jueves, 28 de abril de 2011

Agonía de una letra



   M es. No murió, o por lo menos, nadie lo ha comunicado. Sin embargo, en este relato, M fue: escritor, autodidacta, primer premio de una importante editorial en los setenta; autor publicado otras tantas veces; muy bien criticado por cada libro. M fue, además de todo aquello, un hombre de doble apellido. Y con eso se dice bastante.
   No hace mucho, serán dos años, M cerró con llave la gran puerta de madera de su residencia en Bogotá, afinó sus bigotes a la italiana y subió al taxi que lo llevaría hasta el aeropuerto, saludó soberbio a la azafata y le pidió champagne. Cuando la fina rubia le alcanzó la copa, la miró a los ojos, sonrió, y brindó, por Buenos Aires, por estas nubes y por usted, la dama más bella de estos cielos. No hace falta decir que la pobre joven contestó sonriendo de manual al viejo piropeador y siguió su camino.
  Cuando llegó a Ezeiza sus colegas B y F, premiados los dos, miembros vitalicios de la SADE, lo esperaban sentados. A este narrador le gustaría poder describir alegremente la amistad que unía a estos tres hombres, pero por respeto a la verdad no puede hacerlo ya que jamás existió tal relación. Cuando jóvenes, la competencia pasaba por quién pagaba el café en las tertulias internacionales. Más tarde, las cartas viajaron impregnadas de hipocresías en correo express hasta que el pulso tembloroso de los tres demostraba burdamente el paso de los años. Luego las conversaciones telefónicas se limitaron a llamadas de año nuevo pues los tres eran ateos y se llamaban marxistas, mofándose de los regalos en navidad que tantos libros les habían hecho vender. Ese mediodía de otoño en Buenos Aires, M, B y F se fundieron en un abrazo que quizás fue en gran parte gagá, aunque los tres nunca hayan querido reconocerlo.
  Almorzaron en Recoleta, bebieron café supuestamente colombiano que M se encargó de denigrar insultando al mozo con el gesto de la propina cero. Discutieron sobre política, renegaron del populismo, de los impuestos, y del fútbol, brindaron por Borges y Carpentier por igual, criticaron la televisión que nunca miran y la radio que jamás escuchan, los diarios que no se dejan leer, y los libros que son cada vez más pobres. La charla continuó en Barrio Norte en el living de F hasta que sus invitados se retiraron a dormir la siesta en los cuartos de invitados.
  Por la tarde, M decidió recorrer las callecitas y qué se yo que se habrán cantado en tantos tangos. Caminó por San Telmo, tomó un taxi y bajó en Palermo, caminó por Santa Fe, paseó por un jardín botánico y desembocó en La Rural. Estaba viejo pero la memoria no le fallaba: ni F ni B le habían mencionado que la Feria del Libro estaba desarrollándose en la ciudad. Ya era tarde, casi de noche y la gente salía como si el lugar estuviera por cerrar. Iría al día siguiente.
  Durante la cena M no pudo contenerse -tampoco lo había intentado, claramente- y lanzó sobre el mantel, sin sutileza alguna: Estimados caballeros, han olvidado ustedes comentarme sus pareceres sobre la Feria del Libro que se está llevando a cabo, flamante, por estos días -sí, así se expresan estos hombres, hasta en la mesa-, ¿no será que estaban desinformados? No lo creo. A veces la edad traiciona, amigos míos.
   B y F intercambiaron miradas y ceños fruncidos. Este narrador no se anima a sumergirse en los comportamientos o en la lógica interna de los sujetos, ni podrá explicar, ni siquiera con el atenuante de la vejez, por qué estos dos hombres, orgullosos y egoístas uno más que el otro, intentaron, sin suerte, convencer al colombiano de que no valía la pena acercarse a semejante desgracia literaria edificada. Describieron con calidad los pasajes más preciosos de Buenos Aires tratando de que M cambiara de parecer, pero éste era un señor de palabra, y lo había determinado entre sorbos de sopa: se levantaría temprano, llamaría a un taxi y pasaría el día en La Rural.
  Imaginó M que su prestigio conseguiría un pase libre pero no se sorprendió demasiado con la ignorancia de la vendedora de entradas. Ni con la de varios de los hombrecitos de camisa blanca y credencial que caminaban apurados por los alrededores de los salones. El gran escritor daba pasos largos y decididos, el brillo de sus zapatos se apoyaba caballerosamente sobre la alfombra de varias editoriales, permanecía estático algunos segundos, y avanzaba hacia otros stands. Libros grandes, caros, pequeños de colección, de óperas, de viaje, de fotografías, de pintura, eran cargados en elegantes bolsas por los brazos y la tarjeta de crédito platinium del hombre de bigotes largos. 
   Sentado frente a una mesa que le debe parecer enorme, estoy seguro, estaba un joven de jean y chomba de marca. En su mano derecha sostenía una lapicera cara. Sobre el mantel blanco se exponía lo que debía ser su libro. Parecía nervioso, hasta que otro hombre, de camisa y pantalón de vestir, le acercó una botella de agua y le dijo algo al oído, el agente, sí, el agente. M recordó entonces cómo había sido su experiencia en la primera firma de libros, cómo había esperado aquel momento y cómo había sufrido los primeros diez minutos porque, a diferencia de García Márquez, a él, en principio, no lo esperaban haciendo cola. Sin embargo, y sonrió complacido al recordarlo, su fama fue incrementándose y muchas veces abandonaba las librerías dejando lectores sin sus libros autografiados obligándolos a hacer la fila al día siguiente. Miró al novel autor y pasó a su lado con expresión de padre comprensivo. Ya vendrán.
   La mañana transcurría  para M entre compras, sonrisas a las cajeras y saludos sin destinatario real que sólo relatores como quien escribe no tienen compasión para omitir. Aunque cargado y bastante caminado, M no se cansaba. Así fue, por energía y vitalidad que un buen hombre de letras debe tener hasta el mismísimo día de su muerte, que el ilustre novelista comenzó su agonía.
   Deslizó su dedo, no sin cierto pudor, sobre los libros en oferta. Se animó a hojear las novelas rosas que se regalaban casi, por $15 llevando dos; leyó hasta dos párrafos del erotismo traducido del mandarín a precio de 3x$35. Se burló en silencio de los compradores que por poco saltan de alegría, los imbéciles y miró el resto de las ofertas con un cuidado que por su propio bien debió haber sido muchísimo menor.
   No se sabe bien en qué minuto, en qué desafortunado instante, el señor de doble apellido reconoció la tapa de dos de sus obras maestras. No estaban sobre la mesa de $10. Peor. Estaban debajo, casi en la esquina al ras del suelo. Con esfuerzo, se agachó, tomó dos ejemplaras de cada novela y tragó saliva. Se levantó, más viejo, más arrugado y dolorido. Fue eso, dolor y algunas otras cosas. Dolor con el que releyó la solapa rebosante de halagos de los principales periódicos del mundo. Ira con la que caminó hasta la caja y desaforado, gritó a los empleados que aquello debía ser un error. Vergüenza con la que escuchó que aquello no había sido equivocación alguna. Humillación -para este simple cronista innecesaria- con la que recibió el comentario del gerente de la librería, que se acercó al escuchar el alboroto, y dijo secamente: esos libros, señor, son todos los que las editoriales quieren sacarse de encima. Ultraje, cuando aquel desconocido acreditado, completó: en mi modesta opinión, y créame bastante que algo sé, no le recomiendo ninguno de esos libros sino es para hacer fuego.
   Y así se fueron ambos, el gerente orgulloso de haber resuelto un conflicto con una sonrisa de manual, como aquella azafata del principio, y m, caminando despacio, vencido, agotado, y en minúsculas.


