viernes, 18 de mayo de 2012

Baúl

Me cansé, hubiera dicho, pero no. No es cansancio, no es suplicio. No es que las huellas se hayan desmarcado, las líneas imperfectas de unos dedos también raros permanecen ahí, con la memoria de haberse quedado detenidos, inertes, sobre la tapa de un baúl. 


Caja, cosa. Paquete. Libro.


Estoy cansado, hubiera dicho, pero no. No es huida, no es hartazgo. Es, qué sé yo, simplemente, quitar las manos. Ver aquel reposo de frases, palabras, cual souvenires, que siguen ahí adentro, que ya no esperan ser repetidas. El baúl no se aleja, pero sí los dedos, y las manos, y el cuerpo. Y si existe, el alma. A otro lado, se van; a la habitación de al lado. Van.  Al pasillo. A la puerta, que se abre y luz, porque es de mañana y ha dejado de llover hace unas horas. Es otoño, hay hojas y más hojas que el viento ha abandonado sobre la vereda de las baldosas imposibles.


Caminar y ser esquina, y mirar para cualquier lado porque ya no importa, y visitar casas nuevas. 
Allá quedó, todo eso, palabras hechas poesía que dijiste, niña, aunque te olvides. Con las huellas marcadas, sí, pero sin mis manos.




A.V
18/05/12

jueves, 17 de mayo de 2012

Cuento que no dejará de ser exclusivo





Tengo una amiga de esas que cuando llegué me invitó a cenar pastel de papas con su hermana. Es de esas con las que ves el Mundial. Con esas dos informaciones uno podría llegar a decir que la ha definido entera, pero no, también es de las que insisten una y otra vez para tomar una cerveza en la terraza, un día ni tan fresco ni tan caliente, ni tan húmedo ni tan imposiblemente seco. Esa amiga tuvo una idea, y habló con otros amigos, y así se fue armando un proyecto interesante.
Más o menos indefinido, por momentos muy improvisado y por momentos serio, el plan de caminar por donde los e-mails, los contactos, los mensajes, los datos sueltos nos llevan se llama, justamente, Transeúntes.
Si algo he de aceptar, es que, recorriendo esas escrituras novedosas de mucha agenda, soy un hongo. Así que como primera cosa, desde La Rioja, les cedí un cuento, justo uno que había obtenido un premio compartido, allá por diciemrbe. Como exclusiva, escribí en el mail, jugando al escritor "denserio".
Se ve, según las estadísticas del blog, que tuvo más entradas que cualquier otra cosa que yo haya publicado en este blog. Mirá tú!

Así que acá está. Aullidos, se llama. Se lo dedico a mi hermano, que me contó las morbosidades más pintorescas de su trabajo en una clínica del corazón (sin melosas metáforas). No lo copio, sino que mando el enlace, porque como dije en el título, este cuento caminará siempre por la sendas del transeúnte amigo.

http://www.transeunteslp.com.ar/2012/03/aullidos.html


                              A.V


domingo, 22 de abril de 2012

Mientras tanto




Yo te miro.






Mientras tanto bajo un árbol descansa un reloj de piedra. Mientras tanto se queda sin tinta el grito, sin papel el susurro, sin vida la sangre, sin color la nada.






AV 22/4

martes, 10 de abril de 2012

Luz


"...Respiro.


Fuá, es tan difícil [...] y a la vez tan inevitable. Fuiste espejo y espejismo, fuiste ese extremo tan opuesto que termina inexorablemente conectado en el mismo lugar, hecho círculo perfecto. Fuiste cable, fuiste chispa, y fuiste agua, arena, río. Fuiste la voz más ronca, y garganta. Y latidos. Gilda diría todo eso fuiste, je, pero yo digo que en cierta forma sos, seguís siendo, en momentos como éste, en el que todas las luces de lo que no sos vos se apagan, y se quedan esperando a que dibuje un punto y deje de tenerte dando vueltas por acá, para encenderse otra vez. Quizás ocurra. Quizás se te termine Londres, quizás se te gasten los mapas y te recorras hasta la última square. Pero toda la vida será, para mí, más emocionante caminando despacio, en redondo, mientras oscurece, con vos."




