin vida la sangre, sin color la nada.






AV 22/4

sábado, 7 de abril de 2012

Sin título

O la tos, murmuró. ¿O la tos? La escena, vista desde arriba, podría ser descripta muy en borrador -como con lápiz HB o más blando- como una tarde noche, gris, insinuantemente fresca -o de otoño para ser más claros-, en la que hay dos pibes, una chica de pelo largo, "carita borrada" y un pibe de espaldas, algo alto. La perspectiva quizás sea un poco amateur. Una esquina. Esquina renovada, esquina que fue vieja, con alfeizar de un lado y zaguán del otro, casa del 1900 restaurada con puerta color acero, pintada de violeta y con un reflector con sensor de movimiento. Hay un perro pintado en un cartel que dice que la casa está protegida. Pero no importa, a ellos no les importa y discuten a media voz.
Discuten que tampoco está tan mal. Que podría haber sido peor. En verdad ni siquiera discuten. Mueven las manos como si lo hicieran, pero no, los dos saben -no lo dicen, claro, porque sino dejarían de hablar y para eso se juntaron- que los dos sienten exactamente lo mismo, una nada de otoño, una nada de tarde noche, frente a una casa heredada y arrasada por pretenciosos gustos. Pero él contesta que no entiende por qué. Ella, se sostiene las manos detrás de la espalda y frunce la boca; cada tanto finge que va a hablar tomando aire de repente para luego seguir callando. Y el silencio. En el borrador podrían aparecer bastante movidos, dos autos, que atravesaron la esquina, uno por un lado y el otro por el otro, sin hacer mucho ruido. Ninguna otra interrupción.
Él fuma. En el borrador se ven dos colillas tiradas en el suelo. Pero es un detalle, no importa demasiado. Fuma y cuando se exaspera porque recuerda algo que ella dijo o no dijo, o quiso decir pero no dijo, o dijo y ahora dice que no dijo...cuando eso ocurre, él tose. 
Cruza los pies ella. Se sostiene las manos por detrás de la espalda y cruza los pies. Una posición bastante incómoda, diremos, pero así se encontraba. Lo escuchaba. Ella no decía mucho. Pasó el primer auto, y dijo algo que él no escuchó bien  y dijo algo así como "y no sé, mirá, no sé". Entonces seguían. Él jugaba de un extremo al otro, tratando de sacarle algo. Algo que lo haga entender, ALGO, le pedía sin decirlo. Manejaba por la ruta del monólogo pegándole a la banquina en cada intento por que ella dijera que sí o que no, pero ella no largaba palabra.
Hay una luz, además de la de la casa que se prende cuando él exagera algún gesto con los brazos. Cuando abraza a la chica, cuando la suelta y trata de reubicarla en el difícil equilibrio de su posición. Hay una luz que ilumina desde la esquina del frente que logra las sombras en la cara de ella, casi por completo; y el brillo en su pelo, así se sabe que es largo, y la espalda del chico, que usa una campera liviana, porque es otoño y está anocheciendo. 
Entonces, él fuma y ella escucha. Así decidió ella que sería. Que lo dejaría hablar. Después de todo, eso quería desde que mandó el mensaje. Apretó "enviar" y pensó: que hable, a él le gusta hablar. Mientras calla, supone que él quiere terminar todo. Todo, o nada. No quiere terminar nada. Ahora sí. Él habla y ella saca conclusiones, redacta veredictos dramáticos de tres o cuatro palabras. Pero él va y viene. Entonces ella alega para un lado y para otro, porque está aburrida, porque sabe que tiene que volver a su casa y ver a su mamá que le dice que ponga la mesa y que traiga la fruta, y que prepare jugo y que blá. Entonces escucha, y después irá a decirle a su mamá en la mesa que habló con el pibe y que está bien, sin mayores novedades.
Él cada vez más desesperado, se siente enfermo, afiebrado. Espera más segundos con la esperanza fugaz de que ella conteste, pero la ansiedad no le permite olvidar la lista de temas que había pensado para charlar. O más bien, exponer.
Cuando pasa el segundo auto, el reflector se enciende. Cómo sabés qué es lo que vamos a hacer. Cómo sabés qué es lo que queremos. Y otros cómo sabés que pregunta, ya ardiendo, él.
Entonces, cuando pasa algún tiempo y el reflector se apaga otra vez, ella dice:
-No lo sé. Yo creo que tenemos que esperar a que pase. ¿Que pase qué? El tiempo. O la tos.




