jueves, 29 de septiembre de 2011

Empecé portugués (y terapia)





  Si alguien me preguntara, ¿qué hacés el viernes a la tarde? yo, cual Seinfeld (looser que se hace el canchero), le contestaría: 
  -Tipo 7 no puedo. Tengo, tengo algo importante. Tengo que verme con alguien-. Y levantaría una ceja. A las 7 en punto toco el timbre. A las 7.04 me siento en una silla, me arremango si tengo un buzo o un poulover, y contesto a un "qué tal la semana".


  Para aquellos que siguen escuchando después de que digo que voy a la psicóloga, y me preguntan qué hago ahí (no porque no sea evidente sino por pura curiosidad y para preguntarse ellos mismos qué les diría un lacaneano), he aquí la siguiente anécdota:
  En una de las sesiones, la psicóloga me dijo: "te va a costar mucho renunciar a la autoexigencia porque te da placer". La pu. En aquel momento, cuando lo dijo, me limité a asentir. Todo lo que dice esa mujer está bien, a veces le pega demasiado, te pregunta cosas incómodas, qué se yo. Que te hable de un Superyó goloso, un narcisismo andante y que después te mire fijamente y te diga: ... (ahí va la parte "todo bem, todo legal, PERO"). 
   Sí, empecé terapia y me fascina. Supongo yo, cualquier psicoanalista -ponele Andrea-,  diría que la "transferencia" va 10 puntos. Es más, cómo será, que elegí, entre todas las optativas, cursar 4 meses de psicología social.


  Ponele también que ese día, después de la terrible charlita, haya vuelto caminando. Lo importante fue la promesa posterior: "juro que voy a hacer todo todo todo todo todo para renunciar PERFECTAMENTE".
   Es por eso que empecé este posteo hablando de cualquier cosa menos de lo que indica el título, pero como bien dijo -o lo dijo una vez, o lo robó de otro, bah, tampoco es La idea- Pancho Ibañez, todo se relaciona con todo. La neurosis del orden y de que todo tenga su explicación obliga a usar esa frase como gran excusa para seguir diciendo boludeces y que más o menos se arme un texto -al que llamaré prostitución literaria, bloggería desesperada, o para ser brutalmente honesto: déficit visititario mensual-


  El tema es que hay gente que, como mi amiga Flor, ve el enamoramiento del que habla Freud, o que poco poéticamente uno podría denominar como: sentimiento que atraviesa ojos, garganta, panza, bolsillo cuando ve algo que disminuye su Yo para pasarle cualidades extra terrenales a algo/alguien. Ella, por ejemplo, se enamoró de sus sandalias. Ese par de..¿sinónimo de sandalias? con cordones y así, asá, así y asá, que buscó por toda La Plata, por todo mercadolibre, que encontró en una zapatería española a 60 euros, son el amor de su vida. Son su Yo ideal, o ideal de Yo -no da buscar la fotocopia-, lo más perfecto que existió en este mundo y por lo que dedicó horas y horas, gastó suela en recorrer vidrieras intentando concretar el acto (de comprarlas).


  Y aquello se relaciona con decir: será posible!? El loco tiene razón. Uno lee la fuckin' fotocopia pensando: ajam, claro, sí..es VERDAD, la puta madre, o sea que.... Años así. Años tratando de que la media sandía lo encuentre a uno que apenas se sentía la mitad de una... aceituna. Años sin entender que al final uno busca su complemento idealizado: andá a casarte con el espejo agrandador, entonces.
  De todas formas, también como diría mi amigo Jorge, el retrato de una obsesión podría simplificarse en la maldita costumbre. La respuesta es fácil: they don't like men. 
  
  Temor a ser amado. Qué problemón. Pero no, no es el mío. Con ese diagnóstico psicoanalítico quizás ganaría un punto más. Pero no. El tema es distinto, menos mal que gracias a mi superyó goloso no lo voy a escribir.


  El gran Tom Jobim -que por estos días me parto escuchando-, tuvo un amigo, Don Vinicius, que lo dijo claro: Tisteza não tem fim, felicidade sim. 



  Lo habrá escrito por el carnaval él. Y si los boludos de los periodistas deportivos la ponen como titular cada vez que Brasil pierde en algo, yo puedo usarla para decir que tristeza não tem fim, pero que  à felicidade se encuentra cursando portugués. La clase es genial. La cruz de las personas es genial. La profesora es lo más. Las S son lo más, las "nh", los "ch", la R francesa que sale hasta donde no debe. Hasta la Mercury termina siendo aceptable. 


  Cursar portugués -y tener las cuestiones que uno le cuenta a la psicóloga- lo hace subir a uno las escaleras de la facu cantando "Fotografia", comprar un sánguche tarareando "Amanhecer", hartar a tus compañeros con el: Meeeeu coraçao não sei por que, deserotizar todo sentido de la frase "batir papo" porque la profesora lo dice 40 veces en la clase, imitar a cada uno de los pastores de la tele  tratando de meterle la nacionalidad brasilera en cada Jesucristo que dice, leer las O como U y tener horas y horas pirateadas de Caetano Veloso y Maria Rita en la compu.


  Si en algo se articulan (fuá, palabra) portugués y psicología es gracias a Mafalda. No encontré Mafalda tan linda, tan -volviendo a los primeros párrafos- sandía, y con una amiga TAN parecida a Felipe. 