                                                                                      A.V, algún tiempo atrás.

















sábado, 7 de abril de 2012

Sin título

O la tos, murmuró. ¿O la tos? La escena, vista desde arriba, podría ser descripta muy en borrador -como con lápiz HB o más blando- como una tarde noche, gris, insinuantemente fresca -o de otoño para ser más claros-, en la que hay dos pibes, una chica de pelo largo, "carita borrada" y un pibe de espaldas, algo alto. La perspectiva quizás sea un poco amateur. Una esquina. Esquina renovada, esquina que fue vieja, con alfeizar de un lado y zaguán del otro, casa del 1900 restaurada con puerta color acero, pintada de violeta y con un reflector con sensor de movimiento. Hay un perro pintado en un cartel que dice que la casa está protegida. Pero no importa, a ellos no les importa y discuten a media voz.
Discuten que tampoco está tan mal. Que podría haber sido peor. En verdad ni siquiera discuten. Mueven las manos como si lo hicieran, pero no, los dos saben -no lo dicen, claro, porque sino dejarían de hablar y para eso se juntaron- que los dos sienten exactamente lo mismo, una nada de otoño, una nada de tarde noche, frente a una casa heredada y arrasada por pretenciosos gustos. Pero él contesta que no entiende por qué. Ella, se sostiene las manos detrás de la espalda y frunce la boca; cada tanto finge que va a hablar tomando aire de repente para luego seguir callando. Y el silencio. En el borrador podrían aparecer bastante movidos, dos autos, que atravesaron la esquina, uno por un lado y el otro por el otro, sin hacer mucho ruido. Ninguna otra interrupción.
Él fuma. En el borrador se ven dos colillas tiradas en el suelo. Pero es un detalle, no importa demasiado. Fuma y cuando se exaspera porque recuerda algo que ella dijo o no dijo, o quiso decir pero no dijo, o dijo y ahora dice que no dijo...cuando eso ocurre, él tose. 
Cruza los pies ella. Se sostiene las manos por detrás de la espalda y cruza los pies. Una posición bastante incómoda, diremos, pero así se encontraba. Lo escuchaba. Ella no decía mucho. Pasó el primer auto, y dijo algo que él no escuchó bien  y dijo algo así como "y no sé, mirá, no sé". Entonces seguían. Él jugaba de un extremo al otro, tratando de sacarle algo. Algo que lo haga entender, ALGO, le pedía sin decirlo. Manejaba por la ruta del monólogo pegándole a la banquina en cada intento por que ella dijera que sí o que no, pero ella no largaba palabra.
Hay una luz, además de la de la casa que se prende cuando él exagera algún gesto con los brazos. Cuando abraza a la chica, cuando la suelta y trata de reubicarla en el difícil equilibrio de su posición. Hay una luz que ilumina desde la esquina del frente que logra las sombras en la cara de ella, casi por completo; y el brillo en su pelo, así se sabe que es largo, y la espalda del chico, que usa una campera liviana, porque es otoño y está anocheciendo. 
Entonces, él fuma y ella escucha. Así decidió ella que sería. Que lo dejaría hablar. Después de todo, eso quería desde que mandó el mensaje. Apretó "enviar" y pensó: que hable, a él le gusta hablar. Mientras calla, supone que él quiere terminar todo. Todo, o nada. No quiere terminar nada. Ahora sí. Él habla y ella saca conclusiones, redacta veredictos dramáticos de tres o cuatro palabras. Pero él va y viene. Entonces ella alega para un lado y para otro, porque está aburrida, porque sabe que tiene que volver a su casa y ver a su mamá que le dice que ponga la mesa y que traiga la fruta, y que prepare jugo y que blá. Entonces escucha, y después irá a decirle a su mamá en la mesa que habló con el pibe y que está bien, sin mayores novedades.
Él cada vez más desesperado, se siente enfermo, afiebrado. Espera más segundos con la esperanza fugaz de que ella conteste, pero la ansiedad no le permite olvidar la lista de temas que había pensado para charlar. O más bien, exponer.
Cuando pasa el segundo auto, el reflector se enciende. Cómo sabés qué es lo que vamos a hacer. Cómo sabés qué es lo que queremos. Y otros cómo sabés que pregunta, ya ardiendo, él.
Entonces, cuando pasa algún tiempo y el reflector se apaga otra vez, ella dice:
-No lo sé. Yo creo que tenemos que esperar a que pase. ¿Que pase qué? El tiempo. O la tos.




