(Blog que usé para ponerme de novio con la más linda de la ciudad) Tipito A.V que es de La Rioja, pero que vive en La Plata y estudia Comunicación. Hasta mayo de 2013, todo lo anterior fue pre-Gráfica 3. Aclaraciones para no angustiarse.
sábado, 11 de agosto de 2012
sábado, 9 de julio de 2011
Ya no es lo mismo. #unavidasinTincho
Buaaaa.
Ya no se escucha el sonido de sus uñas hace quién-sabrá-cuántos-años no cortadas, sobre la madera del pasillo, donde duerme el Gordo y ya no me pregunto cómo mierda hace para no sacarlo de ahí a patadas cuando rasguña en medio de su siesta reparadora; ni me respondo que con esos ronquidos: "qué se va a despertar".
Ya no escucho que Carlos se queje de tener que cocinarle la carne al horno todas las benditas noches, ni gastar setenta mangos en pastillas para el reuma -del perro, claro-. Tampoco se escuchan los ladridos cansados, roncos, desde el garage para que alguien le abra la puerta aunque él no se pudiera levantar.
Cumplí con mi palabra. Será cruel, pero digna, quizás tozuda pero en fin, de las pocas "palabras" que pude mantener, alguna vez. Jamás. Nunca. Pero nunca le pasé un dedo por la cabeza con algún atisbo de cariño. Ni siquiera con el pie le acaricié el lomo.
Sí lo toqué una vez, pero de pura bondad y lástima, un día que el perro se meaba adentro y no podía levantarse. Con las dos manos le sostuve el cuerpo, como una hamaca para bebés, y lo hice salir. El escalón entre el "hall" y la puerta hizo que se cayese, pobre Tincho, despatarrado, como en los últimos meses por ese tumor que fue creciendo y creciendo. Y mis pantalones quedaron llenos de sus pelos, perdí el micro que pasaba por la esquina en el momento exacto de cuando terminé de empujarlo, suavemente con el pié. Era paradójico cómo algunas veces que cuando él salía como paciente de rehabilitación, al mismo tiempo caminaba una viejita con andador y enfermera atrás, por la misma vereda. Seguro se comprendían.
Hubo un tiempo en el que yo también sentí lo mismo, un tiempo en el que nos entendimos. Los dos esperábamos que el calendario pasase, que pasase rápido. Lo hizo, inexorablemente, y lo que rogué un domingo, enojado con él, pobre animalito viejo, terminó pasando, hace unos días nomás.
Me enteré por mensaje. "Che, se llevaron al Tincho". Uh, bueno, ya era hora, pensé. Ese mismo día se había quedado encerrado en la cocina, al lado del horno. Había caminado desde el garage hasta ahí, seguramente esperando que alguien hubiera prendido alguna hornalla, o quisiera desayunar una tarta. Cuando fui al baño, pasé por ahí, lo vi, junto al líquido en el suelo; llego tarde. Hice como si nunca lo hubiera visto y me fui a la facultad. Igual, llegué tarde.
"Quién te dijo?" "Carlos" Pasó un rato después de esos mensajes y llegó otro. "Se murió nomás". Entendí que Matías había ido a la cocina, y ahí Carlos le contó. Al día siguiente me levanté a las siete de la mañana y ahí estaba. No no, no su espíritu: Carlos. Me confirmó que "la casa está de luto". Yo pregunté con cara del recién-despertado-más-boludo-de-la-17: "¿Quién, el Tincho?" "Sí, pobrecito. Ayer a la tarde lo sacrificamos". Uh.
Parece que había estado boqueando y "estirando la pata" (ahora entiendo de dónde viene el término) toda la mañana después del incidente de la cocina y bue..no quedó otra.
Se fue un perro querido, con quince años y medio de anécdotas contadas por su dueño. Que se iba al bosque y después volvía, que lo llevaron a Ensenada corriendo detrás de una moto y volvió solo, que se iba a donde estaba alguna perra en celo y se quedaba ahí por días, que varias veces mordió a los vecinos y otras qué-sé-yo-qué-sé-cuánto que lo enaltecían como un verdadero macho alfa. Algún día intentaré recopilar y escribir una biografía perruna en su honor.
Con sus cosas detestables y algunas que otras cosas loables que yo ignoro porque me tocó vivir su vejez más hinchapelotas, se fue el perro más querido de esta cuadra, por el que venía gente a tocar el timbre a la siesta cuando lo veían descuajeringado sobre la vereda, o por el que me preguntaban bien temprano a la mañana los padres de los chicos de la Escuela de la vuelta. Fue un perro famoso, dicen que valiente, "perrariego" y viril. Se fue rápido, después de todo, relativamente hablando.