                                      A.V 7/04/12



sábado, 7 de enero de 2012

Caridad mediatizada

El nene camina al lavadero a buscar una bolsa negra, como le dijo su mamá. Cuando pasa por la cocina siente sed, abre la heladera y saca una botella de agua helada, recuerda que la cargó afuera -porque el agua de ahí está filtrada y no sale con esas cosas blancas- justo después de que el auto buscara a su mamá para ir a trabajar. Bebe y le gustaría tener jugo para preparar de naranja, banana y frutilla pero nadie se acordó de comprar.
Encuentra una bolsa gris y calcula imaginariamente todo lo que podría caber ahí dentro. Vuelve al estudio de su papá; llevó todo allí porque es más grande, el piso tiene esos cerámicos distintos a los del resto de la casa, son resbalosos, tienen formas, las líneas son raras, le gustan. Tiene sed, aquello le da sed y de verdad querría tomar ese jugo, pero no hay tiempo.
A guardar, a guardar, canturrea en su cabeza y comienza a separar Hot wheels de camioncitos, playmobils de muñecos comunes, hace una pila de cartas de distintos mazos, junta cosas de plástico más o menos de acuerdo a su utilidad para los juegos, junta bolitas. Todo en bolsas más chicas, de supermercado, organizado. Separar y guardar, separar y guardar, hay nenes que lo necesitan más que vos. A la tarde se junta todo en la capilla. A la tarde, piensa, y no falta nada para que su mamá vuelva. Y vayan juntos, y se despidan. Algo de todo esto le recuerda a Toy Story 3 pero él sabe que no es tan grande como Andy, está seguro de que a él sí le gustaría quedarse con los juguetes, pero también se acuerda de que hay que ser solidario, hijo.
Busca cinta de papel para escribir lo que hay en cada bolsa, así va a ser más fácil repartir cuando se lleven todo. Ve una lapiciera pero no encuentra la cinta. Busca en el piso.
El cinto todavía está tirado debajo del escritorio. Su papá sigue sin volver. La ventana sigue entreabierta. Los vecinos siguen sordos.
Recuerda la escena de ayer en la televisión. Esto acá y esto allá. Hace presión con toda su fuerza y logra vencer la dureza del cuero. Y esto allá y esto acá. El nudo, acá, así y más así. Más. Funciona, el nudo funciona y la hebilla sigue manchada.
Manchada y el tercer agujerito. La pierna y el moretón. Y el tercer agujerito. La lámpara rota y sin querer. Todo sin querer. Bolsa grande. Bolsa chiquita de autos. Nudo. Cómo será. Lo vio en la tele, en noticieros, en el diario, el muñeco 3D y la Presidenta hablando sobre él emocionada. Ya es tarde y va a venir mamá.
Todo está tranquilo en el barrio, como siempre. Hace calor y quiere jugo, en un rato ella  va a volver y cuando pasen por el almacén le va a decir que compre unos sobrecitos para la vuelta. De ese y no de otro. Se ajusta bien. Rápido porque ya es hora.
El playmobil granjero lo mira. El nene sabe que lo mira. Lo mira desde el suelo, porque quedó sin ser guardado, no está en la bolsa con los demás. A guardar, a guardar. El granjero lo ve dar un paso y resbalarse, ve la ventana que termina de abrirse súbitamente. Podría escuchar el ruido seco de las bisagras que no cedieron. Y la caída. Y el golpe gris, tieso, rígido, lleno, como la bolsa. 