                                      A.V 7/04/12



viernes, 16 de marzo de 2012

Curriculum Vitae


Hoja en gris, fotocopiada por una gorda con el cuello negro y con costras, de sonrisa amarga y entrcejo triste. Hoja en gris y mentira, manchada de espantos y fantasmas. Hoja dura, impenetrable. Sentencias en números, vacía y repleta de espacios incompletos que llevaron a sueños de oscuridades detrás de puertas de roble.

La tipografía se descompone, se marea, se desmaya. Huye. Las letras huyen y se esconden en la vergüenza de la venganza. Suena el metal como si cada sílaba fuera golpeada por los tipos de una máquina de escribir en alguna vida anterior. Suena metálica y prohibida. Suena de un lado al otro, en estéreo, y al frente está la llave. Y la distancia.

La hoja se va llenando de caracteres lisos. Llenando digo, cuando no hay más que vacío. Es una hoja gris con gusto a bilis. Tallada y lisa, tallada con impotencia, lisa.

Una luz verde explota debajo de la tapa de la fotocopiadora. La mujer mira el reloj queriendo irse. La hoja gris expulsada de la madre grotesca.

La hoja gris en el mostrador y no es mía. No, no es mía. La hoja blanca de una libreta en la mochila. La mochila que ya no pesa, la libreta que se va llenando de palabras de tinta azul, de garganta renovada, de vida. De palabra. Y la hoja gris sigue ahí, pétrea, pero no es mía. Yo estoy escribiendo frases nuevas. De golpe. La mano no se cansa aunque tenga sed. Se escucha en el tiempo a la máquina de escribir que cae, que se destruye, que se desintegra como arena. Se derrumba, y con ella lo dicho y repetido sin sentido sobre la cinta vieja y oscura. Se escucha la puerta que se abre, la llave se pega al bolsillo y el caminar se hace respirando. Silbando bajo. Con palabras nuevas. Aunque la firma sea la misma.

                                                                          A.V. 14 de Marzo.


lunes, 12 de marzo de 2012

Eso que fue el Colegio

Me llamaron para decir algunas palabras en el 9no aniversario del Colegio UTN, mi secundaria. Muchos dicen que uno pertenece al lugar donde pasó su juventud. Donde rió, donde aprendió, donde quiso o amó, donde tuvo emociones fuertes y demás donde qué sé yo que indican que, en síntesis, la adolescencia es la mejor época de la vida. 


El desafío era hablar corto, sintético pero profundo. De qué hablar. Qué omitir. Con qué se puede hacer ameno un discurso que sería leído a las 9.30 de la mañana después de trasnochar. Me propuse improvisar, pararme frente al micrófono e imitar a cualquier standapero que cuenta chistes y no parece tan ridículo. Me acosté a las 3, pensé hasta las 4 concluyendo que era necesario escribirlo entero porque existía un riesgo enorme de ser ridículo de todas formas.


Lo subjetivo. Aquí está. Puesto sobre papel para ser leído frente a pocos chicos que me conocían pero que conocen MUY bien lo que describo. Aquí va por algunos pedidos. Muchísimas gracias Colegio por ser siempre tan "bienvenidores". Han sido un placer enorme: los 6 años y el después, y aquella mañana.


    Pensé bastante en qué decir para este acto. Rogué a los dioses del stand up, de la oratoria, de la locuacidad, que me iluminaran. Pensé en improvisar, repasando algunos temas que considero importantes para decir sobre este Colegio: su gente, su enseñanza, sus cambios, su excelencia en tantas cosas, el honor de haber hecho mi secundaria acá y que me lo recuerden los apuntes que leo en la Facultad, el agradecimiento enorme que le debo.

     Pero decidí buscar algo más original, o quizás, menos observado. Algo que destacara el sentimiento que me choca, me impacta, apenas pongo un pie en el edificio. Sentí que podía ser el “siempre bienvenidos” que nos prometieron los profesores el día que nos despidieron, pero me di cuenta que la cuestión es aún previa al saludo efusivo de quien encontremos a la entrada, de algún preceptor, por ejemplo. Está todavía más cerca, debajo nuestro, casi inadvertido. Es la importancia de una simple figura, un concepto edilicio, un significante que podría ser solamente geométrico, pero que en fin, está cargado de significado, de momentos, de recuerdos, de palabras, de afecto.