 Mafalda tiene facebook. 
Mafalda é linda, é uma garota muito bonita. 
Eu lembro àquela menina na praia cuando pienso en Mafalda. 
Mafalda me tiene apaixonado. 



   Mafalda y yo no tenemos amigos en común. No da agregar a Mafalda. Mafalda seguro sale de cursar con ojeadura. Mafalda no va a leer esto.

Qué se le va a hacer: tristeza não tem fim, psicología e português, sim.


                                                        A.V 29/09/11

Aquí para escuchar Amanhecer, de Wager Barbosa e interpretada por Confluencia.




Y aquí, el clásico Carinhoso, también por Confluencia


Nota:  Si alguien leyó hasta acá, no sé cuál, si mi Superyó o mi Yo, les pedimos disculpas o les agradecemos. Saludinhos.

sábado, 17 de septiembre de 2011

¿Qué hacer si uno se encuentra un celular?


   Sí, lo veo, ahí, abajo de ese banco. Muy cerca de los caños para hacer gimnasia. Pero yo llegué después; cuando me senté acá, no había nadie. También es rara la hora. Salvo algunos enfermos mentales, no toda la ciudad sale a correr por el centro a las cinco y media de la mañana, un miércoles.

   Claro que podría fijarme de quién es. Agarrarlo con cuidado, prenderlo, fijarme en la lista de contactos, si hay algún "mamá" o "amor" para llamar y avisar. Mejor un "mamá" porque mirá si encima de perder el teléfono se le arma algún quilombo.

   Además, menos mal que soy yo. Porque acá y por estos días, cualquier otro podría haberlo encontrado, buscar los mismos contactos y fingir un secuestro, mucho más si se lo dejó hace poco. Indagás un rato, mirás las fotos y videos que tiene adentro y alguna idea te hacés. Eso voy  a hacer, quizás conozca al dueño, quién te dice...pueblo chico.

    Desde acá se lo ve grande, no sé si táctil, pero por lo menos un Blackberry debe ser. Tiene cámara también, me parece, chiquita. Sólo se ve la parte de atrás del aparato, negro, y algo que le brilla pero todavía está oscuro y mucho más a la sombra del banco de plaza.

    Podría ser de algún famoso. Ahora, ¿quién podría venir a esta ciudad un miércoles a la madrugada? Bah, digo, ¿qué famoso super estrella con videos subidos de tono y altamente vendibles a la televisión podría venir? Ninguno, creo. Igual habría que ver, quizás es músico y tiene algunos demos grabados ahí. Podría tener yo, gracias a mi suerte de corredor nocturno, la exclusiva chance de escuchar, antes que el resto del público, los futuros nuevos éxitos de alguien muy creativo, un Santaolalla, que ahora es tan conocido.

    La otra, es que sea de un escritor. Con archivos en Word de su nueva novela. El futuro premio Clarín, en mis manos por un rato. Estaría bueno, hace bastante que no leo nada, con esto del laburo nuevo, siempre ocupado, siempre en casa. La puta, debería haber comido esa banana anoche.

   Sino también, un periodista político. Los periodistas siempre usan...¿cómo les llaman ellos? BB. Ja. Recién recibidos y sin un peso que se hacen los cool. O empleaditos eternos que se hacen los Pro y tienen blackberry. Yo siempre fui empleadito, y lo seguiré siendo, pero no tengo BB. Hasta ahora. Podría ir hasta ahí, recogerlo. Y ver.

    También podría no tocarlo, quizás eso sería lo mejor. No fijarme nada y esperar a que suene. En algún momento alguien va a llamar y ahí le digo, mirá, encontré este teléfono en la plaza, debajo de un banquito, yo no tengo problema en devolvérselo al dueño, decimos un lugar, nos juntamos y listo, no hay drama. O viene por casa. No. Error. Nunca hacer ir a alguien a tu casa. En este aquí y ahora, jamás. Es casi un suicidio. Ya me veo por la tele, todo descuajaringado, diciendo que yo sólo quería devolver un celular. O en el diario. Otro caso de inseguridad.

     Pero... yo siempre quise cambiar este teléfono que tengo. Si no llaman en veinticuatro horas es porque no les interesa el aparato. Seguro tiene muchísima plata el dueño. Tanta, que no le importa perder un teléfono. Uno más, uno menos, debe pensar. Y a mí no me sobra la plata para cambiar el mío. Yo sí llamaría si lo perdiera, aunque sea viejo y con teclas, como los de antes. Porque uno se termina encariñando con todo lo que lleva en el bolsillo. Por eso me compré este jogguin con cierre, para que no se me cayera nada, así no tuviera que andar buscando y pidiendo que me devuelvan las cosas. No, a esa gente rica no le importa nada. No transpiran laburando, no tienen culpa cuando gastan, tienen esas tarjetas ilimitadísimas y no tienen nudos en el estómago a fin de mes. Y encima, se dan el lujo de andar perdiendo celulares. 