                                                                                              A.V 06/01/11


viernes, 9 de diciembre de 2011

Calculo:



   Distancia, peligro, confianza, pérdidas, escuchas, chateadas, celos, el olor a shampoo, la mirada centrada pero no bizca. (No sé si hacía calor, estaba húmedo o corría viento. Marrones, medio verdes, ¿ah?)
   La botella, el vuelto, los vasos, la mesa. El chamuyo, desinteresado, rebelde mentiroso, paranoico gracioso o sólo hablemos de vos. El último. Sonreís con la frente entristecida y decís sed con labios húmedos.
   La tapa a rosca, el gas, el latido enervado. El vaso inclinado. Servir y que no derrame, -su mano-. 
    Marrones, medio verdes.
    Las medidas de la mesa y las de mi brazo, mi cuello. Y el suyo.
    Sí, digo. Su oreja.
    El Garrahan, dice. Sí, sí, contesto; sus dientes. Dame, pide; las líneas de su mano, su brazo, su escote, la mesa, la tapita. -Esperá-, me alarmo como si supiera, como si todo estuviera sentenciado. 


    "SEGUÍ SOÑANDO", tipografía nauseabundamente insulsa, en negro, encerrada en el diámetro perverso de una tapa de coca-cola.
     La rabia, su nombre, el de ella, su nariz y la arruga imperceptible, el botón desabrochado de su camisa. La puerta de vidrio.
     En cuánto tiempo y cómo cae al soltarla. La fuerza, la patada. O aplastarla contra el asfalto. O romperla de mil formas. O abrir los ojos y ver el techo, sentir la almohada y levantarse. La última.