                                                    A.V           28/04/11
  

lunes, 18 de abril de 2011

Tos

Seguiré intentando escribir como mina...  

    Una noche que estuve con fiebre leí, despatarrada en la cama, con una mano sosteniendo el trapo fresco y con la otra el libro, un cuento sobre una mujer que disfrutaba escuchando latidos de corazones enfermos. Me conozco, tuve fiebre antes, por supuesto; son casi veintisiete años de padecimientos invernales -porque no te cuidás, por eso es, seguiría gritándome mi mamá si no se hubiera muerto- y nunca había sentido semejante calor al leer aquellas descripciones, escritas como si fueran la ficción más irreal de las mentiras. Y me dio rabia. Porque terminás de leer y sí, alguien pudo haber dicho a la mierda, qué buen cuento, pero yo no; yo lo detesté, lo aborrecí con el resto de entereza que me regalaba el trapito mojado.
  ¿Por qué un cuento? ¿Por qué? ¿Es acaso tan increíble que haya gente a la que le guste la enfermedad? Y no me vengan con que no hay médicos morbosos, o que no existen televidentes que se pasan horas viendo muertos en el cable. Lo mío no es morbo, señores. Lo mío es amor, verdadera pasión y romanticismo que nadie entiende. Es un sentimiento no comprendido, prohibido, censurado. Porque claro, a la gente le gustan todavía, hoy, 2011, dos-mil-on-ce, las historias de príncipes y plebeyas, de pobretonas con actores de Hollywood. Y yo, que veo a un moribundo en la calle, muerto de frío y con el rostro pelado, y se me salen el alma y los ojos, y corro hacia él, siento que una fuerza, el asco de los que miran, me empuja hacia atrás. ¿Por qué? ¿Por qué no nos dejan estar juntos?
   Y escribo esto porque necesito descargarme. Escribo porque ya no soporto que me juzguen, que me critiquen, que en la oficina hablen, ya no a espaldas mío, sino ahí nomás, al lado de la fotocopiadora, a cuatro metros de donde estoy tomando el café todas las mañanas. ¿Puede ser que no me dejen en paz? Que estoy muy flaca, mirale las ojeras dicen las pelotudas recién teñidas, ni-con-un-palo gesticulan los otros pajeros de Contaduría. 
   Cuando camino al trabajo, a veces, unas cuatro o cinco veces por semana -reconozco-, paso por la clínica. Esos días me aseguro de salir más temprano de casa, porque sé que voy a detenerme en la esquina, en la parada del 307, y aunque haga frío, me voy a sentar, voy a esperar hasta ver a por lo menos dos, con sus madres algunos, otros con sus esposas, pero casi siempre solos, caminando al lado de la enfermera que los ayuda a subir al taxi. Ahí, todos abrigaditos, con sus barbijos blancos, con gorrito cubriéndoles la cabeza calva, con el tubito de oxígeno los más lindos. Correría a besarlos, a abrazarlos pero sé que están débiles y podría lastimarlos, y eso me gusta más, podría decir que me excita porque me atraen más cuanto más cerca están de la muerte. 
   No seré hipócrita. He llorado. He derramado litros de lágrimas en velorios y entierros. He visto cajones cerrados e imaginado el estado raquítico de sus cuerpos, agotados, vencidos en la batalla. Y un dolor se me ha instalado entre el estómago y el corazón cada vez que alguno de los pacientes de la clínica ha muerto. Dura días. Algunos -me acuerdo: un chico de veinte años, cuando yo tenía diecinueve-, me produjeron una sensación parecida a la de una puntada, aguda, como sangrante, durante semanas. Ese chico, creo, fue el primero del que me enamoré bien. Lo recuerdo ahora y necesito detenerme, no puedo escribir más. Ni quiero reflejarlo aquí, en una hoja tan sucia como ésta. 
--
   Espero que ustedes me entiendan, aunque si no lo hacen serán unos más de los que no tienen la compasión necesaria para comprenderme. Y no me afectará, porque una se termina acostumbrando a la frialdad de la gente.
   La verdad es que jamás me importó demasiado lo que dijeran los demás. Pero esa noche, cuando leí ese cuento, descubrí que parte de mi historia -era bastante parecida, convengamos-, estaba siendo utilizada como entretenimiento en un libro de cuentos. Como si el autor me hubiera conocido y se estuviera burlando de mí. 
   Recuerdo, entonces, haber cerrado el libro, volcado el agua en el inodoro, tirado el trapo, las pastillas y cualquier medicamento que había en casa y decidir, lisa y llanamente, dejarme morir.
   Mi mamá me lo había advertido, y sí, odio reconocerlo, tenía razón. Algún día vas a terminar con neumonía o algo de eso, vos, pendeja caprichosa. Era hora de hacer cumplir el destino. Amarme por vez primera a mí misma, en el estado que más he aprendido a adorar, el de la enfermedad, el del reloj de arena que se agota rápida e inexorablemente. 
    Hoy escribo esto, con el pulso tembloroso y crónico de mi tos, mis pulmones exhaustos y el ritmo callejero del taxi, que me lleva a casa; y la enfermera saluda detrás del vidrio, con ojos de última vez, a la salida de la clínica.


                                                                                   A.V        18/04/11

sábado, 16 de abril de 2011

Crónica de un tripartito

Pasó un año y
sin embargo ahí están


    Sen
     ta
     dos 
      con los pies sobre
                                  la
                                      calle.




Con frío, porque el invierno quiso empezar anoche,
pero el hielo se fundió en la palabra,
y el alma helada se desagotó de pronto y
         huyó corriendo 
           calle abajo
             a no sé 
              dónde.


Fue, en aquel lugar y aquel tiempo, de noche 
Y con el viento se volaron las culpas.
Y el semáforo no les importó.
Ni los que corren. Ni las calles, ni las rutas.


Sin embargo ahí están
  sentados los dos
    tan parecidos
con el mismo rostro a oscuras
porque no hay luna que atraviese a las nubes
porque no hay luz que los haga uno solo.


Sin embargo alguien los mira
(dicen que es el tiempo)
           a los tres, 
sí, ahora lo sabe: son tres.
Y se pierde, se desorienta,
y patea el camino, como a una tapita de coca,
chueco, encorvado, en diagonal, 
como al principio
para 
       llegar
              a no
                      
                            dónde.


                                          A.V  17/04/11

miércoles, 13 de abril de 2011

Se acabó el magistral

Con el mayor de los humores negros, 
al señor de la motito.