    ¡Qué cosa esta gente que desperdicia el dinero! Adióooos Don Alberto, ¡¿cómo lo trata la vida, bien?! ¿Va a comprar el diario? Cada vez peor estamos, Don Alberto, con esta inseguridad ¿vio? Se han perdido los códigos, antes entre los villeros había códigos, ahora no se respeta nada, roban por robar, matan por matar, fijesé lo que dice Grondona ahí en su columna. Esto no tiene vuelta atrás. Adiós Don Alberto, saludos a su familia. 
    Este Don Alberto, hija bonita tenía. Éramos chicos y yo no sabía qué otra cosa hacer que mirarla cuando iba a comprar al almacén de frente a casa. Pero eran otros tiempos. Igual, abogado tenía que ser el marido. Ése. Otro que puede darse la buena vida y podría andar perdiendo teléfonos.

    En fin, ya sería hora de ir volviendo. Upa. Entrada de colegio. Cada vez más turritas, las pibas. Si sigo mirando así para la esquina me voy a sacar el cuello. Ay ay ay, cómo duele este cuerpo cansado, che. A ver, me voy a acomodar mejor. Como abuelito mirando el cielo. Y esas polleritas, tan cortas. ¡Qué piernas, querida! Antes, en mis tiempos -y tampoco fue hace tanto che, las escuelas ya eran mixtas acá en la ciudad-, las chicas usaban las  polleras hasta las rodillas, camisa por dentro. Ahora todo es un descontrol, se perdieron los valores de la familia, las pibas cada vez más desinhibidas, a esta hora de la mañana, con estos corazones débiles mirándolas, por Dios.

    ¡Eh! ¡Qué hacés? No, no. ¡Perro! Dejá eso ahí, vení. ¡No, no, no te vayas, vení, perro de mierda! La concha de su madre y la banana que no comí anoche. Ay, Dios, la cintura. Ay. A todos los perros de la calle hay que mandarlos a que se los coman los leones. Ay, perdí un celular. Ay, la cintura. 
    La puta. Podría haber sido de un doctor.

                                                                                    A.V      17/04/11



martes, 13 de septiembre de 2011

Domingo en 7





2.
   Pudo ser una perfecta escena fotográfica. Estática. Un media sombra cubre la parada del 307 y el fondo casi de naturaleza muerta de Plaza San Martín y Casa de Gobierno es alterado por un viento incoherente que por momentos provoca que el bastón del viejo que duerme sentado en la casilla se balancee de un lado a otro. Unos pocos cabellos flamean bajo su boina.
   Los pájaros también descansan en el séptimo día. Los micreros aguardan el quinto semáforo en rojo antes de seguir camino. Las sendas peatonales continúan inertes ante el cosquilleo inútil que hacen las hojas y el polvo que sobrevuela el asfalto.
   El viejo rompe por último la escena, que había dejado de ser fotografía para transformarse en reliquia pictórica, cuando suelta el Clarín hace dos horas comprado en 51. Las páginas se incrustan en los caños de la parada, en los arbustos, en los troncos. La Viva colisiona violentamente contra su bastón y lo despierta. Sobresaltado, el viejo ronca con los ojos abiertos. No se levanta, sólo se agacha a buscar el bastón.


  Puede ser una perfecta escena fotográfica. Estática...


                                                                             A.V.    un día en Textos.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Mente en negro

Se estrujarán las ideas inservibles.


Se agotarán como de cuentagotas
las estupideces más escandalosamente no-dichas.


Se negarán párrafos enteros.
Se apretujarán contra el fondo de lo imborrable
            y también se asfixiarán, ilusas,
las dedicatorias más perfectamente inocultables.


Se callarán los dedos. Y dolerá la garganta.
Y sólo se escuchará el espasmo alérgico
del invierno que cojea acá tan cerca, en el pasillo.
Y la primavera, aletargada,
llegará histérica arrancándose las hojas.


Se secarán,
no por el sol
o por la promesa inconsistente de calor,
las palabras más amargamente empalagosas.
Se secarán, en fin,
con aire de caloventor y de sueño
que corre con piernas de infancia
                         aquí tan cerca, tras la puerta.








                                                                                                               A.V      03/09/11


martes, 30 de agosto de 2011

Darse cuenta...

de que..

  •     (te) estoy robando título
  •     encontré entretenimiento que me separa del sueño


de que

  •     leer(te), loca, me da gracia

de que
    quizás el pibe de al lado se asusta con cada carcajada
    en este somnoliento horario

    Sos vos. Y tus frases. Tus hist(e)orias.
 
de que

  •        esto dejó de ser lo que empezó siendo
  •        o lo que quise que fuera, más tarde.

   

  •        Quien lo lea, puede abandonar esto si se le canta.

                                                                    Hasta quiénsabecuándo.

En fin,
de que.

  •     son las 2.15
  •      mañana me levanto a las 7

  • o sea..
  •     45 min de ducha
  •     son 3
  •     menos 7
  •    4


entonces.
        no importa
        ya fue
     
               contingencias 
                         fueron

                                 tu blog
                                 y tu e.mail
 

                                                                              A.V.   ya pasará. 30/08/11

viernes, 26 de agosto de 2011

Sh. Click.



25/08/11    -     Expo Arte Joven, La Plata.

A.V.



miércoles, 3 de agosto de 2011

Epígrafe not found. Borrador.