En fin, ya no tendré que preguntar novedades cuando hable por teléfono desde La Rioja con la gente de la pensión: ya no habrá nada nuevo que sea lo suficientemente importante.
Para Ellos y el Tincho, que conducen desde el cielo. RIP RIP, hurra!!
A.V 8/7/11
lunes, 22 de noviembre de 2010
Pensión de desequilibrados: pensionado number 1
Desde que llegué a esta pensión me sentí cuasibendecido. Sí, verdad..encontrarla fue de casualidad. Casi un milagro haberla visto publicada en el diario el mismísimo día en que llegué.
Pasa que con la confianza de haber sido un estudiante platense, mi viejo esperó hasta enero para reservar en una pensión que quedaba en una dirección que podía ser en La Plata o en Berisso. Tocó la última. Ah, no les comenté eso? dijo la dueña.
Si me hubiera quedado en aquella habitación debería haber compartido baño con una viejita peruana y trabar las puertas de cada lado del inodoro, con el riesgo de que alguno de los dos se olvide y deje al otro sin baño por horas. Si me quedo acá, no duro dos días, me dije. Mi fuerza de voluntad se caía estrepitosamente, sin lágrimas por el momento. De última me vuelvo y estudio en La Rioja, pensé a los tres minutos de dejar la valija sobre la colchoneta que sería mi cama. Acá no me quedo, le dije a mi mamá cuando salimos de la casa. Nunca fui muy caprichoso, pero esto cuestión de vida o depresión.
Tomamos un taxi al centro...de La Plata, compraron el diario mis viejos, y nos sentamos en un bar a almorzar. Ahí vimos algunas pensiones, marcamos, visitamos algunas, pero como estábamos cerca probamos en esta, desde donde escribo ahora. La pegamos. Tranquilidad, pocas piezas, el baño bien, compartido entre todos pero nuevo, con calefón (el compartido con la viejita era por poco a leña), heladera, cocina y chiche: Wi-Fi de algún vecino generoso al que se le acabó la solidaridad a la vuelta de las vacaciones de invierno. Pero no importa, ese era mi lugar en La Plata.
Algún otro día contaré otras peripecias, como mi encuentro con Tincho, el perro osteoporoso de la casa, o con mi amigo Matías (aprendí su nombre tres meses después de haberlo conocido), los buenos dueños que me invitan asado. Hoy toca un pensionado.
Cuando llegué, los pensionados como yo, éramos todos bastante tranquilos. Uno, mi amigo Matías estudia Derecho, tiene veintialgo y me hace acordar a mi hermano. El de la "primera pieza" (se merece un capítulo esa habitación) era un tipo extraño al que le calculé por su alimentación una sobrevida de cuatro o cinco años. Después está Marcelo, pata de lana por excelencia, que uno nunca sabe cuándo llega, con él nos divide una pared de verdad. Y el de la pieza del lado, tras el durlock era un tipo que alquilaba hace tres años e iba una vez por mes como mucho, persona tranquilísima si las hay.
Varios fueron pasando, cada uno tendrá su posteo.
Pero en este momento me encuentro enfurecido con el del lado. Ni idea cómo se llama. Sólo sé que tiene una pizzería por 13 y 58. Cuando llega, despierta a todo el mundo porque en su llavero parece que tiene las llaves de un hotel. Cierra, abre las puertas golpeándolas, prende la tele y pone el volumen al máximo. Me entero así que tal equipo de la B metropolitana juega con tal otro, y que el juego ha sido muy parejo, con poderosos jugadores defensivos y atajadas magistrales del Pocho tanto.
Para ingresar a esta pensión (salvo yo, que entré milagrosamente) los desequilibrados mentales y/o psicológicos parecen hacer fila.
El maestro pizzero del lado, tiene una especie de novia. No es que yo sea chusma, sino que parece que lo hace a propósito para que todos nos enteremos que él tiene puestos los pantalones en la relación, porque le dice enferma, pelotuda, ¡¿me estás cargando?!, boluda, puta, pelotuda y otras caricias discursivas. Al rato se lo escucha, llorando: vos no me entendés, eso pasa, vos no me querés. Me tenés snif snif snif abandonado.
Lo bueno es que al rato se pone bien y escucho: Hermosa, y vos cómo te llamás? Te vi en el diario, decime tus medidas. ¿Qué es lo mejor que hacés? El otro día dijo: estoy en Corrientes y Scalabrini Ortiz, hoy dio su paradero menos urbano: Pilar. A veces, critica al sistema financiero: no anda el cajero, preciosa, apenas pueda saco plata y paso por ahí. Hoy se llamó Lucas; otros días Ignacio, Juan, Josho.