Los platos sucios estaban sobre la bacha, recién apilados por él. El sol de siesta tras la cortina, como él quería. El cenicero lleno; el agua corriendo sobre la pileta; el detergente abierto; la esponja en su mano, ensangrentada. El piso sucio de descuido. La escoba vaya a saber dónde. Quizás en el patio, tal vez al lado de la parrilla, pensó cuando miró las gotas secándose en el suelo.
La canilla estaba abierta y él continuaba pensando. Se culpaba, un poco por la imperfección, otro tanto por no haberle dicho nada antes, por no esperar a que se despertara. Pero estaba cansado y no podía postergarlo más. Pensó en abrir la alacena y buscar más cafiaspirinas. Para qué, si ya me voy.
Encontrar la lavandina. Un balde o así nomás. Un trapo, ¿dónde habrá un trapo? No debería haber sido de esa forma. No hay tiempo. Hora. 14.20. Quizás vengan mañana, quizás pasado. El celular, hay que apagarlo; el mío también. Limpiar esto. Qué más. Sí, los guantes. La puta, el pantalón, habrá que tirarlo. Encima es re caro. Igual seguro van a preguntar si se dan cuenta. Quién me manda a mí, también. La puta, qué suerte de mierda. 
Tengo que pensar qué decir. Pero quién va a dudar si siempre fui el único que la quiso. La acompañó, digo. 
Qué más, qué más. Tengo que volver a ver si quedó algo. Y lavar esto porque sino también se van a dar cuenta. Y la esponja, si la tiro se van a dar cuenta. Los guantes, dónde quedaron los guantes.
El agua siguió corriendo mientras él atravesaba el pasillo, observando al pasar las tres gotitas de sangre, al lado de la puerta corrediza. Entró a la habitación. Caminó despacio, en puntas de pie. Rodeó la cama. Se tomó de las manos para evitar tocar cualquier cosa. Miró el almohadón, la silla de ruedas; registró que todo se encontrara como al principio de la visita. Quiso besarla y sintió culpa. No debió haber sido así. Ni discurso preparado. Ni café, ni encuentro en el centro después del trabajo. Ni pedirle que se apurara. Ni dejarla plantada. Ni que existiera ese hijo de re mil putas. Ni los jueces lentos. Ni que nadie se haga cargo. Pero así es, se dijo a sí mismo cuando volvía a la cocina. Y no hubo otra, cuando volvió a mirar las manchas. Hubiera sido mejor cortar por teléfono mucho antes, al presionar con el nudillo el botón de apagar, por te-lé-fo-no. Fue un segundo nada más, mientras lavaba el cuchillo. Quizás ni se enteró. Estaba muy sedada. Y lavó otro plato.
Decidió llevarse la esponja en el bolsillo después de limpiar las manchas. Buscó una nueva en el lavadero y la colocó al lado de la botella vacía de detergente. Por fin, cerró la canilla. Caminó hasta el comedor. La herida seguía abierta y más con el agua. Con cautela, evitó derramar otra gota y fue hasta la habitación, otra vez. Encontró los guantes y se los puso. No hubo otro sonido que el del click de la puerta al cerrarse.
Quiso arrancar su moto. No pudo en el primer intento. Puteó a mansalva al tapón, al cuchillo y a su corte en la mano. Probó de nuevo y esta vez arrancó. Aceleró de a poco. No quería ir muy rápido. Miró el paisaje del barrio. Acababa de morir una novia que nunca quiso, una pobre paralítica que no tenía a nadie, salvo a él, que se cansó, que decidió una siesta, mientras lavaba los platos y se desinfectaba con detergente una herida, usar un almohadón que había en el placard y apagar por un tiempo los teléfonos.

                                                        A.V        13/04/11


sábado, 2 de abril de 2011

Punto muerto

Ajam. Se. Así, como cuando bajás por la circunvalación nueva esa que viene de la Quebrada, que vas a 60. Venías en cuarta y decís ma' sí ya fue, apretás el embrague y soltás, que el motor vuele, que tu vida hasta llegar a la rotonda -porque ahí si no ponés un cambio fuiste- pase así, a 50 en bajada, ligera, sin tener que frenar por los pozos, por las lomas de burro, por los insoportables badenes de Vargas; sin tener que esperar semáforos, ni acelerar. No hace falta, y no querés pisar el acelerador porque no hace falta. Es así: no hace falta si vamos bien.
Ajam. Así, ¡grande Ford! y el que haya inventado la caja de cambios, el que haya encontrado la forma de crear semejante metáfora y grande Fito que la puso en La Despedida. Así y no hay mejor manera de explicarlo es como me sentí estas últimas semanas y hoy más que otro día. Bah, quizás ayer y antes de ayer me sentí igual pero queda más íntimo decir que así estoy hoy. (terminé de escribir todo el texto, lo estoy releyendo y esto último me parece lo más ridículo que voy escribiendo)
Estuve leyendo algunos blogs, de unas minas que se quejan de la vida, de los micros, del tiempo, de sus padres, de la facu, que aman, se pelean, que dicen que no aman, pero lloran. Y todo lo escriben. Y es al leerlas cuando me doy cuenta que sí, necesito un lacaneano YA, porque esas minitas más locas que una cabra en la 9 de julio, me fascinan, por no decir que me vuelan la cabeza.

Mañana y ya fue. 4 meses de vacaciones se terminan en la hora en que entro a la materia que todavía no aprendo cuál es -ahí en la mochila está el horario, má ;-) -. En verdad se terminan antes porque sé que tengo que levantar de la cama a:

  • mí, 
  • a la espera de 5 horas en una cola y
  • a la intensidad de un recital abuso como al que estoy por ir. 
Por eso no me quejo. Por eso no freno ni toco bocina, ni puteo a la nada, porque en la circunvalación venís solo casi siempre. Pero se terminan las vacaciones y hay que volver. Llegás a la rotonda de la terminal donde nadie sabe un pomo de normas de tránsito y el que viene a 4 cuadras se manada de lleno y el que va por la rotonda frena como si su justo ahora auto-caballo quisiera pastar. Algo así es la vida después de las vacaciones.
La rotonda es lo primero, cuando tenés que decidirte, acostumbrarte a los horarios. Ahí llegás a la Perón y hay semáforos, y motos que te pasan por la derecha, una, otra, y otra, y cuando querés doblar y tenés el guiñe pasan otras dos. No quiero llegar al centro, no quiero imaginarme. Salvo que sea parar en la casa de Mercedes, tomar unos mates, o sea, julio y vacaciones de invierno- y volver al centro; otra rotonda, la de la Vieja Estación; y las avenidas.
Escribo estas cosas que algunos que se creen filósofos llaman reflexiones, yo digo, "pelotudeces con tildes y puntos y coma que no tienen ni siquiera belleza literaria" que son cosas ciertas que se le pasan a uno por la cabeza. ¿Ves? Ni está bien escrita la frase anterior. Digo, escribo estas cosas porque leí el blog de estas minitas y me dio envidia primero, y se lo dije a Guada, "los blogs de estas minas son mucho más copados que el mío" y después pensé que deben ser las más lindas de la clínica psiquiátrica.
Recién veía "diagonizado" y me hace acordar a una propaganda en el que un bebé de 3 años va a la guardería de traje. Algo así soy yo. Y no me enojo, no me enojo ni me río, ni me disgusto ni me da pena. Nah, porque acá, desde la ruta esta, se ven atrás, por el espejo, los cerros, y el sol está a punto de caer; al costado nada, un poco de la ciudad, y voy tranquilo, flotando. Para qué enojarse, para qué siquiera pensar.
Subí, te llevo, tranqui, en punto muerto, hasta el lunes.

                                      A.V           02/04/10

Foto de Florencia Ruiz 



Ah, me olvidaba. Si a alguien le importa, estoy escribiendo de a poco un cuento bastante largo que por ahora me supera. Bah, largo en la cabeza, recién va 2 páginas... Todo esto para decir que voy a volver a no hablar de mí. Es que estas chicas deben ser tan lindas, boló.

viernes, 25 de marzo de 2011

Autobombo II (Audio)

Sigue siendo raro esto de las entrevistas. No quiero extenderme así que voy a lo más importante que es el gran agradecimiento a Omar Vega y Patricia Ortiz que me contactaron desde Radio Voces FM 87.7 para el magazine de los sábados "RadioeXpresión" que puede escucharse de 18 a 20 horas. La entrevista está grabada y saldrá al aire mañana.
En la lista de blogs amigos se encuentra la página del programa. Allí pueden descargarse otros podcasts de programas anteriores, notas editoriales y entrevistas.