Epígrafe's not found,

aunque

todas las canciones
con una sola guitarra
a capella
en tonalidad menor y de garganta
en las que alguien canta una sola vez y como nunca lo hará de nuevo
hayan sido escritas para vos.

Y los poemas.

Y las cartas que los sobrinonietos herederos
encontraron en el cajón impúdico
del placard repleto de trajes gastados de fidelidad
 de sus verborrágicos tíoabuelos.

Y las historias que quedaron sin escribirse.

Y lo que piensan esos hombres 
que miran
perdidos
en un
banco de plaza.

Y las películas 
en blanco y negro
que suenan mal.

Ese diálogo

Y los suspiros 
de los que lloran al cielo cuando
hay estrellas
y recuerdan
Y los que no.

Todo es para vos.

Hojas llenas de tinta.
Pañuelos.
Almohadas.
Lluvias, duchas,  sillones, divanes.
Cafés.
Yogures. Cereales. Almuerzos.
Veredas.
Fotos.
Pasto aplastado.

Kilómetros.

Y cada
milímetro cúbico
de lo que 

 trago

y duele

al verte.





3ra persona, presente, relato paso a paso. En esta historia se dirá bla. Después bla y luego bla. Habrán otros blas pero finalmente, con suspenso y misterio, finalizará bla, exactamente como al principio. Como un looser, sin jamás haber dicho nada importante. 
Corregir. Corregir de nuevo. Mandar por mail. Corregir.


                        A.V 03/08/11
                         después de leer Los papeles...de Andrea Romero.

sábado, 30 de julio de 2011

Ejecuciones nocturnas

                                           ellos piensan, ella ejecuta.

1.
La mujer y su nombre perfecto aparecieron hoy, sobre mi mesa de luz, con una mentira y su firma. No le llevó más que trece renglones cortados de una hoja que arrancó de mi libreta. Trece renglones. Tres líneas escritas. Su firma.
Me desperté con el estómago revuelto, ardiente; el aliento perdido y la cabeza vagando en la otra esquina, en el cruce de la avenida más transitada con la de la entrada de veinte…no, treinta colegios en la otra cuadra. Mis brazos yacían sobre el colchón húmedo y gélido como los bostezos de los choferes de colectivos que salen y entran por esa calle; me dolían como cuando frenan, y se estiran. Y las monedas en los bolsillos que eran tantas, las piernas pesadas tenía, cansadas como después de correr por vidas ajenas, agotadas que tiemblan, como cuando ya no sirven para dar una patada más. Fue ahí cuando me senté en la mesa de la cocina/living/comedor y abrí la cortina.
Y leí el papel. Lo leo ahora. Tiene un perfume que no recuerdo. Había escrito con cuidado, o por lo menos parecía una caligrafía practicada, cada palabra apenas por encima del renglón, como en el aire. Perfecta ortografía. Tinta verde de vaya saber qué lapicera, quizás de la del lado del teléfono. Simple, sintética, suprema, como su nombre.
Podría haberme dejado la nota en cualquier rincón del departamento. Debajo de la puerta. Pero eligió que la encuentre al abrir los ojos. O sea, entró de nuevo a la habitación. Tal vez se sentó en la cama y la escribió allí. O quizás se agachó con sutileza hasta la mesa de luz, a veinte centímetros de mi rostro y quizás me haya besado, enojada. O no. Quizás vino hasta esta mesa, y escribió. Lo pensó en el baño, mientras se miraba al espejo. O lo escribió contra la puerta. No, porque se nota  que fue contra una superficie lisa. Contra el vidrio, en el piso, sobre la mesa de luz.
Volví a la ventana y creí que la veía cruzando la calle. Tenía que ser ella. La vi mirar hacia acá. 3° B. El de la derecha. Giraba y miraba otra vez hacia acá. Cruzó y siguió mirando. Pero no creí que pudiera verme. Pero era ella. No estaba bien. Pensé en bajar, no podía. Ella caminó y su figura se perdió entre los marcos de la ventana. Seguramente no se fue lejos, quizás me dejó la nota sólo minutos antes de que me despertara.  Podría volver, quizás. Busqué la llave y corrí cojeando a dejar entrabierta la puerta. Iba a volver. Estaba enojada  pero quería volver. Quería sentarse y escucharme. Que se lo dijera claro. Y quería interrumpirme, levantar la cabeza, y hablar suavemente escupiendo los peores rencores. Quería descargarse y llorar, que la abrace.
La mujer del nombre perfecto quería que la rodee con fuerza y gritar dejame.
  

2.
-No sé porqué traés esto ahora. No sé qué querés saber, qué vas a lograr hablando de él. Ya está, ya fue-. Mantengo la voz y el brazo erguido mientras me sirvo más vino en la copa y lo bebo en un trago.
Claro que me importa, en fin. Estamos siendo honestos ¿o no? Cada uno y su historia. Cada uno y sus sábanas.
No soporto sus miradas perdidas. Estoy harto del no pases por ahí cuando vamos en el auto por la avenida. De que todo lleve a él y me lo niegue. Estoy cansado de que se aleje sin explicación, harto de ver el número de él todavía en su teléfono.
Se equivocó al elegirme.  Piensa que debería haberse quedado con él. Y no con el pelotudo que no hace otra cosa que trabajar. Con este viejo de mierda que no puede estar con ella.
Y yo dándole con todos los gustos.
Lo difícil es el silencio. Y las respuestas vacías. Su espalda cuando le hablo. La almohada entre nosotros. Su insomnio. Sus horas en el baño. Su silencio.
Lo mataría. Iría hasta su mugrosa habitación a matarlo. Pero soy un insecto a punto de reventarse, con qué cara. Una mosca casi muerta. Ni siquiera una mosca porque las moscas se apoyan en la mierda y yo no tengo ni los huevos para mandarlo a la remilputa que lo parió.
-Y sí, quiero saberlo -digo después de pagar la cuenta-. O terminar con esto.