                                                                                         A.V      09/12/11

viernes, 11 de noviembre de 2011

Misma astilla


Detrás del escritorio y el hombre hay una pared revestida de empapelado viejo y marrón madera que alguna vez fue elegante. De un clavo casi imperceptible cuelga un cuadro, grande, con marco de plata y vidrio astringentemente limpio que cubre la fotografía en blanco y negro autografiada de un hombre alto, que sonríe soberbio, saludando con una mano y empuñando un palo de golf con la otra.
Sobre el escritorio, está abatido en sus codos el hombre. Acaricia nervioso su cabeza, engrasando los pocos cabellos que le cuelgan a los extremos. Está agotado, oprimido. Tiene los pies suspendidos en el aire y los balancea golpeando las patas del sillón vencido. Su saco gris permanece pegado a su cuerpo gordo, su camisa está húmeda porque hace calor y no funciona el aire acondicionado. La ventana está cerrada. El olor a habano endulza con su perfume el despacho y eso perturba más al hombre: el Señor Cifras pasó por ahí la semana pasada, encendió el cigarro importado -de contrabando- y dijo sin rodeos:
-Estamos mal, Aníbal. Estamos mal.
Aníbal entonces, hizo números. Llamó a quien tenía que llamar hasta que todos le cortaron el teléfono. Insistió. Envió e-mails. Pero nada. Se le cerraban las puertas. Y el olor insoportable le contaminaba los pulmones.
Entra Sara, la secretaria, dando un portazo y despliega algunos informes sobre el escritorio. Un portarretratos con la fotografía de la hija del hombre cae al suelo y a nadie le importa. La mujer se abalanza sobre la mesa y lo mira; se inclina por sobre su cabeza y abre los labios, toma aire y habla. Sus brazos se tensan y la catarata verbal se acrecienta. Última vez, última vez, repite y mueve las manos; toma algunos papeles, los hace un bollo y los arroja contra todo lo que hay en el despacho. Acierta a una lámpara, a otro portarretratos con otra foto familiar en la que el hombre sonreía, a una escultura horrible de plástico que le habían regalado, voltea todo; golpea el escritorio con el puño y repite el discurso. Señala el cuadro y continúa vociferando. Lo señala y amenaza con romperlo también. Aníbal siente un dolor en el pecho cuando la mujer dice aquello pero no puede mirarla.
Aníbal cierra los ojos. Respira profundamente intentando intercambiar los olores. La fragancia de la colonia de Sara es espantosa pero la prefiere a la del habano del Señor Cifras. No dice nada. Sólo asiente y espera a que Sara se retire dando otro portazo y su perfume permanezca un rato más.
Cuando la secretaria abandona el despacho, comienza él mismo a patear las pocas cosas que quedaban de pie allí dentro. Transpira y sus cabellos resbalan de un lado a otro en su cabeza. En un vaivén, tira todos los papeles del escritorio al suelo, quita los cajones de sus lugares y también los lanza lejos. Empuja el escritorio hacia una de las paredes laterales, cerca de un mueble donde solía guardar las bebidas. Patea el sillón que pierde una ruedita de una pata. Golpea el teléfono. El monitor de la computadora cae y un ruido seco contra la alfombra indica que ya no será útil.
Quedan ahora ellos dos solos. Uno frente al otro. Aníbal se deja caer en el suelo y toma sus rodillas con las manos, como un niño. Lo mira fijo. Donde debió haber estado el sol esa tarde de almuerzo en Pilar, esta mañana hay un brillo que llega directamente de la ventana cerrada en el despacho de Aníbal. Se iluminan los ojos oscuros del hombre del cuadro. Se pueden ver mejor sus dientes blanquísimos y sonrientes, y hasta podría decirse que el hierro 7 también centellea detrás del vidrio.
-No sé qué pasó. Necesito explicaciones- Aníbal habla suave y lentamente, tratando de controlar el llanto-. No entiendo.
Pasa su mano por su rostro, y baña su frente en sudor. Se agita, la presión le juega una mala pasada y comienza toser, por las dudas, como se lo indicó el médico.
Hago todo. Todo al pie de la letra. Todo- prosigue, agotado; pero parece recordar algo y sonríe-. Hasta hablo como usted- lo pronuncia exactamente igual: acentúa la primera sílaba de cada palabra-, pero nada, no encuentro respeto en ningún lado. Ella lo tuvo más fácil, usted sabe. Una mujer…-se cansa y espera para continuar-Una mujer es distinta a uno. Yo ya no sé cómo hacer.
Una lágrima que puede ser de sudor, o una lágrima de dolor se impregna en el puño del saco cuando Aníbal lo acerca a su nariz. Se percata de esto y aparta con violencia el brazo de su cara. Mira el cuadro. Intentaría una disculpa pero no la siente. Honestamente, no la siente. Se lleva el brazo nuevamente al rostro y lo enjuga secándose toda la cara.
Recuerda esa tarde. Habían almorzado todos juntos, todo el partido reunido alrededor de una larga mesa. Él, él con mayúscula, hablaba; ellos, minúsculos, escuchaban en silencio, sin atreverse a tocar los cubiertos. La comida se enfriaba. Era una prueba de fuego. Más tarde Él jugó al golf y Atilio, el fotógrafo del partido, inmortalizó el saludo que ahora cuelga de la pared.
-No nos acompañan. Es el final del ciclo. Le pediría disculpas, pero fue usted el que mintió primero. Usted, con este saco. Con éste.
En un arrebato de furia se quita el traje, lo hace un bollo y lo lanza lejos contra el sillón, se rasga la camisa transpirada y la tira hacia el otro lado. Su pulso se acelera y tose. Vuelve a caer arrodillado al suelo, el piso tiembla.
El clavo cede. La tanza transparente se corta y estruendosamente cae el cuadro, con su marco de plata. Y el vidrio estalla. La fotografía comienza a doblarse sobre sí misma, como si hubiera estado conteniéndose por todo ese tiempo.
Aníbal mira la escena espantado. Una señal. Busca sus pantalones, y una remera en un pequeño cajón revuelto. Mira la foto. Lee por última vez la firma. Se despide.
-Papá-dice por fin, y cierra la puerta de un portazo. La corriente sorprende a Sara que mira anonadada a su jefe, el hijo del padre, que camina decidido-. Adiós.
Afuera está caliente, pero se respira el placentero olor a pegamento ajeno. La campaña terminó.


A.V. 11/11/11
Cuento para Trabajo Final de Textos II


martes, 25 de octubre de 2011

Cumpleaños feliz

Que cumplan años los que quieran, 
cuando quieran. Cuantos quieran.


Que huyan, se exilien por dos o veinticuatro horas, qué más da.
Que metan la nariz en un plato lleno, rebosante de gula.
Que jueguen con sus lenguas y con las de otros.
Que hablen. Que callen en soledad. Que piensen y que no.
Que crezcan. Que se pellizquen y se estiren los cueros.
Que se miren al espejo y vean que un día puede ser un año o una década. Y se den cuenta recién ahí.
Que respondan preguntas clichés.
Qué inflen globos. Que exploten. Que rían. Que golpeen la mesa, la puerta, la pared. Que lloren.