P.D.: Muchas gracias a mis amigos y gente que conocí por amigos de amigos (cosas de las redes sociales) que me saludaron por la nota del Data. Ha sido un verano excelente y fue gracias a ustedes, que sé que son los que van a leer esto así que no es hablar al aire. Creo que puedo decir que me he reconciliado con mi origen. A menos de 24 horas de volver a la vida platense, me despido y pongo punto al último posteo riojano, hasta julio, esperemos.

                   A.V  25/03/11

miércoles, 23 de marzo de 2011

Autobombo

Es raro. Reconfortante-nerviosa-preocupante-sensibilizante...mente extraño que te entrevisten por primera vez. En ese orden y con los otros que se puedan hacer mezclando todos los estados de ánimo.


¿Sincericidio? Uno estudia para ser el que pregunta. Uno se afeita, a esta edad en la que importan esas estupideces de la "buena presencia" para que el entrevistado no se asuste o no te mire con mala cara cuando decís que sos un estudiante de periodismo. Pero -acá va el "sinceri"-, el sábado ese cuando me levanté para ir a Rayuela a charlar con Emilce Torres, periodista del DataRioja, me afeité para... salir bien en la foto. Ahí fue el "cidio".


Durante la entrevista me preocupé porque las palabras no me salían con la precisión de una hoja escrita, en la que se recurre a los sinónimos o a una puntuación más expresiva. 
Política, planes de estudio, currícula escolar. ¿Qué digo? ¿Hasta dónde? Ma' sí..."menos García Lorca y más Paoletti": mi abuelo me mata, no por Cacho sino por el español que tanto admira. Política en la UNLaR: yo no vi ningún cartel, ni paredes llenas de afiches de partidos; tampoco recorrí tanto, digamos, pero es notable la limpieza, jeje. Qué criticón. Políticas culturales: de parte del Estado, lamentable; Rayuela, aplaudible.


Y al volver a casa, los "no dije": qué importante es el papel de la Biblioteca, lo loable de la organización de concursos literarios, saludos a mis amigos, a todos los que me conocen, esas cosas que nunca saldrían publicadas pero que uno las dice y le dejan la conciencia tranquila más tarde.


En fin, nunca pensé cómo podría sentirse un entrevistado después de contestar. Ahora no sólo lo pensé sino que lo re-re-recontra pensé.


Muchas gracias a Emilce Torres, Paulina Carreño y Luis Lobos, gente del Data, por esta caricia al ego y paquete de sensaciones que uno no está tan acostumbrado a recibir de arriba.


Después de este pequeño texto cocinado para no mandar de una y como viene el autobombo, incluyo el link de la edición del jueves 23 de marzo de 2011 del semanario digital DataRioja en la que digo algunas tonteras, mis primeras boludeces públicas!!!!!!!



Gracias La Rioja amigable por estas inolvidables vacaciones,
                                                                              Álvaro

jueves, 10 de marzo de 2011

Tumbas

Llegó la muerte un día y arrasó con todo,
todo, todo, todo un vendaval,
y fue un fuerte vendaval.
Algo de vos, llega hasta mí
Tumbas de la gloria - Fito Paez
 


  -Y es en ese momento, Doctor, cuando quiero taparme los ojos, y los oídos, y no me alcanzan las manos para negar que todo se está cayendo.
   Empieza a medianoche, cuando me estoy preparando para ir a dormir. Me escondo bajo las sábanas, en el único lugar que todavía no se ha derrumbado. Las ollas se destapan, parece como si las rasparan con cubiertos y el chirrido despierta al perro, que empieza a llorar y su lomo se irrita, su cabeza, sus orejas comienzan a descarnarse. En la cocina, se mueven las sillas, se colocan solas una al lado de la otra, pero después se reorganizan, y las letras de la heladera se mueven, Doctor, se mueven y forman palabras que no puedo ni reproducir. El televisor se enciende y se escuchan risas, y hace zapping, siempre en inglés.
   La otra noche no puede quedarme en la cama. Esperé a que todo se calmara. El perro ya había muerto. Decidí bajar y esquivé el desastre caminando por el living. Busqué las llaves del auto, Doctor, y ardían. Eran una brasa al rojo vivo. Abrí la puerta y vi que el auto ya estaba listo, había dejado de incendiarse y era sólo plásticos inútiles. Y respiré, hondo, porque habían sido meses sin caminar, y tenía que llegar a algún lado. Quise abrir el portón pero también estaba contaminado.
    Sabía que las calles estaban apestadas. Sabía que había recorrido el mismo camino para ir al centro, lo sabía porque soy rutinario y el auto casi iba solo, siempre, exactamente por ahí.
Hice ese camino de todas formas porque no podía pensar, Doctor, ¿qué alternativa tenía? Primero corrí por la avenida, oscura, triste -no era noticia-, pero silenciosa. Las casas ya se habían derrumbado, una sobre otra, como al paso, a su paso, a nuestro paso, Doctor, a nuestro paso. ¿Semáforos? Disculpe Doctor que me ría de esta forma pero es que puedo escuchar las preguntas que me harían todos. Se lo advierto, ella.
   Pero de a poco me voy acostumbrando. Aquella noche fue la única. Después caminé y vi a medias que todo parecía tranquilo. La quietud es desesperante, y me frustra tanto, Doctor. Pensar que ya son semanas y sigo sintiéndome solo y tratando de negarlo. Es una lucha. Se lo advierto, ella. 
Cuando llegué al centro, las fuentes se habían desagotado, estaban las veredas sucias y rotas, la plaza destruida en diagonal. Me senté a esperar, como aquella vez -después le cuento-, quise escuchar las campanas de la catedral, esperé más de una hora, pero todo siguió en silencio. Caminé por donde creí nunca haber andado pero no pude esquivar la desolación, cuadra por cuadra, insoportable.
   Llegué cansado, pero llegué. La terminal también estaba vacía, pero un colectivo esperaba para arrancar. Vi la cara demacrada del chofer, le pregunté a dónde iba y me dijo subí. Viajamos por horas, en completa quietud.  Se lo advierto, ella. No había nadie. Él era uno más de esos entes que veía cada tanto deambulando por la calle, más perdidos que yo, salvados no sé por qué. Y juro que intenté hablarles,a él y a los otros, si lo sabré yo, pero no se puede.
    Miré la ruta, y me tranquilicé. Las montañas se iban; cada vez estaba más lejos la negrura de las nubes que amenazaban con llover y jamás se atrevieron. A veces pienso, Doctor, qué habrá sido lo que me llevó a estar con ella. Por qué elegimos siempre el mismo camino, las mismas calles. Por qué nuestro encuentro esa noche. Y los días siguientes. Por qué la entrega, por qué la catástrofe. Todo muerto a nuestro paso, sin lugar a dónde ir. No puedo negarlo, lo supe al ver su espalda cuando se despidió.
   Las demás butacas del colectivo estaban limpias, menos una. La ruta estaba bien. Pero íbamos solos. Lo sabía, conocía perfectamente esa soledad. Se lo advierto, ella. De repente, algo empezó a fallar, dimos a un cruce de caminos. Llegamos a esta estación a cargar combustible, según murmuró el chofer. Y me dejó. Y el aire fétido invadió el llano. Pero no fue esa brisa la que abrió esta puerta, ni puso esta silla frente a la suya. Aquí me tiene, Doctor. Se lo advierto, ella. Sólo estamos usted y yo. Quiero suspirar pero me trago el aire porque ya no soporto nada más. Se lo advierto, ella. Y no lo miro así porque quiera saberlo. Se lo advierto, ella. No necesito que diga nada. Ya lo he comprobado, lo sé. Ese día, cuando ella se fue, pasó por aquí.