3.
Él sabía que todavía guardaba la llave en el ropero. Lo sabía. Y sé que muchas veces debe haber querido tirarla. Llevársela y nunca devolvérmela, o simplemente hacer que se perdiera.
Anoche después de cenar, fuimos a casa. Me gritó como nunca en su vida. Me lastimó las muñecas. Me pegó una cachetada. Me obligó a buscar la llave y subir otra vez al auto.
Tenés que elegir de una buena puta vez-me gritaba. Ya lo había hecho. No iba a llorar, no iba a hacerme la pobrecita con nadie.
Estacionó a la vuelta. Ya era tarde, día de semana y nadie circulaba a esa hora. Abrimos la puerta de abajo, el portero no estaba.
Subí vos y elegí. Te espero una hora. Nada más. Sino no volvés, no vuelvas nunca más.
Abrí la puerta con cuidado. No quería espectáculos. Hacía dos años que no lo veía, me acordaba del departamento, pero estaba algo cambiado. No estaba en la cocina, ni en el baño. Durmiendo. Serví agua en un vaso. Busqué en la cartera la pastilla. Me acerqué hasta su cama y escuché que la puerta de entrada se abría otra vez.
Fue un tironeo. Se agarraban los brazos pero no se golpeaban. Se gritaban, se putearon. Se tiraron al piso. Pero no se golpeaban. Eran unos cagones los dos. Yo gritaba para que se dejaran pero en realidad no lo quería. Quería que se hicieran mierda los dos. Pero no se pegaban los muy cobardes.
Bajá, bajá ya. Subite al auto. No te quiero ver más- dije al final. Me habían cansado. Los dos.
Me hizo caso. El otro quedó en el piso, agotado, asmáticamente agitado porque ese debe haber sido su esfuerzo físico más grande en estos últimos años.
Le ayudé a recostarse. Saqué de la cartera otras dos pastillas cualquiera y se las di. Se durmió profundamente, como siempre. También saqué una lapicera. Y arranqué un papel.

No me hables, no me llames, no me jodas. Perdete.
No te amo ni te quise nunca. ¿Querés saber algo más? Ni a él.
                                        Yo.

  Volví a la cocina. Esperé un rato sentada en el sofá percudido, quizás dormité. Por la ventana ya entraban los primeros rayos de un sol marrón. Mandé un mensaje: Salió todo bien amor, se acabó todo con los dos. Ya voy para ahí.
   Bajé; deseé haberme hecho un café antes de salir. Él nunca tiene café. Voy a llegar helada y no va a haber café. Caminé, de todas formas, hasta la esquina. Los niños corrían para entrar a la escuela. Un taxi esquivó a alguno cuando vio que mi brazo se levantaba despacio y temblaba de frío, llamándolo.


                                                             A.V        30/03(07)/11



viernes, 29 de julio de 2011

This is called "flashear"

I'm sick of 
     imagining (us)
                             I'm fukin' tired of
     watching us in a
                        stupid and unreal mirror
      with just a little cold wind as a difference

and you
  with the same unforgettable hilarious and kissable 

smile.

You do that.
You smile. And maybe you also cry inside.
But I... I just
     think
           and
               think
   and talk (to you) alone.


I close my door and you were left.
One miserable and ordinary sound and
                      you are houses
 and buses and cities
      and thoughts and lips,
           and hugs, far.
                                Far
                                          away.

I'm gettin' tired, you know.
Reality has always  been boring to me
                but this,
                this
     and your mouth s-h-u-t-


and me playing
and           replaying
the fantasy with a single word out

Spit'em all out, you stupid!

I really would like being brave

Stop the car and
tell you softly
the whole damn story

and you will look down
or you may not 
or who knows what

But  now
I've got no voice
I've got no throat


I can only
 hide
                                                                                                                      every simple knot
  in this.




A.V     29/07/11

miércoles, 27 de julio de 2011

Repetir





Se divierte negando
se entretiene pensando qué tecla, 
si blanca si negra, toca, 
con qué dedo, con qué otro,


Conoce el juego,
pasa la siesta tarde noche
pensando y volviendo a pensar


play y replay de ese piano
que flota por debajo de la 
       letra
que dice todo sin más
                         ni menos
que lo que sabe, piensa, teme.


Pero les huye
palabras
no las busca
sólo las siente
                                 peligrosas
en el mismo lugar. 


Y se entretiene, negando.


Y los días pasando.


Él, tan cobárdemente divertido


Y ella, tan canción.