Que conozcan más una mano, un rostro, un ojo. Que jueguen a ser ciegos.
Que miren -como sea- la alegría de los otros. Y la compartan.
Que saluden. Y sean saludados. Que escriban y coman. Que coman y sonrían. Que se sostengan la panza de tanto reír.
O que se lamenten.


Que aten su cuello a una cuerda; o una piñata a otra cuerda. Ya fue.
Que hagan lo que de verdad se les cante por el alma. O que canten a los gritos despertando almas.


Que disfruten, si quieren,
en fin y sin tanto drama, 
la nimiedad de ese día así-nomás 
que tan orondamente 
el Registro Civil concedió 
de una vez y para siempre,
como uno no tan parecido a los demás.


Salud. Yo lo pasé genial.




                               A.V, horas después de un gran cumpleaños. 






P.D.: Cuando uno empieza a decir boludeces, hay que irse a dormir. Cuando ya las escribe, está todo perdido.

jueves, 13 de octubre de 2011

Repitiendo

Glaciar el silencio. Glaciar tus pestañas, glaciar tu saludo.
Glaciar tu dedo, empujando mi cuerpo, glaciar tu aliento rozando mi orgullo. 
Glaciar fueron tu texto, tus puntos, tus mayúsculas. Glaciar fue tu firma, tu tinta, tu enojo.
Glaciar fue el afuera, la ventana, la mugre. Glaciar fue tu sudor, y el mío.
Glaciar fue tu lengua, glaciar e impenetrable el golpe. Glaciar la pared gris.
Gris el puto paisaje. Gris la llave. Glaciar el picaporte y gris.
Glaciar tu infierno, glaciar mi infierno. 
Enrojecida quemada 
la habitación cuando nos ve.
Se congela el zapping, se congela el viento. Se quiebra el olivo, se quiebra el pasto.
Se dobla tu espalda, se tuerce mi hombro. 
Glaciar el jadeo. Glaciar la tos.
Blanco manchado tu cuello.
Reseco el beso.
Ajados tus brazos, los míos. Decrépitas las piernas.
Gélido el suelo, gélido tu sexo.
Gélido todo y el vaivén.
Frígido el techo y su oscuridad.


Inerte el sueño. Y lo inconexo. 


                                                              A.V 13/10/11

jueves, 29 de septiembre de 2011

Empecé portugués (y terapia)





  Si alguien me preguntara, ¿qué hacés el viernes a la tarde? yo, cual Seinfeld (looser que se hace el canchero), le contestaría: 
  -Tipo 7 no puedo. Tengo, tengo algo importante. Tengo que verme con alguien-. Y levantaría una ceja. A las 7 en punto toco el timbre. A las 7.04 me siento en una silla, me arremango si tengo un buzo o un poulover, y contesto a un "qué tal la semana".


  Para aquellos que siguen escuchando después de que digo que voy a la psicóloga, y me preguntan qué hago ahí (no porque no sea evidente sino por pura curiosidad y para preguntarse ellos mismos qué les diría un lacaneano), he aquí la siguiente anécdota:
  En una de las sesiones, la psicóloga me dijo: "te va a costar mucho renunciar a la autoexigencia porque te da placer". La pu. En aquel momento, cuando lo dijo, me limité a asentir. Todo lo que dice esa mujer está bien, a veces le pega demasiado, te pregunta cosas incómodas, qué se yo. Que te hable de un Superyó goloso, un narcisismo andante y que después te mire fijamente y te diga: ... (ahí va la parte "todo bem, todo legal, PERO"). 
   Sí, empecé terapia y me fascina. Supongo yo, cualquier psicoanalista -ponele Andrea-,  diría que la "transferencia" va 10 puntos. Es más, cómo será, que elegí, entre todas las optativas, cursar 4 meses de psicología social.