                                                                               A.V                     10/03/11





No existieron

Ni relojes, ni plazas, ni campanas, 
ni lluvia de repente, ni un parabrisas empañado.
No existieron las noches, ni las montañas, 
ni las nubes negras.
Ni canciones que te hablen. O a mí.
No existieron las letras, ni las historias, ni los idiomas.
No existió resignificación alguna
ni dueños compartidos de nada.
No hubo nos
No hubo papeles, ni tinta.
Ni platos, ni cubiertos, ni siquiera hubo hambre.
No existieron, no existimos.
Nadie soñó -ni aun despierto-.




No fue nada.
Y se fue yendo, a oscuras, 
con la memoria a cuestas.




No hubo verano.
Ni estruendo. 
No existió el mundo.
No se derrumbó esta noche.




                                                                      A.V                 Verano 2011.

domingo, 27 de febrero de 2011

Carta a medio camino

No le tengo miedo a la hoja en blanco. De hecho, se cortó la luz y esta hoja en Word es lo único que me deja ver algo. Te confieso que en verdad le tengo más temor a la hoja escrita sin pensar, como ésta. Una hoja impresa en letras chicas y márgenes angostos para que quepa todo y no parezca tanto.

Me dan terror los párrafos cargados. La frase corta y el punto, para que se lea fácil, de un tirón. Y que no haya que repasar porque me da vergüenza que lo leas otra vez. Que subrayes todo mentalmente con rabia o enojo, o con la simple decepción de ver que con cada palabra se va derrumbando algo, que hace ruido y que se rompe. Que se quiebra desparramando todo en pedacitos como cuando se cae una botella de perfume, uno hediondo, que deja impregnado el olor en cada vértice por mucho tiempo.

Le tengo pánico a mis escritos melosos, empalagosos como un lemon pie con dulce de leche. Me paraliza la sensación que queda después de haber escrito lo más difícil. El corazón, que mientras voy tecleando, hace casi como si se detuviera; ritmo lento, pausado, casi agónico, hasta que aprieto el enter del punto aparte y vuelve a latir desaforado, desesperado. Y corro a la cocina a buscar líquido a la heladera. Me gustaría que hubiera cerveza, pero hay vino y ya no me gusta; hay tequila del otro día pero me dan arcadas de memoria así que saco una botella y tomo. Tomo llenándome la boca de agua. Aunque me cueste tragar sigo bebiendo, de a sorbos imposibles porque tengo miedo, porque estoy cagado hasta las patas, así, hasta las patas.

Vuelvo a la computadora y cuando voy llegando siento el olor repugnante del que te hablaba y estoy seguro de que va a durar días. Es un asco, como a quemado y a otra cosa. Pero yo no me voy a quedar acá soportándolo, no. No puedo. Esto no es lo que yo planeaba, te lo puedo jurar.

Y no sé si rezar, si tirarme al suelo y rezar, o seguir escribiéndote porque los dedos me tiemblan y no sé si rezar o salir al balcón y fumarme un porro; pero no sé, porque me lo tragaría de la desesperación. Podría ir a bañarme y dejar que corra el agua, y de paso pensar cómo decirte esto que me está deshaciendo el estómago. Me duele la panza, y la garganta se me desgarra y eso que no lloré porque nunca pude llorar. Tengo los ojos secos pero que ya se me salen, los párpados resquebrajándose. No sé cómo chota estoy así, qué pasó en el medio, entre nosotros. Decime vos qué nos pasó.

Justo ahora el teléfono suena y no veo un carajo. No sé quién mierda puede llamar a esta hora si es tan tarde. ¡Quién! si no tengo a nadie. Si sólo vos pasás a verme y me traés comida porque todos dicen que no estoy bien. Y estoy seguro que vos sabés que no estoy bien, pero te gusta, te gusta el morbo hija de puta. Y a veces veo que cuando te hablo te reís, que no te podés contener. Seguro te vas y empezás a hablar de mí, burlándote, en lo de tus amigas y todas juntas se cagan de risa.

Pero no creo, porque al toque te llamo, extrañándote y estás en tu casa, tranquila, por bañarte y dormir, porque tenés que estudiar. Pero el teléfono sigue sonando y tengo ganas de arrancarlo de una vez, pegarle una patada y que se caiga y que se haga pelota, que no suene más, que no hinche las bolas NUNCA más. Pero me da miedo porque seguro alguien sabe. Seguro alguien nos vio y estamos hasta las manos, bah, yo. Por eso llaman.

No sé. NO sé. Te digo que te amo. Te amo mucho sí, y te necesito, así que de verdad, de verdad espero que me perdones. Y que te salves porque yo nunca quise hacerte daño. Es que me enojé porque te querías ir, entendeme. Pero yo te quiero y no quiero que te vayas. Y ahora, vos, sólo vos podrías calmarme. Me dirías qué hacer ahora, porque sos una chica buena, una mina tranquila que se toma todo con paciencia, siempre tan racional, tan ubicada. Pero no podés. Y otra vez la taquicardia. Y me explota la garganta.

Voy y vuelvo, te miro. Escribo porque a vos te gustan mis poemas, me lo dijiste. Pero no puedo verte así. No sé qué hacer. No sé si escribirte PERDÓN mil veces. Copiar y pegar. O mejor escribirlo todo yo para que veas que de verdad quiero que me disculpes porque no quise pegarte. No pensé que iba a ser tan duro el jarrón de mierda, el de los fasos. Pero seguro me vas a entender, que no quise tirártelo porque nunca querría herirte. Y ahora sangrás y te voy curando con algodón, pero no tengo alcohol así que busco el tequila ese. Pero no puedo. Estás muy mal. Y te pido perdón. Es que no quería que te fueras. Y cuando te vi ahí con sangre en la cabeza y seguías gritando que te deje que te deje pero yo no te quiero dejar y estaba justo eso mojado ahí por las goteras del techo y afuera llovía y no te iba a dejar, que te fueras caminando, sola, sola bajo la lluvia. Y justo el enchufe.

Y no sé qué hacer, si sentarme al lado tuyo y esperar a que me pase lo mismo, morirme por una puta chispa, porque no te escucho nada el corazón y estás quemada. Y me quiero morir pero no sé si rezar porque tal vez haya sido el destino. Pero no puedo respirar porque se prendió fuego algo, la cortina creo, y no quiero volver, quiero guardar esto para que lo imprimas después, porque yo no quiero que te mueras. Quiero que lo leas y que lo entiendas, que me perdones, y que me extrañes. Quiero que me extrañes mucho. 


Gracias por subir. Subir hasta cuando se rompía el ascensor, o como ahora que no hay luz, y subías por las escaleras los ocho pisos, con una hamburguesa del Mc Donalds de la vuelta, y llegabas agitada porque querías que comiera caliente.

Ahora pongo Guardar, y rezo, esto se quema y el humo llega hasta acá. Y hay fuego. Mejor tirarme. Haceme un favor enorme, por favor. Extrañame. Perdoname, en serio, perdoname. Te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te a

    

             


                                                                                 
                 A.V           27/02/11



viernes, 25 de febrero de 2011

Gente que admiro, que enseña, que comparte, AMIGOS.



 



Gente, los quiero mucho.