Play
y
Replay


                                                                                                         A.V      27/07/11

viernes, 22 de julio de 2011

El cocinero humano

  Prepara él solo el locro. Hoy no hace frío pero quiere que se vayan bien comidos. Le gustaría poder derramar en el caldo las buenas noticias que había escuchado, que él mismo había comprobado, para contrarrestar la amargura de la novedad más triste, no hay tiempo. Querría excederse, querría añadir exageradamente el condimento que no puede encontrar aunque lo desee con su cuerpo entero, quiere hacerles saber que sus familias están bien.
   Quiere que el avión no despegue. Quiere que sea mentira pero los oídos de todos por ahí se han saturado, el horror viaja claro, sortea ventanas mínimas y rejas y se impregna en el cemento que siempre está frío, como si hubiera dejado ya, de ser sonido, como si alguna vez hubiera sido sólo eso. 
   Sigue cocinando. Los hombres no lloran, pero el locro está muy seco.
   Revuelve y la sopa burbujea. Revuelve y reza.


"...Pero creo que Dios se quedó finalmente para ver cómo nos sacaban
en la mirada húmeda del cocinero Peñaloza que apoyaba su gordura 
sobre el alambre tejido que entonces bordeaba el IRS."
Ricardo Mercado Luna
"Los rostros de la ciudad golpeada"




 Nota: Desde marzo de 1976, decenas de periodistas, profesores, artistas, párrocos y escritores fueron secuestrados en el "Instituto de Rehabilitación Social" (IRS) de La Rioja por la Dictadura Militar. Entre torturadores, guardiacárceles, médicos y curas cómplices y gendarmes hubo un cocinero que se preocupó por alimentar bien a los detenidos. R.M.L y Arturo Ortiz Sosa lo recuerdan y lo ubican dentro de los más piadosos junto a los otros guardias Ruiz y Martínez que a veces llevaban noticias de sus familias a los incomunicados en papelitos, o simplemente las susurraban.


                                                                 A.V     22/07/11

sábado, 9 de julio de 2011

Ya no es lo mismo. #unavidasinTincho

Tincho CALLAAAAAAAAAAAATEEEEEEEE!!
nono, mentira. 
Buaaaa.


  Ya no se escucha el sonido de sus uñas hace quién-sabrá-cuántos-años no cortadas, sobre la madera del pasillo, donde duerme el Gordo y ya no me pregunto cómo mierda hace para no sacarlo de ahí a patadas cuando rasguña en medio de su siesta reparadora; ni me respondo que con esos ronquidos: "qué se va a despertar". 
   Ya no escucho que Carlos se queje de tener que cocinarle la carne al horno todas las benditas noches, ni gastar setenta mangos en pastillas para el reuma -del perro, claro-. Tampoco se escuchan los ladridos cansados, roncos, desde el garage para que alguien le abra la puerta aunque él no se pudiera levantar.
   Cumplí con mi palabra. Será cruel, pero digna, quizás tozuda pero en fin, de las pocas "palabras" que pude mantener, alguna vez. Jamás. Nunca. Pero nunca le pasé un dedo por la cabeza con algún atisbo de cariño. Ni siquiera con el pie le acaricié el lomo. 
   Sí lo toqué una vez, pero de pura bondad y lástima, un día que el perro se meaba adentro y no podía levantarse. Con las dos manos le sostuve el cuerpo, como una hamaca para bebés, y lo hice salir. El escalón entre el "hall" y la puerta hizo que se cayese, pobre Tincho, despatarrado, como en los últimos meses por ese tumor que fue creciendo y creciendo. Y mis pantalones quedaron llenos de sus pelos, perdí el micro que pasaba por la esquina en el momento exacto de cuando terminé de empujarlo, suavemente con el pié. Era paradójico cómo algunas veces que cuando él salía como paciente de rehabilitación, al mismo tiempo caminaba una viejita con andador y enfermera atrás, por la misma vereda. Seguro se comprendían.
   Hubo un tiempo en el que yo también sentí lo mismo, un tiempo en el que nos entendimos. Los dos esperábamos que el calendario pasase, que pasase rápido. Lo hizo, inexorablemente, y lo que rogué un domingo, enojado con él, pobre animalito viejo, terminó pasando, hace unos días nomás.
   Me enteré por mensaje. "Che, se llevaron al Tincho". Uh, bueno, ya era hora, pensé. Ese mismo día se había quedado encerrado en la cocina, al lado del horno. Había caminado desde el garage hasta ahí, seguramente esperando que alguien hubiera prendido alguna hornalla, o quisiera desayunar una tarta. Cuando fui al baño, pasé por ahí, lo vi, junto al líquido en el suelo; llego tarde. Hice como si nunca lo hubiera visto y me fui a la facultad. Igual, llegué tarde.
   "Quién te dijo?" "Carlos" Pasó un rato después de esos mensajes y llegó otro. "Se murió nomás". Entendí que Matías había ido a la cocina, y ahí Carlos le contó. Al día siguiente me levanté a las siete de la mañana y ahí estaba. No no, no su espíritu: Carlos. Me confirmó que "la casa está de luto". Yo pregunté con cara del recién-despertado-más-boludo-de-la-17: "¿Quién, el Tincho?"  "Sí, pobrecito. Ayer a la tarde lo sacrificamos".  Uh. 
   Parece que había estado boqueando y "estirando la pata" (ahora entiendo de dónde viene el término) toda la mañana después del incidente de la cocina y bue..no quedó otra.
   Se fue un perro querido, con quince años y medio de anécdotas contadas por su dueño. Que se iba al bosque y después volvía, que lo llevaron a Ensenada corriendo detrás de una moto y volvió solo, que se iba a donde estaba alguna perra en celo y se quedaba ahí por días, que varias veces mordió a los vecinos y otras qué-sé-yo-qué-sé-cuánto que lo enaltecían como un verdadero macho alfa. Algún día intentaré recopilar y escribir una biografía perruna en su honor. 
  Con sus cosas detestables y algunas que otras cosas loables que yo ignoro porque me tocó vivir su vejez más hinchapelotas, se fue el perro más querido de esta cuadra, por el que venía gente a tocar el timbre a la siesta cuando lo veían descuajeringado sobre la vereda, o por el que me preguntaban bien temprano a la mañana los padres de los chicos de la Escuela de la vuelta. Fue un perro famoso, dicen que valiente, "perrariego" y viril. Se fue rápido, después de todo, relativamente hablando.
   En fin, ya no tendré que preguntar novedades cuando hable por teléfono desde La Rioja con la gente de la pensión: ya no habrá nada nuevo que sea lo suficientemente importante.


