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lunes, 27 de agosto de 2012

Fragmentario I

La niña sobrevuela las pocas baldosas que quedan firmes en aquella plaza que en unos años será olvidada. Escucha el sonido de las ruedas atravesando la línea empedrada de la vereda antes de llegar a la esquina donde espera un hombre el colectivo que viene llegando por el punto cardinal donde se pone el sol. Sol insuficiente que hace brillar tenuemente la cadenita de plata de la niña que se ha detenido en seco.

Los que no viajaban desatentos en el micro, el hombre que ahora tiembla y se descompone, la niña que traga con desesperación las lágrimas silenciosas que derrama, ven la escena completa.

A.V
27/08/12


domingo, 24 de junio de 2012

3 centímetros

    Hay un auto. La ventanilla del lado del conductor tiene un agujero de unos tres centímetros de diámetro. El auto es negro, importado, los vidrios no están polarizados. Sobre el asiento hay un cuerpo que compite con el invierno de un 24 de julio que todavía no ha visto el sol.
    No se mueven las hojas que quedaron sobre el asiento del acompañante, no se mancharon tampoco las firmas falsas, ni las facturas para rellenar.
    Ahí donde hay papeles hubo un niño, que durmió de la casa a la oficina. Hubo también varias mujeres, sentadas de a ratos, inclinadas para un lado, hacia donde ahora está él, o estaba, o él que ya no es.
    Atrás del auto hay otro, que espera a su dueño. El propietario de este Clio es una mujer, Amelia, nombre antiguo pero que hoy le pertenece a una chica de apenas veinte años, cumplidos hace un mes. Amelia no lo conocía, pero ahora, apenas llegue con la intención de arrancar el auto y devolvérselo a su papá, lo verá por primera vez. Y el grito despertará al insomne de la casa del frente, que acababa de conciliar su sueño. Y se marcarán teléfonos, y llegarán sirenas que irán despertando a la cuadra, haciendo vibrar los colchones de cada habitación en cada casa. Y se llenarán de ojos las ventanas.
   Detrás de un teléfono llorará una madre, y el niño que ocupaba el lugar de las boletas todavía no se habrá enterado.


A.V 24/06

lunes, 7 de noviembre de 2011

1. Cría cuervos


No preguntó al chofer cuánto costaba el trayecto hasta la Plaza Principal, ni mostró su credencial, directamente pagó el boleto más caro. Tampoco agradeció cuando una mujer joven que hablaba por teléfono le cedió el lugar. De todas formas se bajará pronto, pensó. Simplemente, se dejó caer sobre el asiento, colocó su portafolios -con su obra de arte dentro- sobre sus piernas, lo abrió y extrajo una carta. Disfrutó al sentir la cosquilla que hacía borde mal cortado del sobre y leyó las letras de tinta azul.
Una ventanilla estaba abierta y hacía que el papel intentara escapársele de las manos, ya débiles, ya inservibles. El viento lo hacía perder el hilo, por lo que retomaba la lectura siempre desde el principio. No hacía muecas. No eran necesarias, nadie lo miraba, nadie podría contarle nada a nadie. La tarea debía ser limpia y para nada sobreactuada, no hacía falta hacer de aquello un circo.
Leyó la firma. No apretó la carta contra su pecho, no la posó sobre sus labios, ni siquiera rozó una vez más las arrugadas yemas de sus dedos contra el reverso del papel para sentir el enojo incontenido de su hijo. Solamente volvió a colocar la carta en su sobre y abrió un poco más la ventanilla. Nadie se quejaba por el aire helado que entraba. A nadie le molestaba nada.
Acarició su obra maestra. Cable por cable. Apenas era visible la luz roja. Calculó las cuadras. Miró las copas de los árboles y comprobó que no había demasiado viento afuera, pero sí el suficiente para hacer llegar el sobre a la vereda. Y luego. Y luego…

Volvió a mirar dentro del portafolios. Todo estaba listo. La carga estaba conectada. La luz nítida. Su mano firme en el interruptor. Sostuvo el sobre hasta que se decidió a soltarlo, cuando el colectivo dobló la esquina. La casa del desagradecido se veía sorprendentemente abandonada. Repasó los metros que faltaban.
El chofer frenó, algo brusco. No había una parada en ese lugar. Era mitad de calle. Nadie miró nada. A nadie le importaba nada. La puerta corrediza se abrió y subió un hombre joven vestido con un traje marrón. Rengueaba, fingía. Se burlaba. Alguien se levantó, caminó hasta la puerta y bajó. Él giró para ocupar el asiento, pero se detuvo. Empuñaba un arma. Tampoco hizo espectáculo. Ajustó el silenciador al cañón con precisión. Simplemente, disparó. Su padre murió sosteniendo el interruptor, esperando el momento indicado, en su último intento por ser ejemplo. 

                                                           AV. Algún día de octubre 2011.


Foto de Noelia Torres "A Secas"

lunes, 3 de octubre de 2011

Burocracia

-Octubre- dijo.
Ellos anotaron.
-¿Puedo elegir el año?
Se lo negaron.
-¿El día?
Tampoco.
-La hora.
-No.
No llamaban al siguiente. Él podía ver desde el otro lado del mostrador que al papel le quedaban campos por llenar. Sin embargo, ellos callaban. 
-¿Tengo que seguir suponiendo?
-Ajá.
-¿El lugar?-lanzó, y esperó el permiso- París. 
-Imposible, esa sede está llena. Pero hay promociones con otras.
-¿Como cuáles?
Levantaron una ceja.
-Bueno, no sé. Alguna en el Caribe. ¿Hay?
-Ajam.
-Jamaica, entonces.
-Tampoco hay lugar. Es de las más solicitadas.
Hizo una mueca, era una obviedad:
-...como vivieron, ¿no?
-Está empezando a entender-dijo uno y sonrió muy brevemente, para luego preguntar- ¿No le gustaría que fuera en la Patagonia?
-¿No es muy frío?
-Octubre.
-Como sea.
Se hizo silencio. Atrás esperaba por su turno una fila larga. Él se impacientó, ellos parecían no estar apurados por terminar con lo suyo.
-Que sea mientras duerma.
-Poco original- acotó uno. Anotaron y empezaron a hablar entre ellos a un volumen imperceptible poniéndolo incómodo. 
Al rato, lo miraron como si nada hubieran ocurrido.
-¿Con alguien?
-Y... la verdad, todavía no lo sé -fingió restarle importancia al tema y agregó-, mi novia no quiere nada serio por ahora. No quiero saltar etapas, ustedes saben... qué se yo si dentro de tantos años...
Los cuatro detrás del mostrador levantaron la cabeza y lo miraron. 
-¿No?- preguntó él, y el estómago se le apretujó de golpe.
Ellos negaron con la cabeza.
-Entonces que no sea así de tranquilo.


                             A.V        03/10/11


sábado, 17 de septiembre de 2011

¿Qué hacer si uno se encuentra un celular?


   Sí, lo veo, ahí, abajo de ese banco. Muy cerca de los caños para hacer gimnasia. Pero yo llegué después; cuando me senté acá, no había nadie. También es rara la hora. Salvo algunos enfermos mentales, no toda la ciudad sale a correr por el centro a las cinco y media de la mañana, un miércoles.

   Claro que podría fijarme de quién es. Agarrarlo con cuidado, prenderlo, fijarme en la lista de contactos, si hay algún "mamá" o "amor" para llamar y avisar. Mejor un "mamá" porque mirá si encima de perder el teléfono se le arma algún quilombo.