Álvaro. Febrero 2011





martes, 22 de febrero de 2011

Cuento del concurso Febrero Chayero

*

A mis amigos

Hice que te mandaran el mail porque no contestabas el teléfono-me dijo mi hermano, por Skype, media hora después de que me llegara un enlace para ver el velorio de mi viejo por internet.
Era cierto. Estaba en la cama y hacía frío. Vi que llamaban desde Argentina, y no quise contestar. Puse el celular en silencio y sin vibrador, como cada vez que sonaba, desde hacía dos años, cuando me fui enojado con La Rioja entera. Dejé que llamaran. Al rato, esperando algún e-mail de Franca, me encontré con las condolencias de una casa funeraria y la formal invitación a observar “desde un punto estratégico” el féretro de mi padre, las sillas a su alrededor, y la gente que llegaba. Además, podía hablar con cualquiera que se pusiera los auriculares y se sentara frente a la notebook, ubicada al fondo de la sala.
Había sido una semana caótica. Tenía que entregar unos planos y modificar unas aberturas para un cliente. Tenía que lograr que mi novia volviera a casa. Tenía que acordarme de revivir sus flores resecas del balcón. Tenía que arreglar la madera del pasillo porque ya me había comprometido con los vecinos.
Franca me dejó un jueves a la tarde. Habrán sido las siete, siete y media. Yo estaba viendo la repetición de un partido de tenis. Ella gritaba y llenaba ceniceros. Entre reclamos y planteos vació tres y medio en el tacho de basura. El partido fue a cinco sets. Cuando cerró la puerta, por última vez, todavía quedaban colillas sin tirar. Actualicé la bandeja de entrada porque esperaba encontrar algún e-mail, en un italiano culposo y apasionado, como los que siempre escribía ella. Pero no.
En cambio, recibí un mensaje con el membrete frío, lánguido y azul de la casa velatoria. Las letras eran negras y pequeñas, el mensaje sintético, más parecido al de un catálogo que a una invitación. Y sin embargo lo era: acababan de invitarme al servicio de mi papá.
Al principio me pareció una propaganda, de las que llegan todos los días. Pero debajo del encabezado decía: “Esposa e hijos de Pelagio Jacinto Dávila invitan…”. Dos líneas más abajo, dentro de un recuadro gris, estaba la dirección web desde donde se podía ver casi en tiempo real -la página indicaba un retraso de veinte segundos- todo el velorio.
Tragué saliva. Todas las charlas que nunca tuvimos fueron raspando con violencia mi garganta mientras buscaba la camisa negra que Franca me había planchado unos días antes de irse. En calzoncillos y camisa hice click.
Se abrió una página. En letras rojas se advertía: “Las imágenes pueden resultar fuertes o perturbadoras”. Abajo, una ridícula flor azul, y a su lado, en verde, un botón con epitáfica tipografía: Conectarse.
Ahí estaban. Mi mamá, sentada al lado de mi hermana y mi tía. Mi hermano Julio, parado delante del cajón. Se veía todo bastante bien, en pantalla completa.
Había otra gente. Los tíos que aparecían en casamientos, bautismos y navidades, para comer y emborracharse, ese día tomaban café, sentados en hilera como hormigas. Algunos primos también pasaban, como quien pasa a saludar a los otros primos. Reconocí a algunos amigos de mi viejo. Faltaban varios. ¡La pucha, nadie se muere en la chaya! se lo escuchaba gritar al sordo Páez. Y estaba yo, abajo a la derecha del monitor, en un recuadro pequeño, oscuro porque aquí ya se había puesto el sol y la luz de la lámpara no me iluminaba la cara.
Lo que dijo el sordo Páez era verdad. Era febrero; la chaya se festejaba afuera; y las demás salas estaban vacías: nadie se muere en carnaval. Vi a mi hermano acercarse y colocarse los auriculares. Me saludó.
   Papá murió casi acostado, en el sillón, con un almohadón que no dejaba que su cuello descansara del todo cómodo. Mamá se había ido a acostar; cuando se levantó, escuchó que Canal 9 ya había dejado de transmitir el festival y que papá no roncaba.
Julio sí había compartido tardes de carnaval, habían ido juntos al Rancho de Mario, él había cortado la albahaca de la huertita del fondo de casa. Él se había quedado. Y ahí estaba, se seguía quedando, con mi viejo al frente.
Detrás de las palabras de mi hermano sólo se oían charlas en susurros, pero no había sollozos ni espectáculos. La mami llamó a la llorona pero está en lo del Negro Matta, dijo Julio, intentando hacernos reír a los dos. Casi lo logra.
De repente se escuchó que la puerta se abría. La habían cerrado por el aire acondicionado. Acá hierve, ni una gota cayó, imaginé que dirían. Los pequeños parlantes de mi computadora comenzaron a saturarse. Golpes roncos de caja viajaban por los aires sobre el Atlántico. ¿Te acordás que lo dijo? logré captar leyendo sus labios.
Con bastante esfuerzo pude escuchar lo que estaba ocurriendo. Bajaba y subía el volumen, y con interferencias oí lo que cantaban:

El día que yo me muera
Que sea pal carnaval
Que me entierren boca abajo
Pa beberlo al arenal.”[1]

Eran los Molina, los González, los Mercado, los Díaz, niños y grandes, hombres y mujeres. Ni siquiera el “Burro” Solano, asiduo visitante de los velorios, evitaba hacer de cantor.
Mi mamá se levantó. Julio me había dicho que no había querido hablar con nadie, ni siquiera con él. Así que seguramente no sabría que yo estaba -online- ahí. Miró a la gente que llegaba y se apartó.
Rodearon el cajón. Mi hermana cantaba. Mis primos cantaban. Mi mamá se había quedado parada, en la esquina, a mi lado supongo, porque no la veía. Tiraban harina, poquita, poquita para no ensuciar mucho decía la Negra Díaz. Cantaban vidalas. Con la albahaca en la oreja y el adiós en la voz. Mamá dio un paso al frente, y pude verla de perfil. Recuerdo que alguna vez habían discutido porque a ella no le gustaba que papá tomara tanto vino y volviera tan tarde. Vos sos puntana, chinita, le ganaba siempre la batalla mi viejo. Pero hoy entendió. Y sus lágrimas caían silenciosas sobre sus labios sonrientes.
Habrán pasado unos minutos, unas horas quizás. Llegaba cada vez más gente. Con cuidado me levanté de la silla, y me puse un pantalón. Me preparé un café. Volví.
Los ojos pardos de mi mamá estaban esperándome en la pantalla. Hola hijo. Despidasé de su papá. Me levantó, me rodeó con sus manos. Me abrazó. Y me deshice en niño, fui Abelcito. Fui el chico de los dibujos del Mikilo; el nene de las bombitas y el balde, subido al techo; el arquero estrella del 6° A. Fui el que le dio el primer beso a la Valeria Mercado.
Mi mamá me llevó al lado del cajón, con esa autoridad de madre que nunca puso en duda y desde ahí fui el gordito de la Querandíes, el changuito de Don Pelagio, que iba a decir chau pá; y llorar. Y entender.
Este lugar helado no era el mío, ni esta silla, ni este cocoliche de instituto. Tampoco estos vecinos egoístas. Me sorprendí escuchando a mi eco diciendo que iba a volver. Sin picazón en la garganta. Sí má. Dejame que arregle unas cosas acá. Ella miraba sin asombro, ya sé, te estamos esperando.
Salí al balcón a fumarme el pucho de los velorios. Ya estaba aclarando. Miré el piso, y luego mis manos. Esas que lo habían abrazado cuando a la siesta íbamos en la Zanellita roja a comprar el vino, y alguna cosa dulce para la mami que se quedaba en casa, haciéndose la enojada. Miré las macetas. Las flores estaban húmedas, como despertando. No había llovido, no era aguanieve. Yo sabía qué era. Y sonreí, como mi vieja.