     El octógono. Dicho así, hasta suena rígido, formal, censor. Pero en el inventario de emociones ocurridas en este lugar, siempre aparece. Aquí habré dado mi primera vuelta cargadísimo de nervios, cuando tenía que rendir el examen de ingreso –mi promoción fue la primera que atravesó ese sufrimiento necesario-, sin conocer a nadie o a muy pocos. Aquí se charla en invierno cuando todavía es de noche. Con mis compañeros nos contábamos las novedades de la tarde anterior o padecíamos el reto de los preceptores a la hora de formar cuando necesitábamos saber lo que había pasado el fin de semana.

    Aquí se han dicho muchas cosas. Se han hecho las confesiones más secretas, en un silencio de rincón con sol en algún recreo. Se ha insultado a mansalva pero en voz baja. Se ha caminado, mucho, muchísimo. Se han revelado misterios matemáticos; la cabeza de cientos de nosotros habrá hecho click cuando entendíamos por fin –o no- las ecuaciones químicas, o alguna cuestión de matemática. Aquí algún Héctor Peña Pollastri  nos habrá enseñado, porque además de buena gente y bocho, siempre fue un excelente docente. Aquí se contaron de principio a fin las novelas para el oral de inglés, de forma bilingüe. Se respondieron preguntas de geografía, se repasó historia. Se contaron una y otra vez de qué va el Mío Cid, y las peripecias de Don Juan.

      Por este octógono caminamos. Tanto que hasta decíamos que seguro dejábamos un surco. En el recorrido fuimos encontrándonos con otros, con amigos, con no tan amigos que después lo fueron, con chicos más chicos -que los más grandes escuchábamos para burlarnos-, y con chicos más grandes que podían hacer lo mismo, porque cuando se es adolescente se hacen esas cosas. Por aquí han caminado profesores perseguidos por nosotros antes de un examen, o para que reciban un trabajo práctico recién hecho. Acá nos han retado, aquí nos han hablado  mirándonos fijamente; por ahí, sentados bajo la sombra de alguna columna, algún preceptor nos ha escuchado cuando tuvimos algún problema.

      En este octógono fuimos felices. En este octógono también, hubo minutos de silencio que dolieron demasiado. En este octógono dejamos mucha historia.

    Pasillos, aulas, bancos, ventanas, patios, hay muchos, en todos lados. Cada cosa tendrá lo suyo, recuerdos inseparables del lugar donde ocurrieron. Pero el octógono lo tiene en cada uno de sus lados, en cada columna y donde haya dado el sol. Una vez hace algún tiempo discutimos el nombre de un periódico escolar, se propusieron varios y quedó “El octógono”. A mí me gustaba, algo tenía que me parecía el correcto. Pero era chico, y aunque rogara a los mismos dioses que mencioné al principio, no pude explicar bien por qué. Les agradezco a todos por un momento más para guardar: creo que por fin he contestado.

Muchas gracias.
                                                                                                                       A.V. Marzo de 2012


Ah, y FELIZ CUMPLEAÑOS!!! Por muchos más, salud!





viernes, 24 de febrero de 2012

Llaves en febrero

Sostenés mis llaves preguntándome por qué no pasé a buscarlas. Dudo, pero con confianza ebria te contesto que porque no quise. Omito que fue porque no quise verte ni oírte, ni tocarte para que fuera la última vez. Me contás que todos los días pasás por mi casa para ir a lo de tu abuela pero que no se te había ocurrido dejármelas. Después decís que tampoco querías verme. Tampoco.
Tu amiga, mi amiga, espera afuera. Nos habíamos encontrado en una especie de clase de colegio que nos hartó cuando dieron una actividad. Vos estabas en la primera fila.
Él, tu amigo, mi amigo, se levantó; vos lo viste, guardaste tus cosas y lo seguiste. Después se sumó ella, y los 3 me vieron al último -yo acababa de pensar que no me iba a quedar haciendo estupideces-, me saludaron y quedamos en ir a algún lado.
Ahora estás atándote  los cordones demostrando que seguís tan hermosa como siempre. Te incorporás y decís lo de las llaves, me mirás de reojo como cuando yo estoy ebrio y hablo, y vos idiota y escuchás para después hacerte la desentendida;  las hacés golpearse y sonar, victoriosa, teniéndolas del llavero. Entonces pienso que sí, seguís igual de pelotuda; que sí, yo sigo descomponiéndome con estas situaciones. Que tu amigo y tu amiga, y mi amigo y mi amiga te esperan y me esperan. Se me retuerce el sistema digestivo entero y tengo rabia.