   Además, menos mal que soy yo. Porque acá y por estos días, cualquier otro podría haberlo encontrado, buscar los mismos contactos y fingir un secuestro, mucho más si se lo dejó hace poco. Indagás un rato, mirás las fotos y videos que tiene adentro y alguna idea te hacés. Eso voy  a hacer, quizás conozca al dueño, quién te dice...pueblo chico.

    Desde acá se lo ve grande, no sé si táctil, pero por lo menos un Blackberry debe ser. Tiene cámara también, me parece, chiquita. Sólo se ve la parte de atrás del aparato, negro, y algo que le brilla pero todavía está oscuro y mucho más a la sombra del banco de plaza.

    Podría ser de algún famoso. Ahora, ¿quién podría venir a esta ciudad un miércoles a la madrugada? Bah, digo, ¿qué famoso super estrella con videos subidos de tono y altamente vendibles a la televisión podría venir? Ninguno, creo. Igual habría que ver, quizás es músico y tiene algunos demos grabados ahí. Podría tener yo, gracias a mi suerte de corredor nocturno, la exclusiva chance de escuchar, antes que el resto del público, los futuros nuevos éxitos de alguien muy creativo, un Santaolalla, que ahora es tan conocido.

    La otra, es que sea de un escritor. Con archivos en Word de su nueva novela. El futuro premio Clarín, en mis manos por un rato. Estaría bueno, hace bastante que no leo nada, con esto del laburo nuevo, siempre ocupado, siempre en casa. La puta, debería haber comido esa banana anoche.

   Sino también, un periodista político. Los periodistas siempre usan...¿cómo les llaman ellos? BB. Ja. Recién recibidos y sin un peso que se hacen los cool. O empleaditos eternos que se hacen los Pro y tienen blackberry. Yo siempre fui empleadito, y lo seguiré siendo, pero no tengo BB. Hasta ahora. Podría ir hasta ahí, recogerlo. Y ver.

    También podría no tocarlo, quizás eso sería lo mejor. No fijarme nada y esperar a que suene. En algún momento alguien va a llamar y ahí le digo, mirá, encontré este teléfono en la plaza, debajo de un banquito, yo no tengo problema en devolvérselo al dueño, decimos un lugar, nos juntamos y listo, no hay drama. O viene por casa. No. Error. Nunca hacer ir a alguien a tu casa. En este aquí y ahora, jamás. Es casi un suicidio. Ya me veo por la tele, todo descuajaringado, diciendo que yo sólo quería devolver un celular. O en el diario. Otro caso de inseguridad.

     Pero... yo siempre quise cambiar este teléfono que tengo. Si no llaman en veinticuatro horas es porque no les interesa el aparato. Seguro tiene muchísima plata el dueño. Tanta, que no le importa perder un teléfono. Uno más, uno menos, debe pensar. Y a mí no me sobra la plata para cambiar el mío. Yo sí llamaría si lo perdiera, aunque sea viejo y con teclas, como los de antes. Porque uno se termina encariñando con todo lo que lleva en el bolsillo. Por eso me compré este jogguin con cierre, para que no se me cayera nada, así no tuviera que andar buscando y pidiendo que me devuelvan las cosas. No, a esa gente rica no le importa nada. No transpiran laburando, no tienen culpa cuando gastan, tienen esas tarjetas ilimitadísimas y no tienen nudos en el estómago a fin de mes. Y encima, se dan el lujo de andar perdiendo celulares. 

    ¡Qué cosa esta gente que desperdicia el dinero! Adióooos Don Alberto, ¡¿cómo lo trata la vida, bien?! ¿Va a comprar el diario? Cada vez peor estamos, Don Alberto, con esta inseguridad ¿vio? Se han perdido los códigos, antes entre los villeros había códigos, ahora no se respeta nada, roban por robar, matan por matar, fijesé lo que dice Grondona ahí en su columna. Esto no tiene vuelta atrás. Adiós Don Alberto, saludos a su familia. 
    Este Don Alberto, hija bonita tenía. Éramos chicos y yo no sabía qué otra cosa hacer que mirarla cuando iba a comprar al almacén de frente a casa. Pero eran otros tiempos. Igual, abogado tenía que ser el marido. Ése. Otro que puede darse la buena vida y podría andar perdiendo teléfonos.

    En fin, ya sería hora de ir volviendo. Upa. Entrada de colegio. Cada vez más turritas, las pibas. Si sigo mirando así para la esquina me voy a sacar el cuello. Ay ay ay, cómo duele este cuerpo cansado, che. A ver, me voy a acomodar mejor. Como abuelito mirando el cielo. Y esas polleritas, tan cortas. ¡Qué piernas, querida! Antes, en mis tiempos -y tampoco fue hace tanto che, las escuelas ya eran mixtas acá en la ciudad-, las chicas usaban las  polleras hasta las rodillas, camisa por dentro. Ahora todo es un descontrol, se perdieron los valores de la familia, las pibas cada vez más desinhibidas, a esta hora de la mañana, con estos corazones débiles mirándolas, por Dios.

    ¡Eh! ¡Qué hacés? No, no. ¡Perro! Dejá eso ahí, vení. ¡No, no, no te vayas, vení, perro de mierda! La concha de su madre y la banana que no comí anoche. Ay, Dios, la cintura. Ay. A todos los perros de la calle hay que mandarlos a que se los coman los leones. Ay, perdí un celular. Ay, la cintura. 
    La puta. Podría haber sido de un doctor.

                                                                                    A.V      17/04/11



sábado, 30 de julio de 2011

Ejecuciones nocturnas

                                           ellos piensan, ella ejecuta.

1.
La mujer y su nombre perfecto aparecieron hoy, sobre mi mesa de luz, con una mentira y su firma. No le llevó más que trece renglones cortados de una hoja que arrancó de mi libreta. Trece renglones. Tres líneas escritas. Su firma.
Me desperté con el estómago revuelto, ardiente; el aliento perdido y la cabeza vagando en la otra esquina, en el cruce de la avenida más transitada con la de la entrada de veinte…no, treinta colegios en la otra cuadra. Mis brazos yacían sobre el colchón húmedo y gélido como los bostezos de los choferes de colectivos que salen y entran por esa calle; me dolían como cuando frenan, y se estiran. Y las monedas en los bolsillos que eran tantas, las piernas pesadas tenía, cansadas como después de correr por vidas ajenas, agotadas que tiemblan, como cuando ya no sirven para dar una patada más. Fue ahí cuando me senté en la mesa de la cocina/living/comedor y abrí la cortina.
Y leí el papel. Lo leo ahora. Tiene un perfume que no recuerdo. Había escrito con cuidado, o por lo menos parecía una caligrafía practicada, cada palabra apenas por encima del renglón, como en el aire. Perfecta ortografía. Tinta verde de vaya saber qué lapicera, quizás de la del lado del teléfono. Simple, sintética, suprema, como su nombre.
Podría haberme dejado la nota en cualquier rincón del departamento. Debajo de la puerta. Pero eligió que la encuentre al abrir los ojos. O sea, entró de nuevo a la habitación. Tal vez se sentó en la cama y la escribió allí. O quizás se agachó con sutileza hasta la mesa de luz, a veinte centímetros de mi rostro y quizás me haya besado, enojada. O no. Quizás vino hasta esta mesa, y escribió. Lo pensó en el baño, mientras se miraba al espejo. O lo escribió contra la puerta. No, porque se nota  que fue contra una superficie lisa. Contra el vidrio, en el piso, sobre la mesa de luz.
Volví a la ventana y creí que la veía cruzando la calle. Tenía que ser ella. La vi mirar hacia acá. 3° B. El de la derecha. Giraba y miraba otra vez hacia acá. Cruzó y siguió mirando. Pero no creí que pudiera verme. Pero era ella. No estaba bien. Pensé en bajar, no podía. Ella caminó y su figura se perdió entre los marcos de la ventana. Seguramente no se fue lejos, quizás me dejó la nota sólo minutos antes de que me despertara.  Podría volver, quizás. Busqué la llave y corrí cojeando a dejar entrabierta la puerta. Iba a volver. Estaba enojada  pero quería volver. Quería sentarse y escucharme. Que se lo dijera claro. Y quería interrumpirme, levantar la cabeza, y hablar suavemente escupiendo los peores rencores. Quería descargarse y llorar, que la abrace.
La mujer del nombre perfecto quería que la rodee con fuerza y gritar dejame.
  