                                                                                               Álvaro Vildoza     Enero 2011


[1] Duende fiestero-Takirari. Letra: Pancho Cabral.  Música: Jorge Peña y Julio Gallego


* 1er Premio del Primer Concurso de Cuentos del Febrero Chayero, La Rioja.


miércoles, 9 de febrero de 2011

Runa Blanca

A dos Robledo
y a esa noche en el patio 

Cada tanto extraño a Paula. No lo hago cuando llueve, ni cuando parte el sol, o cuando saco abrigo del placard. Tampoco ya, cuando leo el horóscopo o veo en la tele la columna de algún astrólogo. La extraño cuando veo algún par de chicos, sentados con la mirada perdida y riendo de repente, o escucho que inventan cuentos sobre la gente que pasa frente suyo.
Éramos chicos. Y sé que eso no sirve de excusa. Ella era atea y sé que eso tampoco. Teníamos trece ella y catorce yo. En esa época yo no sabía qué carajos era, si ateo, agnóstico, creyente decepcionado, o católico perezoso. Ella no creía en nada que tuviera que ver con los astros. También sabía que Dios era un ser con minúscula, como puede ser un perro o la escoba con que lo barre de la vereda la vecina de enfrente. Decía que era una creación del hombre para creer en algo cuando está desesperado, para pedir cuando de verdad (o no) se lo necesita, para tener con quién charlar en la desolación, para llorarlo, para culparlo, para pedirle perdón. Un amigo invisible como los que tienen los boluditos de la tele, en fin. Era así, cruel, con sus palabras, con sus explicaciones y comparaciones. Siempre sentí que ella me llevaba dos o tres años porque no podía hablar así del mundo.
Éramos vecinos y compañeros de colegio así que pasábamos juntos mucho tiempo. Una tarde decidimos ir a la feria de artesanos, instalada en el parque Sarmiento ya hacía tres días, pero que no nos había llamado la atención hasta ese momento.
-Quiero ir a ver si hay algo interesante en ésta- me dijo a la siesta. Así que tomamos la 2 y nos bajamos en el centro, caminamos un rato y llegamos al parque.
Pasamos casi sin ver a los pulidores de piedras, a los vendedores de aceitunas sin carozo, a los carpinteros y a los vendedores de cintos. A los fabricantes de sahumerios y a los talladores de duendes. Ahí, me dijo Paula, señalando un stand casi pelado, sin mantel y con un foco miserable que iluminaba sus artesanías, ubicado entre la vendedora de tortas y pastafrolas y el librero de no sé qué editorial enciclopédica. Sentada, detrás del tablón, había una mujer, ya grande, de unos 65 años quizás, con pelo sucio y canoso, como enrulado pero sin serlo. Tenía puesto uno de esos vestidos de hippie que ni aun hoy sé cómo se llaman, como una túnica o algo así.
La mujer miraba para abajo. Estaba leyendo. Concentrada, supuse yo, para ver mejor las letras con tan tenue luz.
-¿Cuánto cuestan las runas?- preguntó Paula, casi gritando. Nunca había sido yo un chico muy curioso de esas cosas, así que cuando mi amiga señaló las piedritas, no sabía de qué estaba hablando.
La mujer no pareció sobresaltarse por el grito sino que levantó primero las cejas, luego la vista y por último la cabeza. Sin sonreír ni hacer ningún tipo de mueca, dijo veinte pesos. Con la guía para interpretarlas. Sacó de debajo de la mesa un librito verde, rústicamente encuadernado, con dibujos y hojas fotocopiadas. Tirás las runas y… sí sí, ya sé, dijo Paula. Y le dio los veinte pesos. Gracias.
Los siguientes días fueron exclusivamente dedicados al estudio exhaustivo de las runas y sus significados. Primero Paula leyó el librito, esa misma noche. Me mostró que había pasado todo el día dibujando los símbolos en un cuaderno, y se había memorizado todos los significados. Preguntame alguno, dale. Terminamos sabiéndolos todos, y no sólo eso, sino que además inventábamos historias de vida en las que los personajes tenían pasados, presentes y futuros que se correspondían con la tirada de tres.
Una semana después de que Paula hubiera comprado las runas, me dijo cuando tomábamos mate:
-¿Sabés por qué compré eso? Porque me parece fascinante. Es como la Iglesia, los santos y toda esa cagada, pero más viejo, de otro lado, de la época de los vikingos. La gente cree de verdad en esto. Todos dicen que no, se ríen. Hasta se ríen en el momento en que les tiran las runas. Pero yo sé, estoy segura, de que cuando se van a dormir piensan en lo que les dijeron. Deben quedarse horas pensando ¿no? Se creen todo. Que que tengan paciencia (¿quién no debería?), porque deben separarse del sufrimiento pasado (un ex novio, una fantasía recurrente, un enamoramiento no resuelto), para aprovechar la nueva vida lejos de su origen (se van a vivir a otro barrio, a otra ciudad, a otro país). Digamos,  ¿quién puede no sentirse identificado con alguna de esas cosas? El resto queda para lo místico, ponele. La interpretación debe –lo subrayó- estar escrita de forma general, ¿me entendés? Pero ojo, también tiene que tener algún elemento que haga sentir a los creyentes que las runas les hablan a ellos, directamente a ellos. No es complicado, ya vas a ver.
Terminó de hablar y tuvimos uno de nuestros tantos silencios largos. Yo cebaba, pero no hablábamos, la ronda A-B seguía, pero en mute.
-Tengo una idea- dijo finalmente, cuando yo volvía de poner agua en el termo-. Vamos a vender runas. Pero no vamos a copiar el cuadernito de mierda este. Vamos a escribir uno nosotros. Yo voy a hacer las runas con masilla para artesanos, bien hippies. Las vamos a teñir de distintos colores, todo. A los símbolos los hacemos con un palillo y los remarcamos. Le vamos a hacer cajita y todas las boludeces para que queden presentables. Y se la vamos a vender a todo el mundo, tu abuela seguro nos compra, nuestros tíos, los chicos de la escuela. Hoy pensalo, ¿dale? Acordate cómo tiene que ser el verso, bien metafórico pero lo suficientemente detallista como para que se lo crean. Además no tiene que parecer inventado, sino no tiene gracia.
Paula no reía mientras hablaba, pero se notaba, desde lejos, que sus ojos sí. Se llenaban de brillo cuando se emocionaba y abría más la boca para hablar. Cuando se levantó de la vereda y caminó para su casa, escuché la carcajada.
****
Escribimos mucho. Varios tipos de interpretaciones. A veces discutíamos porque a uno le parecía demasiado obvio algún significado, o tan falso que perdía realismo. Tampoco teníamos que pasarnos en sobriedad porque el librito que nos había vendido la vieja no era para nada discreto. Buscamos por tres semanas el equilibrio. Precisión, entre metáfora astropoética y vil mentira. Nos gustaba poner significados drásticos como acepte la necesidad imperiosa de decidirse definitivamente por la alternativa que usted creía más desacertada. Otra que nos gustaba, por su aplicabilidad a mucha gente era no desestime un verdadero sentimiento por otro nuevo si no está completamente seguro de la autenticidad de éste. Éste, éste, escuchá: No tema subir al tren de la espiritualidad debido a comodidades paganas. ¿Ves? Ahí está la mística. Aproveche las nuevas oportunidades laborales; rechace permanecer en pareja en tiempos de crisis. No, Pau. Esa es demasiado decisiva. Nah, boludón, no pasa nada. Sepárese de las amistades que le hacen daño. Ahí les hacemos un favor ¿no?