Y que no habrá nos, ni nosotros, ni nuestro nada.

                              A.V.   feb 12

sábado, 7 de enero de 2012

Caridad mediatizada

El nene camina al lavadero a buscar una bolsa negra, como le dijo su mamá. Cuando pasa por la cocina siente sed, abre la heladera y saca una botella de agua helada, recuerda que la cargó afuera -porque el agua de ahí está filtrada y no sale con esas cosas blancas- justo después de que el auto buscara a su mamá para ir a trabajar. Bebe y le gustaría tener jugo para preparar de naranja, banana y frutilla pero nadie se acordó de comprar.
Encuentra una bolsa gris y calcula imaginariamente todo lo que podría caber ahí dentro. Vuelve al estudio de su papá; llevó todo allí porque es más grande, el piso tiene esos cerámicos distintos a los del resto de la casa, son resbalosos, tienen formas, las líneas son raras, le gustan. Tiene sed, aquello le da sed y de verdad querría tomar ese jugo, pero no hay tiempo.
A guardar, a guardar, canturrea en su cabeza y comienza a separar Hot wheels de camioncitos, playmobils de muñecos comunes, hace una pila de cartas de distintos mazos, junta cosas de plástico más o menos de acuerdo a su utilidad para los juegos, junta bolitas. Todo en bolsas más chicas, de supermercado, organizado. Separar y guardar, separar y guardar, hay nenes que lo necesitan más que vos. A la tarde se junta todo en la capilla. A la tarde, piensa, y no falta nada para que su mamá vuelva. Y vayan juntos, y se despidan. Algo de todo esto le recuerda a Toy Story 3 pero él sabe que no es tan grande como Andy, está seguro de que a él sí le gustaría quedarse con los juguetes, pero también se acuerda de que hay que ser solidario, hijo.
Busca cinta de papel para escribir lo que hay en cada bolsa, así va a ser más fácil repartir cuando se lleven todo. Ve una lapiciera pero no encuentra la cinta. Busca en el piso.
El cinto todavía está tirado debajo del escritorio. Su papá sigue sin volver. La ventana sigue entreabierta. Los vecinos siguen sordos.
Recuerda la escena de ayer en la televisión. Esto acá y esto allá. Hace presión con toda su fuerza y logra vencer la dureza del cuero. Y esto allá y esto acá. El nudo, acá, así y más así. Más. Funciona, el nudo funciona y la hebilla sigue manchada.
Manchada y el tercer agujerito. La pierna y el moretón. Y el tercer agujerito. La lámpara rota y sin querer. Todo sin querer. Bolsa grande. Bolsa chiquita de autos. Nudo. Cómo será. Lo vio en la tele, en noticieros, en el diario, el muñeco 3D y la Presidenta hablando sobre él emocionada. Ya es tarde y va a venir mamá.
Todo está tranquilo en el barrio, como siempre. Hace calor y quiere jugo, en un rato ella  va a volver y cuando pasen por el almacén le va a decir que compre unos sobrecitos para la vuelta. De ese y no de otro. Se ajusta bien. Rápido porque ya es hora.
El playmobil granjero lo mira. El nene sabe que lo mira. Lo mira desde el suelo, porque quedó sin ser guardado, no está en la bolsa con los demás. A guardar, a guardar. El granjero lo ve dar un paso y resbalarse, ve la ventana que termina de abrirse súbitamente. Podría escuchar el ruido seco de las bisagras que no cedieron. Y la caída. Y el golpe gris, tieso, rígido, lleno, como la bolsa. 