2.
-No sé porqué traés esto ahora. No sé qué querés saber, qué vas a lograr hablando de él. Ya está, ya fue-. Mantengo la voz y el brazo erguido mientras me sirvo más vino en la copa y lo bebo en un trago.
Claro que me importa, en fin. Estamos siendo honestos ¿o no? Cada uno y su historia. Cada uno y sus sábanas.
No soporto sus miradas perdidas. Estoy harto del no pases por ahí cuando vamos en el auto por la avenida. De que todo lleve a él y me lo niegue. Estoy cansado de que se aleje sin explicación, harto de ver el número de él todavía en su teléfono.
Se equivocó al elegirme.  Piensa que debería haberse quedado con él. Y no con el pelotudo que no hace otra cosa que trabajar. Con este viejo de mierda que no puede estar con ella.
Y yo dándole con todos los gustos.
Lo difícil es el silencio. Y las respuestas vacías. Su espalda cuando le hablo. La almohada entre nosotros. Su insomnio. Sus horas en el baño. Su silencio.
Lo mataría. Iría hasta su mugrosa habitación a matarlo. Pero soy un insecto a punto de reventarse, con qué cara. Una mosca casi muerta. Ni siquiera una mosca porque las moscas se apoyan en la mierda y yo no tengo ni los huevos para mandarlo a la remilputa que lo parió.
-Y sí, quiero saberlo -digo después de pagar la cuenta-. O terminar con esto.


3.
Él sabía que todavía guardaba la llave en el ropero. Lo sabía. Y sé que muchas veces debe haber querido tirarla. Llevársela y nunca devolvérmela, o simplemente hacer que se perdiera.
Anoche después de cenar, fuimos a casa. Me gritó como nunca en su vida. Me lastimó las muñecas. Me pegó una cachetada. Me obligó a buscar la llave y subir otra vez al auto.
Tenés que elegir de una buena puta vez-me gritaba. Ya lo había hecho. No iba a llorar, no iba a hacerme la pobrecita con nadie.
Estacionó a la vuelta. Ya era tarde, día de semana y nadie circulaba a esa hora. Abrimos la puerta de abajo, el portero no estaba.
Subí vos y elegí. Te espero una hora. Nada más. Sino no volvés, no vuelvas nunca más.
Abrí la puerta con cuidado. No quería espectáculos. Hacía dos años que no lo veía, me acordaba del departamento, pero estaba algo cambiado. No estaba en la cocina, ni en el baño. Durmiendo. Serví agua en un vaso. Busqué en la cartera la pastilla. Me acerqué hasta su cama y escuché que la puerta de entrada se abría otra vez.
Fue un tironeo. Se agarraban los brazos pero no se golpeaban. Se gritaban, se putearon. Se tiraron al piso. Pero no se golpeaban. Eran unos cagones los dos. Yo gritaba para que se dejaran pero en realidad no lo quería. Quería que se hicieran mierda los dos. Pero no se pegaban los muy cobardes.
Bajá, bajá ya. Subite al auto. No te quiero ver más- dije al final. Me habían cansado. Los dos.
Me hizo caso. El otro quedó en el piso, agotado, asmáticamente agitado porque ese debe haber sido su esfuerzo físico más grande en estos últimos años.
Le ayudé a recostarse. Saqué de la cartera otras dos pastillas cualquiera y se las di. Se durmió profundamente, como siempre. También saqué una lapicera. Y arranqué un papel.

No me hables, no me llames, no me jodas. Perdete.
No te amo ni te quise nunca. ¿Querés saber algo más? Ni a él.
                                        Yo.

  Volví a la cocina. Esperé un rato sentada en el sofá percudido, quizás dormité. Por la ventana ya entraban los primeros rayos de un sol marrón. Mandé un mensaje: Salió todo bien amor, se acabó todo con los dos. Ya voy para ahí.
   Bajé; deseé haberme hecho un café antes de salir. Él nunca tiene café. Voy a llegar helada y no va a haber café. Caminé, de todas formas, hasta la esquina. Los niños corrían para entrar a la escuela. Un taxi esquivó a alguno cuando vio que mi brazo se levantaba despacio y temblaba de frío, llamándolo.


                                                             A.V        30/03(07)/11



jueves, 30 de junio de 2011

Quinta Avenida al 500


  Mientras ella espera que se levante la puerta del estacionamiento del edificio tarareando la canción más triste que se le ocurrió, un hombre, algunos pisos más arriba, muestra a su hijo por Skype su nuevo departamento.
  Es amplio, sobrio, de aquel estilo de diseño caro y ultramoderno que publican las revistas. Pero no lo dice en voz alta, sino que deja que su hijo observe, en silencio, cómo ese hombre al que nunca quiso, hoy vive mejor que él. Un pobre viejo pelado que nunca movió un dedo, a diferencia suya que se hizo cargo casi por orden natural de la empresa en ruinas. El balcón, enorme, de parqué y con jacuzzi aparece en fullscreen en la pantalla del hijo, que derrumba el mutismo, después haber sostenido por largos minutos una sonrisa :
 -Eso, de allá al frente, ¿qué es?
 Cuatro cúpulas de tejas grises coronan un edificio clásico, prepotente, blanco recientemente pintado, con cientos de escalones por los que no sube nadie y que se interrumpen por tres columnas de facto. Varias estatuas de bronce ilustran el palacio. Son figuras de mujeres jorobadas y soldados aguerridos.
  - Defensa Nacional, qué precioso lugar, ¿no?
  El joven de traje azul sobre remera negra, mira su teléfono y ve que las estadísticas están bajando. Agradece al cielo, mira fijamente hacia la pequeña cámara y cierra la tapa de su computadora. El otro, peina con sus yemas una ceja canosa, y entiende; deja la máquina sobre la mesa y vuelve a salir al balcón.
  En un edificio cercano se ve a una mujer alta, rubia, cubierta con un abrigo de piel naranja y con rayas negras. El hombre piensa que no puede ser piel de tigre, está convencido de que en aquellos tiempos no puede ser.
   La mujer balancea con ternura un cochecito, y pueden adivinársele los labios curvos mientras lo hace. El coche también está cubierto con algo naranja, pero el hombre no alcanza a divisar de qué se trata. Ella comienza a reírse, y se escucha su carcajada quebrar toda resistencia que opongan el aire y la distancia. Ríe y se contuerce. Ahora puede verse mejor el coche. Sí, los dientes son largos, brillantes, sus ojos están abiertos y su hocico parece húmedo. Está tendido como cubriendo el coche. Un bebé llora.
  En la habitación de al lado, una niña maquilla su transparente rostro. Intenta darle color pero nació blanca y pálida. Sus ojos son pequeños, como todo su cuerpo sentado en una silla de patas doradas y respaldo barroco. Mira alternativamente al espejo y hacia afuera. Se inclina sobre el escritorio, pequeño, y abre una ventana. Abre su boca y deja salir una bocanada de humo. Mueve su mano y deja caer las cenizas al suelo.
 Abajo de todos ellos, la mujer enciende las luces de su vehículo, avanza hacia su estacionamiento privado. Hay otro auto en su lugar. Se sorprende. Le gustaría enojarse, para bajar de la camioneta y decirle al que está adentro -hay alguien sentado en el lugar del conductor- que se vaya inmediatamente, que no tiene por qué estar ahí y que es un maleducado, irrespetuoso. Pero no lo hace. Hoy, no puede hacerlo. Espera unos segundos y vuelve a tararear la canción más deprimente que recuerda. Intenta con un cambio de luces. El hombre baja del auto. Camina lento, ella desciende también. 
 -¿Te gusta?
 Él canta. Sonríe y canta. Ella mira el suelo. Él la abraza y aprieta. Presiona. Muerde. La canción más triste del mundo suena de sus labios, otra vez, desde el principio. 

