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lunes, 27 de agosto de 2012

Fragmentario I

La niña sobrevuela las pocas baldosas que quedan firmes en aquella plaza que en unos años será olvidada. Escucha el sonido de las ruedas atravesando la línea empedrada de la vereda antes de llegar a la esquina donde espera un hombre el colectivo que viene llegando por el punto cardinal donde se pone el sol. Sol insuficiente que hace brillar tenuemente la cadenita de plata de la niña que se ha detenido en seco.

Los que no viajaban desatentos en el micro, el hombre que ahora tiembla y se descompone, la niña que traga con desesperación las lágrimas silenciosas que derrama, ven la escena completa.

A.V
27/08/12


domingo, 24 de junio de 2012

3 centímetros

    Hay un auto. La ventanilla del lado del conductor tiene un agujero de unos tres centímetros de diámetro. El auto es negro, importado, los vidrios no están polarizados. Sobre el asiento hay un cuerpo que compite con el invierno de un 24 de julio que todavía no ha visto el sol.
    No se mueven las hojas que quedaron sobre el asiento del acompañante, no se mancharon tampoco las firmas falsas, ni las facturas para rellenar.
    Ahí donde hay papeles hubo un niño, que durmió de la casa a la oficina. Hubo también varias mujeres, sentadas de a ratos, inclinadas para un lado, hacia donde ahora está él, o estaba, o él que ya no es.
    Atrás del auto hay otro, que espera a su dueño. El propietario de este Clio es una mujer, Amelia, nombre antiguo pero que hoy le pertenece a una chica de apenas veinte años, cumplidos hace un mes. Amelia no lo conocía, pero ahora, apenas llegue con la intención de arrancar el auto y devolvérselo a su papá, lo verá por primera vez. Y el grito despertará al insomne de la casa del frente, que acababa de conciliar su sueño. Y se marcarán teléfonos, y llegarán sirenas que irán despertando a la cuadra, haciendo vibrar los colchones de cada habitación en cada casa. Y se llenarán de ojos las ventanas.
   Detrás de un teléfono llorará una madre, y el niño que ocupaba el lugar de las boletas todavía no se habrá enterado.


A.V 24/06

viernes, 18 de mayo de 2012

Baúl

Me cansé, hubiera dicho, pero no. No es cansancio, no es suplicio. No es que las huellas se hayan desmarcado, las líneas imperfectas de unos dedos también raros permanecen ahí, con la memoria de haberse quedado detenidos, inertes, sobre la tapa de un baúl. 


Caja, cosa. Paquete. Libro.


Estoy cansado, hubiera dicho, pero no. No es huida, no es hartazgo. Es, qué sé yo, simplemente, quitar las manos. Ver aquel reposo de frases, palabras, cual souvenires, que siguen ahí adentro, que ya no esperan ser repetidas. El baúl no se aleja, pero sí los dedos, y las manos, y el cuerpo. Y si existe, el alma. A otro lado, se van; a la habitación de al lado. Van.  Al pasillo. A la puerta, que se abre y luz, porque es de mañana y ha dejado de llover hace unas horas. Es otoño, hay hojas y más hojas que el viento ha abandonado sobre la vereda de las baldosas imposibles.


Caminar y ser esquina, y mirar para cualquier lado porque ya no importa, y visitar casas nuevas. 
Allá quedó, todo eso, palabras hechas poesía que dijiste, niña, aunque te olvides. Con las huellas marcadas, sí, pero sin mis manos.




A.V
18/05/12

domingo, 22 de abril de 2012

Mientras tanto




Yo te miro.






Mientras tanto bajo un árbol descansa un reloj de piedra. Mientras tanto se queda sin tinta el grito, sin papel el susurro, sin vida la sangre, sin color la nada.