Para Ellos y el Tincho, que conducen desde el cielo. RIP RIP, hurra!!


                                                                     A.V        8/7/11


jueves, 30 de junio de 2011

Quinta Avenida al 500


  Mientras ella espera que se levante la puerta del estacionamiento del edificio tarareando la canción más triste que se le ocurrió, un hombre, algunos pisos más arriba, muestra a su hijo por Skype su nuevo departamento.
  Es amplio, sobrio, de aquel estilo de diseño caro y ultramoderno que publican las revistas. Pero no lo dice en voz alta, sino que deja que su hijo observe, en silencio, cómo ese hombre al que nunca quiso, hoy vive mejor que él. Un pobre viejo pelado que nunca movió un dedo, a diferencia suya que se hizo cargo casi por orden natural de la empresa en ruinas. El balcón, enorme, de parqué y con jacuzzi aparece en fullscreen en la pantalla del hijo, que derrumba el mutismo, después haber sostenido por largos minutos una sonrisa :
 -Eso, de allá al frente, ¿qué es?
 Cuatro cúpulas de tejas grises coronan un edificio clásico, prepotente, blanco recientemente pintado, con cientos de escalones por los que no sube nadie y que se interrumpen por tres columnas de facto. Varias estatuas de bronce ilustran el palacio. Son figuras de mujeres jorobadas y soldados aguerridos.
  - Defensa Nacional, qué precioso lugar, ¿no?
  El joven de traje azul sobre remera negra, mira su teléfono y ve que las estadísticas están bajando. Agradece al cielo, mira fijamente hacia la pequeña cámara y cierra la tapa de su computadora. El otro, peina con sus yemas una ceja canosa, y entiende; deja la máquina sobre la mesa y vuelve a salir al balcón.
  En un edificio cercano se ve a una mujer alta, rubia, cubierta con un abrigo de piel naranja y con rayas negras. El hombre piensa que no puede ser piel de tigre, está convencido de que en aquellos tiempos no puede ser.
   La mujer balancea con ternura un cochecito, y pueden adivinársele los labios curvos mientras lo hace. El coche también está cubierto con algo naranja, pero el hombre no alcanza a divisar de qué se trata. Ella comienza a reírse, y se escucha su carcajada quebrar toda resistencia que opongan el aire y la distancia. Ríe y se contuerce. Ahora puede verse mejor el coche. Sí, los dientes son largos, brillantes, sus ojos están abiertos y su hocico parece húmedo. Está tendido como cubriendo el coche. Un bebé llora.
  En la habitación de al lado, una niña maquilla su transparente rostro. Intenta darle color pero nació blanca y pálida. Sus ojos son pequeños, como todo su cuerpo sentado en una silla de patas doradas y respaldo barroco. Mira alternativamente al espejo y hacia afuera. Se inclina sobre el escritorio, pequeño, y abre una ventana. Abre su boca y deja salir una bocanada de humo. Mueve su mano y deja caer las cenizas al suelo.
 Abajo de todos ellos, la mujer enciende las luces de su vehículo, avanza hacia su estacionamiento privado. Hay otro auto en su lugar. Se sorprende. Le gustaría enojarse, para bajar de la camioneta y decirle al que está adentro -hay alguien sentado en el lugar del conductor- que se vaya inmediatamente, que no tiene por qué estar ahí y que es un maleducado, irrespetuoso. Pero no lo hace. Hoy, no puede hacerlo. Espera unos segundos y vuelve a tararear la canción más deprimente que recuerda. Intenta con un cambio de luces. El hombre baja del auto. Camina lento, ella desciende también. 
 -¿Te gusta?
 Él canta. Sonríe y canta. Ella mira el suelo. Él la abraza y aprieta. Presiona. Muerde. La canción más triste del mundo suena de sus labios, otra vez, desde el principio. 

                                                                                                      
                                       A.V             30/06/11



jueves, 16 de junio de 2011

Ojos de vidrio

Desde Horacio Quiroga y alguna que otra de sus obras 
y alguna que otra esposa suya.