                                                                                                      
                                       A.V             30/06/11



jueves, 16 de junio de 2011

Ojos de vidrio

Desde Horacio Quiroga y alguna que otra de sus obras 
y alguna que otra esposa suya.



   Estará tendida a tu lado. Te mirará, con su cuerpo de costado.


   Te despertarás preocupada. Abrirás los ojos y habrás llorado. Será temprano y aún no habrá cruzado el sol la lejana línea inerte tras la ventana.
   Te sentarás en la punta de la cama, tocarás tu pelo y sentirás mi olor. Jugarás, somnolienta, con tus dedos, que caminarán por tu brazo, como solían hacerlo los míos, mi niña; y te los llevarás al cuello, harás que aprieten, que se marquen en la piel y correrás a mirarte en el espejo.
   Repasarás las marcas y te descubrirás las piernas. Tendrás la voz enterrada bajo tu pecho y querrás gritar. Querrás llamar a tu madre, Niña, pero estarás sola; sabrás que nadie te escuchará y hasta los pájaros habrán callado.
   Caminarás por la casa sintiendo el aire fresco que entra por algún escondrijo y te recorre por debajo de la camisola que aún te queda grande. Empezarás a desesperarte, correrás y tendrás frío. Entonces intentarás cerrar la ventana. Y llegarás a ella, pero nadie la habrá abierto. Todo estará cerrado.
   Pero habrá luz; habrá comenzado a amanecer y observarás la inercia de los pastizales y de aquel algarrobo que recordarás bien: esa mañana conmigo y mi boca. Todo estará teñido de un naranja inmundo y querrás maldecirme porque verás sangre, tu sangre, en el cielo, y querrás pero no sabrás cómo arrancarme, desgarrarnos de ahí.
   Recorrerás las habitaciones y seguirás percibiendo mi olor en cada mínimo rincón, en cada vértice y te costará respirar. Desearás que nada hubiera sido como lo fue y te arrepentirás de no haber oído a tu padre ni sus llantos de poco hombre que quiso mantener en secreto. Ni siquiera escuchará los alaridos histéricos que nunca darás porque sabrás que él no llegará jamás.
   La evitarás. Rasparán tus uñas la puerta entreabierta pero al pasar a su lado cerrarás los ojos con tanta fuerza que harás que te duelan las pestañas y se te quiebre el rostro de frío. Rehusarás tomar aire y escaparás. Huirás hasta que el sol la golpee y entrarás.
   Verás la mesa y ahogarás el grito. Comenzarás a temblar y no podrás contener tu llanto. Verás metales fríos y filos putrefactos cargados de mí. No querrás pensar en nada, pero no ha pasado tanto tiempo, todavía permanecen intactos en tu memoria cada uno de los pasos que diste, lo que hicieron tus dedos y tu boca, tus dientes.
   Partirás desesperada hasta el cuarto. Caerás agotada sobre las mantas que perdieron ya tu fiebre de anoche. Mirarás debajo de tus uñas, rasgarás tus pequeñas y dulces manos queriendo quitarles la sangre seca. No habrá madre, ni padre, ni diminutos y pulcros conejos blancos que te escuchen llorar. Sólo estará ella, con ojos de vidrio, resecos, áridos y su corazón de trapo. Y sólo ella podrá entenderte, dulce Niña, y no culparte.


                                                                                       A.V            17/05/11


Producción en Textos II - Consigna: cuento de amor, locura y muerte.

sábado, 11 de junio de 2011

Inicios de la hist(e)ria

1.
Arrancaste un trozo de corteza vieja. Te arremangaste el guardapolvo. Escribiste mi nombre pero no el tuyo, un corazón y un X100pre. Tallaste todo con cuidado, en ese árbol en la esquina de la plaza, frente a la escuela. No dejaste que te ayudara, sacaste de la cartuchera el compás casi sin avisar. Y antes de doblar, cada uno para su casa y crecer, soltaste: completalo vos, no te preocupes, algún día lo van a talar.

2.
Y los dos renegábamos de un pelotudito que venía hinchando las bolas con les luthiers quince mil horas y después limpbizkit (como chota se escriba), y no dejaba de hablar y no sabíamos cómo mandarlo a la mierda porque el papá de él es conocido de nuestros papás, y yo solo quería darte un beso y que no nos viera nadie..

3.
Te amo. De repente, así, seco, por mensaje, a 450 kilómetros, calculando. Yo también, no sabía qué otra cosa decir. Volver y que sea eso, un mensaje, cuatro lugares más abajo del de mi amigo que decía que te había visto en esa fiesta en Sanagasta, a 470 kilómetros, calculando(,) milímetros, con ese otro.