  Ponele también que ese día, después de la terrible charlita, haya vuelto caminando. Lo importante fue la promesa posterior: "juro que voy a hacer todo todo todo todo todo para renunciar PERFECTAMENTE".
   Es por eso que empecé este posteo hablando de cualquier cosa menos de lo que indica el título, pero como bien dijo -o lo dijo una vez, o lo robó de otro, bah, tampoco es La idea- Pancho Ibañez, todo se relaciona con todo. La neurosis del orden y de que todo tenga su explicación obliga a usar esa frase como gran excusa para seguir diciendo boludeces y que más o menos se arme un texto -al que llamaré prostitución literaria, bloggería desesperada, o para ser brutalmente honesto: déficit visititario mensual-


  El tema es que hay gente que, como mi amiga Flor, ve el enamoramiento del que habla Freud, o que poco poéticamente uno podría denominar como: sentimiento que atraviesa ojos, garganta, panza, bolsillo cuando ve algo que disminuye su Yo para pasarle cualidades extra terrenales a algo/alguien. Ella, por ejemplo, se enamoró de sus sandalias. Ese par de..¿sinónimo de sandalias? con cordones y así, asá, así y asá, que buscó por toda La Plata, por todo mercadolibre, que encontró en una zapatería española a 60 euros, son el amor de su vida. Son su Yo ideal, o ideal de Yo -no da buscar la fotocopia-, lo más perfecto que existió en este mundo y por lo que dedicó horas y horas, gastó suela en recorrer vidrieras intentando concretar el acto (de comprarlas).


  Y aquello se relaciona con decir: será posible!? El loco tiene razón. Uno lee la fuckin' fotocopia pensando: ajam, claro, sí..es VERDAD, la puta madre, o sea que.... Años así. Años tratando de que la media sandía lo encuentre a uno que apenas se sentía la mitad de una... aceituna. Años sin entender que al final uno busca su complemento idealizado: andá a casarte con el espejo agrandador, entonces.
  De todas formas, también como diría mi amigo Jorge, el retrato de una obsesión podría simplificarse en la maldita costumbre. La respuesta es fácil: they don't like men. 
  
  Temor a ser amado. Qué problemón. Pero no, no es el mío. Con ese diagnóstico psicoanalítico quizás ganaría un punto más. Pero no. El tema es distinto, menos mal que gracias a mi superyó goloso no lo voy a escribir.


  El gran Tom Jobim -que por estos días me parto escuchando-, tuvo un amigo, Don Vinicius, que lo dijo claro: Tisteza não tem fim, felicidade sim. 



  Lo habrá escrito por el carnaval él. Y si los boludos de los periodistas deportivos la ponen como titular cada vez que Brasil pierde en algo, yo puedo usarla para decir que tristeza não tem fim, pero que  à felicidade se encuentra cursando portugués. La clase es genial. La cruz de las personas es genial. La profesora es lo más. Las S son lo más, las "nh", los "ch", la R francesa que sale hasta donde no debe. Hasta la Mercury termina siendo aceptable. 


  Cursar portugués -y tener las cuestiones que uno le cuenta a la psicóloga- lo hace subir a uno las escaleras de la facu cantando "Fotografia", comprar un sánguche tarareando "Amanhecer", hartar a tus compañeros con el: Meeeeu coraçao não sei por que, deserotizar todo sentido de la frase "batir papo" porque la profesora lo dice 40 veces en la clase, imitar a cada uno de los pastores de la tele  tratando de meterle la nacionalidad brasilera en cada Jesucristo que dice, leer las O como U y tener horas y horas pirateadas de Caetano Veloso y Maria Rita en la compu.


  Si en algo se articulan (fuá, palabra) portugués y psicología es gracias a Mafalda. No encontré Mafalda tan linda, tan -volviendo a los primeros párrafos- sandía, y con una amiga TAN parecida a Felipe. 


 Mafalda tiene facebook. 
Mafalda é linda, é uma garota muito bonita. 
Eu lembro àquela menina na praia cuando pienso en Mafalda. 
Mafalda me tiene apaixonado. 



   Mafalda y yo no tenemos amigos en común. No da agregar a Mafalda. Mafalda seguro sale de cursar con ojeadura. Mafalda no va a leer esto.

Qué se le va a hacer: tristeza não tem fim, psicología e português, sim.


                                                        A.V 29/09/11

Aquí para escuchar Amanhecer, de Wager Barbosa e interpretada por Confluencia.




Y aquí, el clásico Carinhoso, también por Confluencia


Nota:  Si alguien leyó hasta acá, no sé cuál, si mi Superyó o mi Yo, les pedimos disculpas o les agradecemos. Saludinhos.

sábado, 17 de septiembre de 2011

¿Qué hacer si uno se encuentra un celular?