AV 22/4

sábado, 7 de abril de 2012

Sin título

O la tos, murmuró. ¿O la tos? La escena, vista desde arriba, podría ser descripta muy en borrador -como con lápiz HB o más blando- como una tarde noche, gris, insinuantemente fresca -o de otoño para ser más claros-, en la que hay dos pibes, una chica de pelo largo, "carita borrada" y un pibe de espaldas, algo alto. La perspectiva quizás sea un poco amateur. Una esquina. Esquina renovada, esquina que fue vieja, con alfeizar de un lado y zaguán del otro, casa del 1900 restaurada con puerta color acero, pintada de violeta y con un reflector con sensor de movimiento. Hay un perro pintado en un cartel que dice que la casa está protegida. Pero no importa, a ellos no les importa y discuten a media voz.
Discuten que tampoco está tan mal. Que podría haber sido peor. En verdad ni siquiera discuten. Mueven las manos como si lo hicieran, pero no, los dos saben -no lo dicen, claro, porque sino dejarían de hablar y para eso se juntaron- que los dos sienten exactamente lo mismo, una nada de otoño, una nada de tarde noche, frente a una casa heredada y arrasada por pretenciosos gustos. Pero él contesta que no entiende por qué. Ella, se sostiene las manos detrás de la espalda y frunce la boca; cada tanto finge que va a hablar tomando aire de repente para luego seguir callando. Y el silencio. En el borrador podrían aparecer bastante movidos, dos autos, que atravesaron la esquina, uno por un lado y el otro por el otro, sin hacer mucho ruido. Ninguna otra interrupción.
Él fuma. En el borrador se ven dos colillas tiradas en el suelo. Pero es un detalle, no importa demasiado. Fuma y cuando se exaspera porque recuerda algo que ella dijo o no dijo, o quiso decir pero no dijo, o dijo y ahora dice que no dijo...cuando eso ocurre, él tose. 
Cruza los pies ella. Se sostiene las manos por detrás de la espalda y cruza los pies. Una posición bastante incómoda, diremos, pero así se encontraba. Lo escuchaba. Ella no decía mucho. Pasó el primer auto, y dijo algo que él no escuchó bien  y dijo algo así como "y no sé, mirá, no sé". Entonces seguían. Él jugaba de un extremo al otro, tratando de sacarle algo. Algo que lo haga entender, ALGO, le pedía sin decirlo. Manejaba por la ruta del monólogo pegándole a la banquina en cada intento por que ella dijera que sí o que no, pero ella no largaba palabra.
Hay una luz, además de la de la casa que se prende cuando él exagera algún gesto con los brazos. Cuando abraza a la chica, cuando la suelta y trata de reubicarla en el difícil equilibrio de su posición. Hay una luz que ilumina desde la esquina del frente que logra las sombras en la cara de ella, casi por completo; y el brillo en su pelo, así se sabe que es largo, y la espalda del chico, que usa una campera liviana, porque es otoño y está anocheciendo. 
Entonces, él fuma y ella escucha. Así decidió ella que sería. Que lo dejaría hablar. Después de todo, eso quería desde que mandó el mensaje. Apretó "enviar" y pensó: que hable, a él le gusta hablar. Mientras calla, supone que él quiere terminar todo. Todo, o nada. No quiere terminar nada. Ahora sí. Él habla y ella saca conclusiones, redacta veredictos dramáticos de tres o cuatro palabras. Pero él va y viene. Entonces ella alega para un lado y para otro, porque está aburrida, porque sabe que tiene que volver a su casa y ver a su mamá que le dice que ponga la mesa y que traiga la fruta, y que prepare jugo y que blá. Entonces escucha, y después irá a decirle a su mamá en la mesa que habló con el pibe y que está bien, sin mayores novedades.
Él cada vez más desesperado, se siente enfermo, afiebrado. Espera más segundos con la esperanza fugaz de que ella conteste, pero la ansiedad no le permite olvidar la lista de temas que había pensado para charlar. O más bien, exponer.
Cuando pasa el segundo auto, el reflector se enciende. Cómo sabés qué es lo que vamos a hacer. Cómo sabés qué es lo que queremos. Y otros cómo sabés que pregunta, ya ardiendo, él.
Entonces, cuando pasa algún tiempo y el reflector se apaga otra vez, ella dice:
-No lo sé. Yo creo que tenemos que esperar a que pase. ¿Que pase qué? El tiempo. O la tos.




                                      A.V 7/04/12



viernes, 18 de noviembre de 2011

Barbaridades (en tono de Trabajo Final)



Que se escriban solos los conceptos, 
que se embarren, que se estiren, que se toquen.
Que se mezclen y se anuden, que se rompan, 
que transpiren, 
que sangren.


Que se golpeen. Que se tiren de los pelos. 
Que se retuerzan: 
Freud, Castoriadis, su señora esposa y los enunciados identificatorios;
que festejen, que se alcoholicen, que se desnuden.


Que se enfunden en alfombras tibias. Que se mojen. Que se muerdan.
Que brinden, que sigan bebiendo y se atraganten.
Que se griten. Que se escupan.
Que apaguen algunas velas, y que jueguen con las que quedan encendidas,
que dejen caer la cera ardiente sobre sus agotados cuerpos 
y aúllen como perros.


Que agoten sus gargantas en carcajadas oscuras, y se burlen. 


Que vomiten.


Las salivas mezcladas, los conceptos, los autores, 
el mundo, el hoy y el antes de ayer, que se fundan, todos,
en una bilis catártica 


e inunden, sin hedor ni pelusas de tiempo,


cada virginal hoja de word,
                                              tamaño 11, interlineado 1.5




Y vuelvan a morir.




                                     A.V.  escribiendo#trabajodePsicología
                                                                                           18/11/11


¿Qué? ¿A caso no le llaman a ésto "sublimar"?



domingo, 4 de septiembre de 2011

Mente en negro

Se estrujarán las ideas inservibles.


Se agotarán como de cuentagotas
las estupideces más escandalosamente no-dichas.


Se negarán párrafos enteros.
Se apretujarán contra el fondo de lo imborrable
            y también se asfixiarán, ilusas,
las dedicatorias más perfectamente inocultables.


Se callarán los dedos. Y dolerá la garganta.
Y sólo se escuchará el espasmo alérgico
del invierno que cojea acá tan cerca, en el pasillo.
Y la primavera, aletargada,
llegará histérica arrancándose las hojas.


Se secarán,
no por el sol
o por la promesa inconsistente de calor,
las palabras más amargamente empalagosas.
Se secarán, en fin,
con aire de caloventor y de sueño
que corre con piernas de infancia
                         aquí tan cerca, tras la puerta.








                                                                                                               A.V      03/09/11


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