4.
Mirarme. Así y no de las ciento treinta y tres mil doscientos cuatro millones de formas que existen.

5.
Ir.Nos. 




                                                               A.V 11/06/11



jueves, 28 de abril de 2011

Agonía de una letra



   M es. No murió, o por lo menos, nadie lo ha comunicado. Sin embargo, en este relato, M fue: escritor, autodidacta, primer premio de una importante editorial en los setenta; autor publicado otras tantas veces; muy bien criticado por cada libro. M fue, además de todo aquello, un hombre de doble apellido. Y con eso se dice bastante.
   No hace mucho, serán dos años, M cerró con llave la gran puerta de madera de su residencia en Bogotá, afinó sus bigotes a la italiana y subió al taxi que lo llevaría hasta el aeropuerto, saludó soberbio a la azafata y le pidió champagne. Cuando la fina rubia le alcanzó la copa, la miró a los ojos, sonrió, y brindó, por Buenos Aires, por estas nubes y por usted, la dama más bella de estos cielos. No hace falta decir que la pobre joven contestó sonriendo de manual al viejo piropeador y siguió su camino.
  Cuando llegó a Ezeiza sus colegas B y F, premiados los dos, miembros vitalicios de la SADE, lo esperaban sentados. A este narrador le gustaría poder describir alegremente la amistad que unía a estos tres hombres, pero por respeto a la verdad no puede hacerlo ya que jamás existió tal relación. Cuando jóvenes, la competencia pasaba por quién pagaba el café en las tertulias internacionales. Más tarde, las cartas viajaron impregnadas de hipocresías en correo express hasta que el pulso tembloroso de los tres demostraba burdamente el paso de los años. Luego las conversaciones telefónicas se limitaron a llamadas de año nuevo pues los tres eran ateos y se llamaban marxistas, mofándose de los regalos en navidad que tantos libros les habían hecho vender. Ese mediodía de otoño en Buenos Aires, M, B y F se fundieron en un abrazo que quizás fue en gran parte gagá, aunque los tres nunca hayan querido reconocerlo.
  Almorzaron en Recoleta, bebieron café supuestamente colombiano que M se encargó de denigrar insultando al mozo con el gesto de la propina cero. Discutieron sobre política, renegaron del populismo, de los impuestos, y del fútbol, brindaron por Borges y Carpentier por igual, criticaron la televisión que nunca miran y la radio que jamás escuchan, los diarios que no se dejan leer, y los libros que son cada vez más pobres. La charla continuó en Barrio Norte en el living de F hasta que sus invitados se retiraron a dormir la siesta en los cuartos de invitados.
  Por la tarde, M decidió recorrer las callecitas y qué se yo que se habrán cantado en tantos tangos. Caminó por San Telmo, tomó un taxi y bajó en Palermo, caminó por Santa Fe, paseó por un jardín botánico y desembocó en La Rural. Estaba viejo pero la memoria no le fallaba: ni F ni B le habían mencionado que la Feria del Libro estaba desarrollándose en la ciudad. Ya era tarde, casi de noche y la gente salía como si el lugar estuviera por cerrar. Iría al día siguiente.
  Durante la cena M no pudo contenerse -tampoco lo había intentado, claramente- y lanzó sobre el mantel, sin sutileza alguna: Estimados caballeros, han olvidado ustedes comentarme sus pareceres sobre la Feria del Libro que se está llevando a cabo, flamante, por estos días -sí, así se expresan estos hombres, hasta en la mesa-, ¿no será que estaban desinformados? No lo creo. A veces la edad traiciona, amigos míos.
   B y F intercambiaron miradas y ceños fruncidos. Este narrador no se anima a sumergirse en los comportamientos o en la lógica interna de los sujetos, ni podrá explicar, ni siquiera con el atenuante de la vejez, por qué estos dos hombres, orgullosos y egoístas uno más que el otro, intentaron, sin suerte, convencer al colombiano de que no valía la pena acercarse a semejante desgracia literaria edificada. Describieron con calidad los pasajes más preciosos de Buenos Aires tratando de que M cambiara de parecer, pero éste era un señor de palabra, y lo había determinado entre sorbos de sopa: se levantaría temprano, llamaría a un taxi y pasaría el día en La Rural.
  Imaginó M que su prestigio conseguiría un pase libre pero no se sorprendió demasiado con la ignorancia de la vendedora de entradas. Ni con la de varios de los hombrecitos de camisa blanca y credencial que caminaban apurados por los alrededores de los salones. El gran escritor daba pasos largos y decididos, el brillo de sus zapatos se apoyaba caballerosamente sobre la alfombra de varias editoriales, permanecía estático algunos segundos, y avanzaba hacia otros stands. Libros grandes, caros, pequeños de colección, de óperas, de viaje, de fotografías, de pintura, eran cargados en elegantes bolsas por los brazos y la tarjeta de crédito platinium del hombre de bigotes largos. 
   Sentado frente a una mesa que le debe parecer enorme, estoy seguro, estaba un joven de jean y chomba de marca. En su mano derecha sostenía una lapicera cara. Sobre el mantel blanco se exponía lo que debía ser su libro. Parecía nervioso, hasta que otro hombre, de camisa y pantalón de vestir, le acercó una botella de agua y le dijo algo al oído, el agente, sí, el agente. M recordó entonces cómo había sido su experiencia en la primera firma de libros, cómo había esperado aquel momento y cómo había sufrido los primeros diez minutos porque, a diferencia de García Márquez, a él, en principio, no lo esperaban haciendo cola. Sin embargo, y sonrió complacido al recordarlo, su fama fue incrementándose y muchas veces abandonaba las librerías dejando lectores sin sus libros autografiados obligándolos a hacer la fila al día siguiente. Miró al novel autor y pasó a su lado con expresión de padre comprensivo. Ya vendrán.
   La mañana transcurría  para M entre compras, sonrisas a las cajeras y saludos sin destinatario real que sólo relatores como quien escribe no tienen compasión para omitir. Aunque cargado y bastante caminado, M no se cansaba. Así fue, por energía y vitalidad que un buen hombre de letras debe tener hasta el mismísimo día de su muerte, que el ilustre novelista comenzó su agonía.
   Deslizó su dedo, no sin cierto pudor, sobre los libros en oferta. Se animó a hojear las novelas rosas que se regalaban casi, por $15 llevando dos; leyó hasta dos párrafos del erotismo traducido del mandarín a precio de 3x$35. Se burló en silencio de los compradores que por poco saltan de alegría, los imbéciles y miró el resto de las ofertas con un cuidado que por su propio bien debió haber sido muchísimo menor.
   No se sabe bien en qué minuto, en qué desafortunado instante, el señor de doble apellido reconoció la tapa de dos de sus obras maestras. No estaban sobre la mesa de $10. Peor. Estaban debajo, casi en la esquina al ras del suelo. Con esfuerzo, se agachó, tomó dos ejemplaras de cada novela y tragó saliva. Se levantó, más viejo, más arrugado y dolorido. Fue eso, dolor y algunas otras cosas. Dolor con el que releyó la solapa rebosante de halagos de los principales periódicos del mundo. Ira con la que caminó hasta la caja y desaforado, gritó a los empleados que aquello debía ser un error. Vergüenza con la que escuchó que aquello no había sido equivocación alguna. Humillación -para este simple cronista innecesaria- con la que recibió el comentario del gerente de la librería, que se acercó al escuchar el alboroto, y dijo secamente: esos libros, señor, son todos los que las editoriales quieren sacarse de encima. Ultraje, cuando aquel desconocido acreditado, completó: en mi modesta opinión, y créame bastante que algo sé, no le recomiendo ninguno de esos libros sino es para hacer fuego.
   Y así se fueron ambos, el gerente orgulloso de haber resuelto un conflicto con una sonrisa de manual, como aquella azafata del principio, y m, caminando despacio, vencido, agotado, y en minúsculas.


                                                    A.V           28/04/11
  

lunes, 18 de abril de 2011

Tos

Seguiré intentando escribir como mina...  