   Estará tendida a tu lado. Te mirará, con su cuerpo de costado.


   Te despertarás preocupada. Abrirás los ojos y habrás llorado. Será temprano y aún no habrá cruzado el sol la lejana línea inerte tras la ventana.
   Te sentarás en la punta de la cama, tocarás tu pelo y sentirás mi olor. Jugarás, somnolienta, con tus dedos, que caminarán por tu brazo, como solían hacerlo los míos, mi niña; y te los llevarás al cuello, harás que aprieten, que se marquen en la piel y correrás a mirarte en el espejo.
   Repasarás las marcas y te descubrirás las piernas. Tendrás la voz enterrada bajo tu pecho y querrás gritar. Querrás llamar a tu madre, Niña, pero estarás sola; sabrás que nadie te escuchará y hasta los pájaros habrán callado.
   Caminarás por la casa sintiendo el aire fresco que entra por algún escondrijo y te recorre por debajo de la camisola que aún te queda grande. Empezarás a desesperarte, correrás y tendrás frío. Entonces intentarás cerrar la ventana. Y llegarás a ella, pero nadie la habrá abierto. Todo estará cerrado.
   Pero habrá luz; habrá comenzado a amanecer y observarás la inercia de los pastizales y de aquel algarrobo que recordarás bien: esa mañana conmigo y mi boca. Todo estará teñido de un naranja inmundo y querrás maldecirme porque verás sangre, tu sangre, en el cielo, y querrás pero no sabrás cómo arrancarme, desgarrarnos de ahí.
   Recorrerás las habitaciones y seguirás percibiendo mi olor en cada mínimo rincón, en cada vértice y te costará respirar. Desearás que nada hubiera sido como lo fue y te arrepentirás de no haber oído a tu padre ni sus llantos de poco hombre que quiso mantener en secreto. Ni siquiera escuchará los alaridos histéricos que nunca darás porque sabrás que él no llegará jamás.
   La evitarás. Rasparán tus uñas la puerta entreabierta pero al pasar a su lado cerrarás los ojos con tanta fuerza que harás que te duelan las pestañas y se te quiebre el rostro de frío. Rehusarás tomar aire y escaparás. Huirás hasta que el sol la golpee y entrarás.
   Verás la mesa y ahogarás el grito. Comenzarás a temblar y no podrás contener tu llanto. Verás metales fríos y filos putrefactos cargados de mí. No querrás pensar en nada, pero no ha pasado tanto tiempo, todavía permanecen intactos en tu memoria cada uno de los pasos que diste, lo que hicieron tus dedos y tu boca, tus dientes.
   Partirás desesperada hasta el cuarto. Caerás agotada sobre las mantas que perdieron ya tu fiebre de anoche. Mirarás debajo de tus uñas, rasgarás tus pequeñas y dulces manos queriendo quitarles la sangre seca. No habrá madre, ni padre, ni diminutos y pulcros conejos blancos que te escuchen llorar. Sólo estará ella, con ojos de vidrio, resecos, áridos y su corazón de trapo. Y sólo ella podrá entenderte, dulce Niña, y no culparte.


                                                                                       A.V            17/05/11


Producción en Textos II - Consigna: cuento de amor, locura y muerte.

sábado, 11 de junio de 2011

Inicios de la hist(e)ria

1.
Arrancaste un trozo de corteza vieja. Te arremangaste el guardapolvo. Escribiste mi nombre pero no el tuyo, un corazón y un X100pre. Tallaste todo con cuidado, en ese árbol en la esquina de la plaza, frente a la escuela. No dejaste que te ayudara, sacaste de la cartuchera el compás casi sin avisar. Y antes de doblar, cada uno para su casa y crecer, soltaste: completalo vos, no te preocupes, algún día lo van a talar.

2.
Y los dos renegábamos de un pelotudito que venía hinchando las bolas con les luthiers quince mil horas y después limpbizkit (como chota se escriba), y no dejaba de hablar y no sabíamos cómo mandarlo a la mierda porque el papá de él es conocido de nuestros papás, y yo solo quería darte un beso y que no nos viera nadie..

3.
Te amo. De repente, así, seco, por mensaje, a 450 kilómetros, calculando. Yo también, no sabía qué otra cosa decir. Volver y que sea eso, un mensaje, cuatro lugares más abajo del de mi amigo que decía que te había visto en esa fiesta en Sanagasta, a 470 kilómetros, calculando(,) milímetros, con ese otro.

4.
Mirarme. Así y no de las ciento treinta y tres mil doscientos cuatro millones de formas que existen.

5.
Ir.Nos. 




                                                               A.V 11/06/11



jueves, 2 de junio de 2011

Estruendo hicieron

   primero, las tabletas aún llenas
   segundos después, el botiquín que cayó al principio
      deslizándose desde mis rodillas hasta el suelo,
   huyendo
   de  mis dedos que quisieron sentir otro calor,
 y
  por último, ese aire que algunos llaman suspiro,
                            uno
                        tras otro
  y aletargada, 
          la explosión en un pitido insoportable:
            la conclusión de que nada servirá, 
de que un antigripal sólo me hará dormir 
algo mejor.


                                     A.V      02/06/11


Dexalergín, hacé efecto. Vos, o vos, o vos también, mandame un mjs.

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