Más que interpretaciones, nuestros escritos se hicieron recomendaciones, y cuanta más práctica adquiríamos más imperativos eran nuestros consejos. Los de las runas, bah. Queríamos ser precisos, no muy verseros porque así no daba. Éramos demasiado sintéticos. El librito de la vieja tenía dos párrafos por lo menos en cada interpretación. Obviamente, decían casi todas lo mismo, con diferentes palabras: paciencia; imperturbabilidad; entereza; integridad. Había ejemplos con actitudes del sujeto así que también inventamos eso. Fotocopiamos, cortamos, encuadernamos. Nuestro flamante libro con letra papyrus tenía la soberbia cantidad de 28 páginas con ilustraciones. Sólo 6 menos que la edición de la vieja hippie.
A las runas las hizo Pau. Nos tomamos la licencia de incluir dos símbolos más, parecido uno al del logo de Infinito, porque nos pareció que podía ir bien y queríamos agregar ese significado. A mí se me había pasado el miedo y Pau estaba cada vez más entusiasmada. Pasaba todo el día pensando en las runas y en la presentación. Había sido minuciosamente detallista con la masilla. La caja era marrón viejo y tenía algunos signos pintados encima con témpera negra y unos efectos de quemado. En total, armamos 17 paquetes, como para empezar.
La primera venta, como supusimos, fue a mi abuela. Invité a Paula a comer ese domingo a su casa y mientras la abuela preparaba los ñoquis, nos sentamos en la cocina para charlarla. Le contamos que era nuestro primer negocio. Nuestro discurso era: lo único que habíamos hecho era fabricar las runas artesanalmente y fotocopiar y encuadernar otra vez el libro de la señora de la feria. Al librito lo habíamos firmado como Jörgen Persson, nombre sueco para que parezca verdaderamente nórdico, pero eso, obviamente, era tan secreto como falso. Paula entraba a escena con su explicación histórica/cultural/sociológica del asunto y yo decía sí, claro, exacto y ponía cara de cansancio por haber trabajado tanto. 25$ para los amigos de nuestros viejos. 23$ para la familia.  Vendimos casi todos los paquetes. A Yani, una chica del colegio muy tímida le dijimos que las runas le podían ayudar mucho a planificar su futuro, así que nos compró convirtiéndose en la primera y única clienta de nuestra edad. Éramos todo unos empresarios.
***
No pasó mucho tiempo desde el comienzo de nuestro negocio hasta que empezaron a pasar cosas raras.
El tío Carlos se suicidó cuatro días después de que le vendimos las runas. Se colgó de una viga con un cinto, en el patio de su casa. Fue muy doloroso para la familia, pero más que nada fue escandaloso. Mi mamá se enteró en el velorio que la tía Mary le metía los cuernos al tío Carlos y que había empezado a  pasar noches en lo de su amante. Mi tío era un tipo simple, callado, tranquilo. Tenía 42. Esa noche discutieron muy fuerte. Se tiraron cosas, murmuraban los vecinos a los gritos. La tía Mary se fue, no durmió ahí y recién volvió a ver al tío cuando estaba en el cajón y se lo estaban llevando al cementerio.
Se lo veía mal cuando se las vendimos –me susurró Pau esa tarde en la sala velatoria-. Nos aprovechamos de él. Nos aprovechamos.
Minutos antes, cuando llegamos, había ido corriendo al baño. Volvió con los ojos rojos, se sentó a mi lado y no levantó la vista hasta que nos fuimos.
Pero eso no fue todo. Varios de nuestros compradores empezaron a irse con amantes, o se separaban de sus familias. Otros, empobrecieron de repente y huyeron de sus casas.
Casos de engañosa suerte también hubo, por ejemplo, el tío José. El tío José no era tío de ninguno de nosotros. Vivía en la otra cuadra, pero siempre nos dejaban ahí cuando éramos chicos. Había enviudado hacía no más de dos años y se había venido abajo. Había perdido el trabajo por el alcohol. Era un buen tipo, todo el mundo lo sabía, y se merecía otra oportunidad. Una mañana recibió un llamado. Era de una de las empresas en las que había dejado su currículum. Tenía que mudarse a Río Gallegos, buen sueldo y casa. Dudó mucho por sus amigos, que tanto lo habían ayudado y porque era impresionantemente lejos, pero se decidió por el sí. Durante el viaje, el micro atravesó una tormenta en Chubut. Hubo granizo y ventanillas rotas. Él iba del lado de la de emergencia. La piedra no fue tan grande pero la velocidad del impacto hizo que el golpe en la cabeza lo hiriera de gravedad. Murió dos días después, en Pico Truncado.
El Mario, vecino del abuelo de Paula, se hizo jugador. Vivía en el casino. Se bañaba cada tanto ahí. Era juez jubilado así que cobraba bien. Él nos compró las runas apenas Don Marcos le contó de nuestro negocio. Las pidió con urgencia, así que se ve que ya le había picado el bicho del juego. A Paula la llamó su abuelo y fuimos ahí nomás. 27 pesos porque tenía plata.
Parecía internado en la ruleta. Por esa época, en La Rioja todavía había sólo dos casinos alrededor de la Plaza. Supimos que de a poco fue dejando de volver a su casa. Pasaba días enteros jugando. Vendió sus autos, un terreno en la Quebrada y los dos departamentos en Córdoba. Así vivió, de un casino al otro, por tres meses, hasta que un día, de la nada, desapareció. No estaba más. La casa quedó cerrada, pero con la luz prendida. Nunca nadie supo más de él.
Hoy hace calor y va a llover. Recién vuelvo del centro. Caminé justo en el horario de salida de los colegios. Y extrañé a Paula. Esta vez no porque haya visto a un par de amigos, sino porque me topé de frente con una chiquita muy parecida a la Yani. Estaba escondida detrás de un árbol en la plaza. Tenía la frente fruncida y los ojos húmedos, a punto de llorar de rabia. Miraba a unos chicos que charlaban, esperando el colectivo. Era resentimiento. Como la Yani.
Nuestro negocio terminó en los noticieros de todo el país. Pero nunca nadie supo que se debió a nuestras runas. De hecho, nosotros tampoco lo comprobamos nunca con total seguridad. Pero yo terminé intuyéndolo.
Fue una mañana antes del integrador de Biología. Habíamos tenido que hacer un trabajo práctico del sistema linfático en grupo como primera parte del examen. Como siempre, Yani quedó sola. El trabajo había sido muy complicado porque había que relacionar todos los sistemas con el linfático y entre sí.
Así relató los hechos Jorge Sdrech en su columna del Noticiero 13: alumna de 14 años, hija de un policía a punto de retirarse, entra al colegio con el arma reglamentaria de su padre, espera a la hora del examen y abre fuego contra sus compañeros y profesora; resultado: tres alumnos y la docente muertos, cuatro heridos graves, diez ilesos. Como por gracia del destino, varios compañeros se habían “enfermado” ese día y se enteraron de la tragedia por televisión. Fue la primera de una seguidilla de masacres en escuelas. En ésta, la tiradora se suicidó.
Paula nunca creyó en Dios. Pero yo sí, esos cuatro días del hospital, sí. Pero no fue suficiente. A mí, una bala me rozó el hombro. No fue nada. A ella, en cambio, que se sentaba adelante mío, la bala la impactó en el cuello. Estuvo internada tres noches. Recé como nunca en mi vida. En la silla de la sala de espera, en la capillita del barrio, en mi cama.
El 17 de junio a la mañana, antes de ir a visitarla, desesperado y con el corazón golpeándome los dientes, tiré las runas para las preguntas sí o no. Cuando quise saber si Paula viviría me tocó la runa blanca. Me fijé en el librito de la vieja y en el nuestro. No habíamos modificado el significado. Paciencia. En algunos casos puede significar la muerte.
No hubo metáforas. A veces, cuando escucho sobre travesuras adolescentes o negocios raros, y cada maldita vez que se instala la feria en la Plaza Sarmiento, también… extraño a Paula.

                                                                                                A.V         08/02/11


(gracias por leer hasta acá)


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