    Una noche que estuve con fiebre leí, despatarrada en la cama, con una mano sosteniendo el trapo fresco y con la otra el libro, un cuento sobre una mujer que disfrutaba escuchando latidos de corazones enfermos. Me conozco, tuve fiebre antes, por supuesto; son casi veintisiete años de padecimientos invernales -porque no te cuidás, por eso es, seguiría gritándome mi mamá si no se hubiera muerto- y nunca había sentido semejante calor al leer aquellas descripciones, escritas como si fueran la ficción más irreal de las mentiras. Y me dio rabia. Porque terminás de leer y sí, alguien pudo haber dicho a la mierda, qué buen cuento, pero yo no; yo lo detesté, lo aborrecí con el resto de entereza que me regalaba el trapito mojado.
  ¿Por qué un cuento? ¿Por qué? ¿Es acaso tan increíble que haya gente a la que le guste la enfermedad? Y no me vengan con que no hay médicos morbosos, o que no existen televidentes que se pasan horas viendo muertos en el cable. Lo mío no es morbo, señores. Lo mío es amor, verdadera pasión y romanticismo que nadie entiende. Es un sentimiento no comprendido, prohibido, censurado. Porque claro, a la gente le gustan todavía, hoy, 2011, dos-mil-on-ce, las historias de príncipes y plebeyas, de pobretonas con actores de Hollywood. Y yo, que veo a un moribundo en la calle, muerto de frío y con el rostro pelado, y se me salen el alma y los ojos, y corro hacia él, siento que una fuerza, el asco de los que miran, me empuja hacia atrás. ¿Por qué? ¿Por qué no nos dejan estar juntos?
   Y escribo esto porque necesito descargarme. Escribo porque ya no soporto que me juzguen, que me critiquen, que en la oficina hablen, ya no a espaldas mío, sino ahí nomás, al lado de la fotocopiadora, a cuatro metros de donde estoy tomando el café todas las mañanas. ¿Puede ser que no me dejen en paz? Que estoy muy flaca, mirale las ojeras dicen las pelotudas recién teñidas, ni-con-un-palo gesticulan los otros pajeros de Contaduría. 
   Cuando camino al trabajo, a veces, unas cuatro o cinco veces por semana -reconozco-, paso por la clínica. Esos días me aseguro de salir más temprano de casa, porque sé que voy a detenerme en la esquina, en la parada del 307, y aunque haga frío, me voy a sentar, voy a esperar hasta ver a por lo menos dos, con sus madres algunos, otros con sus esposas, pero casi siempre solos, caminando al lado de la enfermera que los ayuda a subir al taxi. Ahí, todos abrigaditos, con sus barbijos blancos, con gorrito cubriéndoles la cabeza calva, con el tubito de oxígeno los más lindos. Correría a besarlos, a abrazarlos pero sé que están débiles y podría lastimarlos, y eso me gusta más, podría decir que me excita porque me atraen más cuanto más cerca están de la muerte. 
   No seré hipócrita. He llorado. He derramado litros de lágrimas en velorios y entierros. He visto cajones cerrados e imaginado el estado raquítico de sus cuerpos, agotados, vencidos en la batalla. Y un dolor se me ha instalado entre el estómago y el corazón cada vez que alguno de los pacientes de la clínica ha muerto. Dura días. Algunos -me acuerdo: un chico de veinte años, cuando yo tenía diecinueve-, me produjeron una sensación parecida a la de una puntada, aguda, como sangrante, durante semanas. Ese chico, creo, fue el primero del que me enamoré bien. Lo recuerdo ahora y necesito detenerme, no puedo escribir más. Ni quiero reflejarlo aquí, en una hoja tan sucia como ésta. 
--
   Espero que ustedes me entiendan, aunque si no lo hacen serán unos más de los que no tienen la compasión necesaria para comprenderme. Y no me afectará, porque una se termina acostumbrando a la frialdad de la gente.
   La verdad es que jamás me importó demasiado lo que dijeran los demás. Pero esa noche, cuando leí ese cuento, descubrí que parte de mi historia -era bastante parecida, convengamos-, estaba siendo utilizada como entretenimiento en un libro de cuentos. Como si el autor me hubiera conocido y se estuviera burlando de mí. 
   Recuerdo, entonces, haber cerrado el libro, volcado el agua en el inodoro, tirado el trapo, las pastillas y cualquier medicamento que había en casa y decidir, lisa y llanamente, dejarme morir.
   Mi mamá me lo había advertido, y sí, odio reconocerlo, tenía razón. Algún día vas a terminar con neumonía o algo de eso, vos, pendeja caprichosa. Era hora de hacer cumplir el destino. Amarme por vez primera a mí misma, en el estado que más he aprendido a adorar, el de la enfermedad, el del reloj de arena que se agota rápida e inexorablemente. 
    Hoy escribo esto, con el pulso tembloroso y crónico de mi tos, mis pulmones exhaustos y el ritmo callejero del taxi, que me lleva a casa; y la enfermera saluda detrás del vidrio, con ojos de última vez, a la salida de la clínica.


                                                                                   A.V        18/04/11

jueves, 10 de marzo de 2011

Tumbas

Llegó la muerte un día y arrasó con todo,
todo, todo, todo un vendaval,
y fue un fuerte vendaval.
Algo de vos, llega hasta mí
Tumbas de la gloria - Fito Paez
 


  -Y es en ese momento, Doctor, cuando quiero taparme los ojos, y los oídos, y no me alcanzan las manos para negar que todo se está cayendo.
   Empieza a medianoche, cuando me estoy preparando para ir a dormir. Me escondo bajo las sábanas, en el único lugar que todavía no se ha derrumbado. Las ollas se destapan, parece como si las rasparan con cubiertos y el chirrido despierta al perro, que empieza a llorar y su lomo se irrita, su cabeza, sus orejas comienzan a descarnarse. En la cocina, se mueven las sillas, se colocan solas una al lado de la otra, pero después se reorganizan, y las letras de la heladera se mueven, Doctor, se mueven y forman palabras que no puedo ni reproducir. El televisor se enciende y se escuchan risas, y hace zapping, siempre en inglés.
   La otra noche no puede quedarme en la cama. Esperé a que todo se calmara. El perro ya había muerto. Decidí bajar y esquivé el desastre caminando por el living. Busqué las llaves del auto, Doctor, y ardían. Eran una brasa al rojo vivo. Abrí la puerta y vi que el auto ya estaba listo, había dejado de incendiarse y era sólo plásticos inútiles. Y respiré, hondo, porque habían sido meses sin caminar, y tenía que llegar a algún lado. Quise abrir el portón pero también estaba contaminado.
    Sabía que las calles estaban apestadas. Sabía que había recorrido el mismo camino para ir al centro, lo sabía porque soy rutinario y el auto casi iba solo, siempre, exactamente por ahí.
Hice ese camino de todas formas porque no podía pensar, Doctor, ¿qué alternativa tenía? Primero corrí por la avenida, oscura, triste -no era noticia-, pero silenciosa. Las casas ya se habían derrumbado, una sobre otra, como al paso, a su paso, a nuestro paso, Doctor, a nuestro paso. ¿Semáforos? Disculpe Doctor que me ría de esta forma pero es que puedo escuchar las preguntas que me harían todos. Se lo advierto, ella.
   Pero de a poco me voy acostumbrando. Aquella noche fue la única. Después caminé y vi a medias que todo parecía tranquilo. La quietud es desesperante, y me frustra tanto, Doctor. Pensar que ya son semanas y sigo sintiéndome solo y tratando de negarlo. Es una lucha. Se lo advierto, ella. 
Cuando llegué al centro, las fuentes se habían desagotado, estaban las veredas sucias y rotas, la plaza destruida en diagonal. Me senté a esperar, como aquella vez -después le cuento-, quise escuchar las campanas de la catedral, esperé más de una hora, pero todo siguió en silencio. Caminé por donde creí nunca haber andado pero no pude esquivar la desolación, cuadra por cuadra, insoportable.
   Llegué cansado, pero llegué. La terminal también estaba vacía, pero un colectivo esperaba para arrancar. Vi la cara demacrada del chofer, le pregunté a dónde iba y me dijo subí. Viajamos por horas, en completa quietud.  Se lo advierto, ella. No había nadie. Él era uno más de esos entes que veía cada tanto deambulando por la calle, más perdidos que yo, salvados no sé por qué. Y juro que intenté hablarles,a él y a los otros, si lo sabré yo, pero no se puede.
    Miré la ruta, y me tranquilicé. Las montañas se iban; cada vez estaba más lejos la negrura de las nubes que amenazaban con llover y jamás se atrevieron. A veces pienso, Doctor, qué habrá sido lo que me llevó a estar con ella. Por qué elegimos siempre el mismo camino, las mismas calles. Por qué nuestro encuentro esa noche. Y los días siguientes. Por qué la entrega, por qué la catástrofe. Todo muerto a nuestro paso, sin lugar a dónde ir. No puedo negarlo, lo supe al ver su espalda cuando se despidió.
   Las demás butacas del colectivo estaban limpias, menos una. La ruta estaba bien. Pero íbamos solos. Lo sabía, conocía perfectamente esa soledad. Se lo advierto, ella. De repente, algo empezó a fallar, dimos a un cruce de caminos. Llegamos a esta estación a cargar combustible, según murmuró el chofer. Y me dejó. Y el aire fétido invadió el llano. Pero no fue esa brisa la que abrió esta puerta, ni puso esta silla frente a la suya. Aquí me tiene, Doctor. Se lo advierto, ella. Sólo estamos usted y yo. Quiero suspirar pero me trago el aire porque ya no soporto nada más. Se lo advierto, ella. Y no lo miro así porque quiera saberlo. Se lo advierto, ella. No necesito que diga nada. Ya lo he comprobado, lo sé. Ese día, cuando ella se fue, pasó por aquí.