No es que yo sea un cristiano moralista ni mucho menos, lo que me molesta es que lo grite. Todos los días dice que se pierde la señal, pero no se digna a salir a hablar por teléfono.
Anoche no pude dormirme, porque estaba TyC relatando partidos viejos de San Jorge de Chubut contra Club Güemes de San Martín.
Ronca, pero bueno, somos todos humanos. Se lo escucha desde la cocina, bueno, pero ¿quién se escucha cuando duerme? Ahí lo entiendo. Pero el televisor, las puertas, las llaves, la poca solidaridad con el sueño ajeno cuando sus vecinos pueden dormir unos minutos más. ¿Hace falta despertar a toda la pensión un domingo a las 8 de la mañana con las puertas golpeándose, la respiración agitada cual bufido desesperado?
Creo que ya me desenojé, quizás es el sueño, es que rindo mañana y estoy harto de estudiar. No sé por qué será pero acá termina el relato, prometo, dos o tres amigos lectores, que continuaré.
lunes, 25 de octubre de 2010
El Tincho
El otro día, cuando salí de desayunar y buscar agua en la heladera lo pisé. En el cuello el pie izquierdo, en una de sus patas el derecho. No se inmutó. Ni un quejido. Creo que abrió los ojos, con la energía de una tortuga. No movió la cabeza tampoco.
Está medicado con calcio, come como embarazada. Pero está cada vez menos en la vereda, no molesta como antes para salir a callejear. Mueve la cadera cual mulata sensual, pero con el olor a perro mojado. Ya no ladra, ni persigue a los que salimos hasta la esquina, ni siquiera a sus dueños.
Lo peor de todo es que hace como dos noches maúlla un gato. Y no hace nada. No sé si alguna vez ejerció de macho alfa, o de corre gatos; pero se ve que ahora se jubiló del todo. Y molesta. No hay nada peor que un gato que no te deja dormir. Los ronquidos en estéreo de las habitaciones que me encierran son soportables, pero el sonido agudo, lloroso es, además de deprimente, desesperante. Y el Tincho no hace nada. Es cierto: es sordo; desde que llegué siempre fue sordo, pero no ciego, ni siquiera de noche.
Yo no sé. A veces pienso que sufre, pero lo veo ahí tirado tomando sol y digo ¡la mierda qué vida! Me da envidia, de esa sana que dicen que existe. Yo, combatiendo la humedad camino a Gráfica, él ahí descansando después de desayunar alita de pollo fría. Y me da más envidia.
Camino a la facultad, filosofo. Él tiene 15, yo 19, pero a los años de él hay que multiplicarlos por 7. Filosofo, no saco cuentas, pero deben ser bastantes ¿no? ¿Llegaré así? Escleroso, sí, pero socialmente adaptado, querido por los vecinos, respetado por los más jóvenes, muy bien alimentado, protegido con las pastillas más caras. Lo dudo. Y me acuerdo que está solo, tirado, despatarrado bajo el sol. Qué se yo.
Tal vez sea mi futuro, quizás algún boludo que va contando mosquitos en la humedad un día me pise el cuello y una pierna, y yo ni siquiera lo mire. Probable será que ni siquiera me acuerde, que una vez, un perro feo, vago, maltrecho y oloroso, me predijo la vejez.
AV 25/10/10
sábado, 16 de octubre de 2010
Calendario
Y la pantalla ni siquiera sigue en blanco, ni siquiera es pantalla. No se escribe sola, no se llenan las páginas ni se diagraman las palabras ¿qué esperan?
Acostado y se mueren los párpados. Y el calor vuelve.
El techo sigue siendo tan triste como en febrero. Las paredes habrán cambiado, pero lo importante sigue en el mismo lugar; irreemplazable por desgracia, porque no quiero.
Ya nada hace ruido sobre el parqué. Ya poco queda de las pezuñas molestas, que esclerosas esperan morir. A su lado tiene el agua que bebe una vez al día, de a litros; al lado de la otra pata, la carne asada de todos los días.
Él y yo, como en febrero. Uno más seguro de sí mismo, el otro más viejo; uno que espera que el calendario pase rápido y el otro que con cada día se completen caracteres, de soledad, de aceites reciclados, y de análisis periodísticos. Los dos, empastillados. Abandonados a las siete de la tarde. ¿Quién es quién?
Me mira sin despedirse, el soberbio. No le cierro la puerta, porque no camina, porque me quedo sin internet. Gira la cabeza y sigue esperando.