   Sí, lo veo, ahí, abajo de ese banco. Muy cerca de los caños para hacer gimnasia. Pero yo llegué después; cuando me senté acá, no había nadie. También es rara la hora. Salvo algunos enfermos mentales, no toda la ciudad sale a correr por el centro a las cinco y media de la mañana, un miércoles.

   Claro que podría fijarme de quién es. Agarrarlo con cuidado, prenderlo, fijarme en la lista de contactos, si hay algún "mamá" o "amor" para llamar y avisar. Mejor un "mamá" porque mirá si encima de perder el teléfono se le arma algún quilombo.

   Además, menos mal que soy yo. Porque acá y por estos días, cualquier otro podría haberlo encontrado, buscar los mismos contactos y fingir un secuestro, mucho más si se lo dejó hace poco. Indagás un rato, mirás las fotos y videos que tiene adentro y alguna idea te hacés. Eso voy  a hacer, quizás conozca al dueño, quién te dice...pueblo chico.

    Desde acá se lo ve grande, no sé si táctil, pero por lo menos un Blackberry debe ser. Tiene cámara también, me parece, chiquita. Sólo se ve la parte de atrás del aparato, negro, y algo que le brilla pero todavía está oscuro y mucho más a la sombra del banco de plaza.

    Podría ser de algún famoso. Ahora, ¿quién podría venir a esta ciudad un miércoles a la madrugada? Bah, digo, ¿qué famoso super estrella con videos subidos de tono y altamente vendibles a la televisión podría venir? Ninguno, creo. Igual habría que ver, quizás es músico y tiene algunos demos grabados ahí. Podría tener yo, gracias a mi suerte de corredor nocturno, la exclusiva chance de escuchar, antes que el resto del público, los futuros nuevos éxitos de alguien muy creativo, un Santaolalla, que ahora es tan conocido.

    La otra, es que sea de un escritor. Con archivos en Word de su nueva novela. El futuro premio Clarín, en mis manos por un rato. Estaría bueno, hace bastante que no leo nada, con esto del laburo nuevo, siempre ocupado, siempre en casa. La puta, debería haber comido esa banana anoche.

   Sino también, un periodista político. Los periodistas siempre usan...¿cómo les llaman ellos? BB. Ja. Recién recibidos y sin un peso que se hacen los cool. O empleaditos eternos que se hacen los Pro y tienen blackberry. Yo siempre fui empleadito, y lo seguiré siendo, pero no tengo BB. Hasta ahora. Podría ir hasta ahí, recogerlo. Y ver.

    También podría no tocarlo, quizás eso sería lo mejor. No fijarme nada y esperar a que suene. En algún momento alguien va a llamar y ahí le digo, mirá, encontré este teléfono en la plaza, debajo de un banquito, yo no tengo problema en devolvérselo al dueño, decimos un lugar, nos juntamos y listo, no hay drama. O viene por casa. No. Error. Nunca hacer ir a alguien a tu casa. En este aquí y ahora, jamás. Es casi un suicidio. Ya me veo por la tele, todo descuajaringado, diciendo que yo sólo quería devolver un celular. O en el diario. Otro caso de inseguridad.

     Pero... yo siempre quise cambiar este teléfono que tengo. Si no llaman en veinticuatro horas es porque no les interesa el aparato. Seguro tiene muchísima plata el dueño. Tanta, que no le importa perder un teléfono. Uno más, uno menos, debe pensar. Y a mí no me sobra la plata para cambiar el mío. Yo sí llamaría si lo perdiera, aunque sea viejo y con teclas, como los de antes. Porque uno se termina encariñando con todo lo que lleva en el bolsillo. Por eso me compré este jogguin con cierre, para que no se me cayera nada, así no tuviera que andar buscando y pidiendo que me devuelvan las cosas. No, a esa gente rica no le importa nada. No transpiran laburando, no tienen culpa cuando gastan, tienen esas tarjetas ilimitadísimas y no tienen nudos en el estómago a fin de mes. Y encima, se dan el lujo de andar perdiendo celulares. 