                                                                               A.V                     10/03/11





domingo, 27 de febrero de 2011

Carta a medio camino

No le tengo miedo a la hoja en blanco. De hecho, se cortó la luz y esta hoja en Word es lo único que me deja ver algo. Te confieso que en verdad le tengo más temor a la hoja escrita sin pensar, como ésta. Una hoja impresa en letras chicas y márgenes angostos para que quepa todo y no parezca tanto.

Me dan terror los párrafos cargados. La frase corta y el punto, para que se lea fácil, de un tirón. Y que no haya que repasar porque me da vergüenza que lo leas otra vez. Que subrayes todo mentalmente con rabia o enojo, o con la simple decepción de ver que con cada palabra se va derrumbando algo, que hace ruido y que se rompe. Que se quiebra desparramando todo en pedacitos como cuando se cae una botella de perfume, uno hediondo, que deja impregnado el olor en cada vértice por mucho tiempo.

Le tengo pánico a mis escritos melosos, empalagosos como un lemon pie con dulce de leche. Me paraliza la sensación que queda después de haber escrito lo más difícil. El corazón, que mientras voy tecleando, hace casi como si se detuviera; ritmo lento, pausado, casi agónico, hasta que aprieto el enter del punto aparte y vuelve a latir desaforado, desesperado. Y corro a la cocina a buscar líquido a la heladera. Me gustaría que hubiera cerveza, pero hay vino y ya no me gusta; hay tequila del otro día pero me dan arcadas de memoria así que saco una botella y tomo. Tomo llenándome la boca de agua. Aunque me cueste tragar sigo bebiendo, de a sorbos imposibles porque tengo miedo, porque estoy cagado hasta las patas, así, hasta las patas.

Vuelvo a la computadora y cuando voy llegando siento el olor repugnante del que te hablaba y estoy seguro de que va a durar días. Es un asco, como a quemado y a otra cosa. Pero yo no me voy a quedar acá soportándolo, no. No puedo. Esto no es lo que yo planeaba, te lo puedo jurar.

Y no sé si rezar, si tirarme al suelo y rezar, o seguir escribiéndote porque los dedos me tiemblan y no sé si rezar o salir al balcón y fumarme un porro; pero no sé, porque me lo tragaría de la desesperación. Podría ir a bañarme y dejar que corra el agua, y de paso pensar cómo decirte esto que me está deshaciendo el estómago. Me duele la panza, y la garganta se me desgarra y eso que no lloré porque nunca pude llorar. Tengo los ojos secos pero que ya se me salen, los párpados resquebrajándose. No sé cómo chota estoy así, qué pasó en el medio, entre nosotros. Decime vos qué nos pasó.

Justo ahora el teléfono suena y no veo un carajo. No sé quién mierda puede llamar a esta hora si es tan tarde. ¡Quién! si no tengo a nadie. Si sólo vos pasás a verme y me traés comida porque todos dicen que no estoy bien. Y estoy seguro que vos sabés que no estoy bien, pero te gusta, te gusta el morbo hija de puta. Y a veces veo que cuando te hablo te reís, que no te podés contener. Seguro te vas y empezás a hablar de mí, burlándote, en lo de tus amigas y todas juntas se cagan de risa.

Pero no creo, porque al toque te llamo, extrañándote y estás en tu casa, tranquila, por bañarte y dormir, porque tenés que estudiar. Pero el teléfono sigue sonando y tengo ganas de arrancarlo de una vez, pegarle una patada y que se caiga y que se haga pelota, que no suene más, que no hinche las bolas NUNCA más. Pero me da miedo porque seguro alguien sabe. Seguro alguien nos vio y estamos hasta las manos, bah, yo. Por eso llaman.

No sé. NO sé. Te digo que te amo. Te amo mucho sí, y te necesito, así que de verdad, de verdad espero que me perdones. Y que te salves porque yo nunca quise hacerte daño. Es que me enojé porque te querías ir, entendeme. Pero yo te quiero y no quiero que te vayas. Y ahora, vos, sólo vos podrías calmarme. Me dirías qué hacer ahora, porque sos una chica buena, una mina tranquila que se toma todo con paciencia, siempre tan racional, tan ubicada. Pero no podés. Y otra vez la taquicardia. Y me explota la garganta.

Voy y vuelvo, te miro. Escribo porque a vos te gustan mis poemas, me lo dijiste. Pero no puedo verte así. No sé qué hacer. No sé si escribirte PERDÓN mil veces. Copiar y pegar. O mejor escribirlo todo yo para que veas que de verdad quiero que me disculpes porque no quise pegarte. No pensé que iba a ser tan duro el jarrón de mierda, el de los fasos. Pero seguro me vas a entender, que no quise tirártelo porque nunca querría herirte. Y ahora sangrás y te voy curando con algodón, pero no tengo alcohol así que busco el tequila ese. Pero no puedo. Estás muy mal. Y te pido perdón. Es que no quería que te fueras. Y cuando te vi ahí con sangre en la cabeza y seguías gritando que te deje que te deje pero yo no te quiero dejar y estaba justo eso mojado ahí por las goteras del techo y afuera llovía y no te iba a dejar, que te fueras caminando, sola, sola bajo la lluvia. Y justo el enchufe.

Y no sé qué hacer, si sentarme al lado tuyo y esperar a que me pase lo mismo, morirme por una puta chispa, porque no te escucho nada el corazón y estás quemada. Y me quiero morir pero no sé si rezar porque tal vez haya sido el destino. Pero no puedo respirar porque se prendió fuego algo, la cortina creo, y no quiero volver, quiero guardar esto para que lo imprimas después, porque yo no quiero que te mueras. Quiero que lo leas y que lo entiendas, que me perdones, y que me extrañes. Quiero que me extrañes mucho. 


Gracias por subir. Subir hasta cuando se rompía el ascensor, o como ahora que no hay luz, y subías por las escaleras los ocho pisos, con una hamburguesa del Mc Donalds de la vuelta, y llegabas agitada porque querías que comiera caliente.