Entre los dos nos entendemos. Quizás nos extrañemos, quién sabe.
domingo, 21 de marzo de 2010
Reflexiones de Domingo con lluvia
Honestamente, no lo entiendo. Y eso que yo sé lo que es no ser correspondido. Pero, en mi caso, hubo secretos y amistades de por medio; ellas llegaron a verme con ojos de cariño y a veces, hasta su tacto fue dócil y contenedor. En otro plano -y este es el comparable después de todo- con mis amigos varones también hubo esa confianza, esa fraternidad de charlas nocturnas de cocacola en sus comienzos y ahora de Quilmes o parecida. Cada tanto había un abrazo, después de algún partido de fútbol, o en un cumpleaños, sin mencionar que de por sí los argentinos somos toqueteros y besuqueros.
Hoy y cada fin de semana, el tiempo se cansa de esperar. Me da la impresión de que hay algo sobrenatural en la cuestión. ¿Por qué siempre los domingos o los sábados? En Nueva York, La Plata o Buenos Aires (jamás llueve en La Rioja). Uno se va a dormir con el olor a azufre de la lluvia por caer. Y se despierta con el ruido del trueno que ya, excitado a más no poder, ha impactado contra una terraza cercana. Se parece, entonces, a una rutina casi sexual: de olores afrodisíacos, hormiguitas en fila, ruidos, gemidos, idas y vueltas, truenos cada vez más cerca y más cerca, hasta que el rayo –o varios- se descarga estruendoso y luego…la conversación en la cama, las primeras lágrimas que apenas mojan y por último las confesiones guardadas, los rencores, las peleas –y se escucha un trueno distinto- los abrazos, y más lágrimas de las que mojan mucho. Gotas pesadas, lastimosas. La lluvia cae sin vergüenza ni culpa, como en catarsis.
Y él, se acerca donde yo estoy. No habla, no. Pero se hace notar. Me mira buscando algún dejo de humanidad fugado que vio alguna vez, o escuchó cuando hablaba por teléfono. Si estoy en la cocina, entra. Si estoy en mi pieza, pisa fuerte, gira la cabeza y me observa. No habla, no. Pero se hace notar.
Cuando su desesperación se acrecienta, la intensidad de su presencia aumenta. No habla, no. Ladra. Irritado mueve la cabeza señalando la puerta, corre con la cadera que parece que fuera a quedar en el otro extremo del patio cuando avanza. Va y vuelve, y ladra de nuevo dejando salir un sonido seco, lastimoso, cual tos en niño con nuemonía. Él tiene, empíricamente comprobada, la famosa “tos de perro”. Sin embargo, él no está enfermo, o no está tan enfermo, simplemente está viejo.
En un linyera burgués, acostumbrado, que come carne y pollo asado todos los días, que nos tiene a Carlos (el dueño) y a mí cocinándole a él, bicho insignificante. Ama la calle, se desvive por salir, pero al rato quiere volver a tomar agua…como si hiciera tanto, perro imbécil. Más tarde, cuando incorporó líquido a su penoso sistema orgánico, ladra de vuelta y parece que necesitara que hasta los bomberos lo escuchen, llora como huérfano a los dos meses, una vergüenza peluda, con problemas de incontinencia: ¡viejo y maricón!
Muchas veces viene a buscarme, sin aprender que yo lo puedo dejar salir cuando yo, raza humana a-veces-pensante, quiero o debo salir. Deja pelos por todos lados, y cuando la llave gira en la cerradura, pasa su cuerpo asquerosamente lanudo por mi jean dejándolo olorosamente nostálgico de limpieza. Más me disgusta ahora cuando está todo mojado, desprendiendo esa fragancia repugnante, la más alejada al shampoo. Puedo decir orgulloso que nunca jamás lo he tocado o acariciado, porque si ya se ha tomado del codo, no quiero ni pensar qué sería si le demostrara cariño.
No obstante –estas dos palabras siempre esconden la hipocresía de los escritores-, su llanto al atardecer, en el momento cúspide del enfermizo pedido de libertad, me acongoja el alma y el corazón, me da de lleno directamente sobre mi estómago merendado y me duele su encierro.
Y Dios no quiera que muera…mientras esté yo acá. Igualmente, aviso desde ya, que estaré ausente esta semana, así que si está escuchando alguna suerte de San la Muerte canino, es hora, digo yo, en mi humilde opinión y objetivamente hablando, que se le ayude y evite este padecimiento al pobre Tincho. Que sea rápida, que algún auto que venga desprevenido por calle 17, entre 56 y 57; que en ese preciso instante la cadera le falle de nuevo, y la liberación se produzca al fin, obligándole con cariño a que abandone el desconsuelo de llorar para salir a callejear.
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