    ¡Qué cosa esta gente que desperdicia el dinero! Adióooos Don Alberto, ¡¿cómo lo trata la vida, bien?! ¿Va a comprar el diario? Cada vez peor estamos, Don Alberto, con esta inseguridad ¿vio? Se han perdido los códigos, antes entre los villeros había códigos, ahora no se respeta nada, roban por robar, matan por matar, fijesé lo que dice Grondona ahí en su columna. Esto no tiene vuelta atrás. Adiós Don Alberto, saludos a su familia. 
    Este Don Alberto, hija bonita tenía. Éramos chicos y yo no sabía qué otra cosa hacer que mirarla cuando iba a comprar al almacén de frente a casa. Pero eran otros tiempos. Igual, abogado tenía que ser el marido. Ése. Otro que puede darse la buena vida y podría andar perdiendo teléfonos.

    En fin, ya sería hora de ir volviendo. Upa. Entrada de colegio. Cada vez más turritas, las pibas. Si sigo mirando así para la esquina me voy a sacar el cuello. Ay ay ay, cómo duele este cuerpo cansado, che. A ver, me voy a acomodar mejor. Como abuelito mirando el cielo. Y esas polleritas, tan cortas. ¡Qué piernas, querida! Antes, en mis tiempos -y tampoco fue hace tanto che, las escuelas ya eran mixtas acá en la ciudad-, las chicas usaban las  polleras hasta las rodillas, camisa por dentro. Ahora todo es un descontrol, se perdieron los valores de la familia, las pibas cada vez más desinhibidas, a esta hora de la mañana, con estos corazones débiles mirándolas, por Dios.

    ¡Eh! ¡Qué hacés? No, no. ¡Perro! Dejá eso ahí, vení. ¡No, no, no te vayas, vení, perro de mierda! La concha de su madre y la banana que no comí anoche. Ay, Dios, la cintura. Ay. A todos los perros de la calle hay que mandarlos a que se los coman los leones. Ay, perdí un celular. Ay, la cintura. 
    La puta. Podría haber sido de un doctor.

                                                                                    A.V      17/04/11



martes, 13 de septiembre de 2011

Domingo en 7





2.
   Pudo ser una perfecta escena fotográfica. Estática. Un media sombra cubre la parada del 307 y el fondo casi de naturaleza muerta de Plaza San Martín y Casa de Gobierno es alterado por un viento incoherente que por momentos provoca que el bastón del viejo que duerme sentado en la casilla se balancee de un lado a otro. Unos pocos cabellos flamean bajo su boina.
   Los pájaros también descansan en el séptimo día. Los micreros aguardan el quinto semáforo en rojo antes de seguir camino. Las sendas peatonales continúan inertes ante el cosquilleo inútil que hacen las hojas y el polvo que sobrevuela el asfalto.
   El viejo rompe por último la escena, que había dejado de ser fotografía para transformarse en reliquia pictórica, cuando suelta el Clarín hace dos horas comprado en 51. Las páginas se incrustan en los caños de la parada, en los arbustos, en los troncos. La Viva colisiona violentamente contra su bastón y lo despierta. Sobresaltado, el viejo ronca con los ojos abiertos. No se levanta, sólo se agacha a buscar el bastón.


  Puede ser una perfecta escena fotográfica. Estática...


                                                                             A.V.    un día en Textos.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Mente en negro

Se estrujarán las ideas inservibles.


Se agotarán como de cuentagotas
las estupideces más escandalosamente no-dichas.


Se negarán párrafos enteros.
Se apretujarán contra el fondo de lo imborrable
            y también se asfixiarán, ilusas,
las dedicatorias más perfectamente inocultables.


Se callarán los dedos. Y dolerá la garganta.
Y sólo se escuchará el espasmo alérgico
del invierno que cojea acá tan cerca, en el pasillo.
Y la primavera, aletargada,
llegará histérica arrancándose las hojas.


Se secarán,
no por el sol
o por la promesa inconsistente de calor,
las palabras más amargamente empalagosas.
Se secarán, en fin,
con aire de caloventor y de sueño
que corre con piernas de infancia
                         aquí tan cerca, tras la puerta.








                                                                                                               A.V      03/09/11


Ahora es más fácil comentar