Ahora pongo Guardar, y rezo, esto se quema y el humo llega hasta acá. Y hay fuego. Mejor tirarme. Haceme un favor enorme, por favor. Extrañame. Perdoname, en serio, perdoname. Te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te a

    

             


                                                                                 
                 A.V           27/02/11



viernes, 28 de enero de 2011

Ayer me confundieron con un asesino


El matrimonio de viejos había visto todo. 
Había visto el automóvil que doblaba la esquina a toda velocidad, 
el resplandor de los fogonazos y el hombre que se levantaba en el aire,
 se sacudía, rebotaba en la pared y caía.

En un domingo oscuro, de Isidoro Blaisten



Mis abuelos Luis y Elvira son de las últimas personas que todavía se sientan a ver el mundo desde la vereda. En esta ciudad donde ya no quedan casas viejas ni departamentos sin rejas, los Blaisten esperan a las cinco y media de la tarde, sacan dos sillas del que había sido consultorio de mi abuelo, canasto, termo, yerba y mate y se sientan a esperar la visita de mi vieja o de algún tío.
Ven la misma rutina pasar como calesita de plaza todas las tardes. Los chicos de la pensión del lado que vuelven de la Facultad, los clientes del gordo del kiosko que van a comprar cerveza. Y Doña Eugenia, que vive justo enfrente de la casa de mis abuelos. Está sola desde que enviudó y se entretiene barriendo la vereda, en dos turnos: a las 5 y media de la mañana y a las 7 en punto de la tarde, todos los días. Según mi abuela es una mujer mala, loca y mentirosa, endurecida por los años y la soledad, que sale a barrer a esa hora de la tarde sólo para verlos a ellos y mirarlos con desdén. Me tiene celos por tu abuelo, decía siempre la Elvira.
Ayer fue tan domingo como terrible. Soy residente de cardiología, estuve de guardia más de treinta y seis horas seguidas en la clínica y el calor siempre nos trae muchos pacientes. También trae dolores de cabeza, corridas de una sala a otra, de una camilla a la siguiente, ambulancias, familiares deshidratados, explicaciones, discusiones, puteadas de los jefes y ayer, como si esto no hubiera sido del todo extenuante, un interrogatorio policial.
Últimamente los policías dejaron de ser como el Sargento García. Que los hay, los debe haber, pero estos dos que hicieron que me despertara por la insistencia del timbre, que me vistiera cuando no pensaba hacerlo hasta medio día después, no eran parecidos al gordito bueno de mi serie predilecta. Llegaron a la madrugada, creo que esa era la hora. Pensé que era un sueño y me dispuse a ser protagonista de mi propia ficción, me lo merecía después de tanto laburo.
Entraron con autoridad. Pusieron cara de muchachos del FBI y dijeron: sientesé. Que qué había hecho de siete de la tarde a diez de la noche. Trabajar hasta las ocho y media, salir, venir para acá. Dónde trabajó. En la clínica, soy médico. Usted tiene un Corsa de tres puertas, gris, vidrios polarizados. Sí. ¿Se lo han robado? No, está en la cochera de la vuelta. ¿Transitó por la calle  17 el día de ayer? Sí. ¿Entre qué calles?  De 56 a 50, creo. ¿Por qué? Por ahí viven mis abuelos, quería pasar nada más, ¿por qué preguntan? Sí, nos dijeron eso. ¿Vio algo extraño? No, la verdad no sé, estaba muy cansado; antes de pasar llamé a mi abuelo, pero no me dijo nada importante. ¿Era capaz usted de conducir en ese estado? Sí, acá estoy ¿no?
Anotaban cada respuesta. Cuando dije que había pasado por 17 se miraron y asintieron, como en las películas yanquis. Todo parecía una parodia de sueño y me estaba cansado de que no me hiciera gracia. Cómo iba a suponer yo que alguien había relacionado mi auto, mi incipiente pelada de treintañero y un asesinato. Pero así fue. Tenemos que llevarlo a la comisaría, dijeron. Salí y había dos móviles con las sirenas en silencio pero con las luces encendidas. No era tan tarde como pensé y había algunos vecinos rodeando el frente de mi casa.
No lo vamos a esposar, ¿sabe? Suba al móvil y listo. Aquello ya se estaba poniendo extraño y quise preguntar por qué me llevaban, pero el agotamiento era tan grande que me dejé guiar y no importaron los cuchicheos a los gritos que hacían los vecinos, ni el encandilamiento de los reflectores de las cámaras de televisión. Después vi que parecía totalmente drogado, pero esa era la naturaleza post-guardia de cualquier médico al que lo despiertan de repente.
Ya en la comisaría, me sentaron con el comisario. Me pareció extraño verlo tan tarde, será que tiene insomnio, pensé. Después me dijo: esto es culpa de los medios, a quién le importa la muerte de un diariero.
Yo seguía sin entender. Juro que trataba de despertarme pero el agotamiento había sido extremo. Como sueño ya estaba bien, suficiente.
Repitió las mismas preguntas que los otros dos canas. En un sueño no se repiten tantas cosas al pedo y empecé a enojarme.
El comisario puso los codos sobre la mesa, acercó su cara a la mía, se frotó las manos y dijo: tenemos un testigo que afirma que usted mató y se dio a la fuga. Me sorprendió la acusación y pensé otra vez que mi inconsciente se estaba divirtiendo a lo grande. Culpa. Por no haberle dedicado suficiente tiempo al paciente, por haber omitido información cuando sus familiares preguntaron. Podría haber probado con más resucitación cardiopulmonar, más carga en el electro, cualquier cosa. Pero es que había tantos críticos,algunos en peor estado, tan pocos enfermeros, era todo muy complicado.
Cuando llamé a mi abuelo fue lo primero que le conté. No soy creyente, así que mi abuelo, cardiólogo jubilado, era  mi confesor. Me contestó que esas cosas pasan, que había sido un accidente. Todo lo dijo gritando, porque estaba sordo y no manejaba bien el celular. Atendió en la vereda seguro, por la señal. Además deben haber estado tomando mate con la abuela.
El comisario escuchó mi razonamiento en voz alta con incredulidad. De algún lado lo tenía, de la tele seguro. ¿Vio el noticiero?  No, ¿por?
A las 19.20 aproximadamente, pasó por 17, entre 56 y 57, un Corsa gris de tres puertas, con vidrios polarizados, como el mío. Había doblado por 57, a toda velocidad, raspando a un 214 que acaba de arrancar de nuevo. Al parecer, un testigo reservado- o sea, todos sabemos, Doña Eugenia-, que barría la vereda como todas las tardes, vio cómo este auto fue directo al cordón y atropelló a un diariero que iba en bicicleta. También observó -no sé cómo porque tiene cataratas muy avanzadas-, que su vecino del frente, el Doctor Blaisten, hablaba a los gritos un rato después tratando de tranquilizar a su nieto, el mismo joven treintañero y peladito del corsa gris que acababa de cometer un asesinato y huir despiadadamente.
Para cuando la policía llegó al lugar acompañada por todos los canales de Buenos Aires, Doña Eugenia no sólo se había peinado y pintado los labios, sino que había cubierto al pobre hombre con los diarios que le habían quedado sin vender. Frente a todo el mundo, y con cara circunspecta, me denunció. Todo el país sospechaba de mí, menos yo, que había apagado el teléfono después de hablar con mi abuelo para que nadie me molestara. Supe, cuando lo encendí en la comisaría, que mi vieja, varios amigos, y mi abuelo habían tratado de llamarme. Mi viejo me había conseguido un abogado.  
Culpable. Mi inconsciente no mentía, ellos tampoco. Lo peor fue que no fue un sueño. Ayer me confundieron con un asesino, y tenían razón.

                                                         A.V 28/01/10

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