                                                                                              A.V 06/01/11


viernes, 23 de diciembre de 2011

Feliz cumpleaños y (próspero año nuevo)

  
 Aprovecho ahora, que estoy en mi pieza, sin que se haya cortado la luz y por lo tanto el aire, y además con agua en el tanque -sino, claro, tendría otras preocupaciones no más importantes pero sí más urgentes-, para escribir algunas líneas de saludos generales.
   Balances fueron hechos ya, semejantemente públicos y deseosos de identificaciones sin nombres. Es cierto que fue algo así como la mitad de la vida de uno, pero también lo es bastante que con cada retrato se ha dicho hasta de más.
   Sinceramente agradezco las visitas al puñado de diez lectores que sé que se dan un tiempo en el mes o entran en los links que aparecen espaciadamente en FB. Gracias a los nuevos lectores, los platenses, los que viven en otros lados, los riojanos que no conozco personalmente, los nuevos amigos que el año trajo, que halagan muchas veces por aquella condición amistosa que quita sinceridad y exigencia literaria pero que a fin de cuentas, para uno, impacta más.


  Esto tenía intención de ser corto. Pero sentí que debía agradecer a quien lee. Y si es así, también debo saludar con mucho afecto al motor de búsquedas de Google que hace entrar a gente de varios países hispanos que escribe: qué hacer si encuentras un móvil, cuánta agua y cuánta polenta, mariana carolina rivas, me confundieron con el canas, cómo es el papel ajado, por qué te duelen los ojos cuando te aprietan el cuello y otras búsquedas geniales y preocupantes. A ellos, lectores sin querer, disculpas por no encontrar lo que buscaban.

  Ahora sí, los saludos.

  Que la cena de Nochebuena sea lo más alejado posible del trauma regenerado, de la obligación masoquista de someterse al sádico Papá Noel y sus regalos sin cariño, a las sonrisas forzadas y los llantos posteriores. Que la sidra o el champagne tengan el gusto que tienen y no a rabia contenida y a puteadas reprimidas.
  Que los que se fueron estén, en la nariz, oreja, bigote, pie chueco o en el dolor de huesos de algunos primos, tíos, o padres. Que los que todavía están y por el motivo que sea, estén más cerca del arpa que del bombo, disfruten. Disfruten mucho y que los egos, propios y ajenos, se hagan un lado, que el rencor se quede detrás del arbolito y las luces, y pasen un buen día y se sientan bien. Como eso es imposible para algunos -digo, lo del rencor y el tremendo malondón- que sea lo que se pueda, tampoco esperemos tanto milagro.
  Que los que sí estén más cerca del bombo que del arpa, o sea, literalmente, en el bombo, se emocionen y pateen como hizo la hija de una amiga cuando escuchó desde la panza -si eso es posible- el solo altísimo de Dios ha nacido, Dios está aquíiiii que su mamá cantaba en una iglesia de Malanzán. 
  Que los amigos se abracen, se quiten la timidez y digan lo que quieran a quienes los acompañen. Algo así como un feliz cumpleaños, pero dicho bien.
  Que el alcohol no le quite frenos a los autos o a las motos, que los perros no aúllen en Navidad, ni por petardos ni cerca de las clínicas.
  Que las casas velatorias se tomen franco por falta de laburo, estos días por lo menos.
  Que se sea, por un instante, epifánicamente feliz. O sea, que las propagandas de la Coca tengan por lo menos un atisbo de realidad.

   Por eso, feliz cumpleaños a todo el mundo, en especial al dueño del feriado, don Niño Jesús, que como dijo Paulina Carreño, es mucho más simpático que el "obeso y abrigado a punto de sufrir un golpe de calor cada vez que sus renos lo traen para estos lares."

   Salud. 

   (Y cuando se brinda, se mira a los ojos, ¿qué? ¿No vieron nunca a Mirtha Legrand?)







                                      A.V     23/12/11
        


domingo, 18 de diciembre de 2011

Pausa



Ces petits riens - Zaz


Ce sont ces petits riens que j'ai mis bout à bout 
Ces petits riens qui me venaient de vous



Pausar un tango cansado. 
Detener con el pulso enfermo
el trazado de las condiciones
de querer.
Disposiciones, límites, cláusulas, punto 1, 2 y 3.
Todo desgarrado y mordido.
Todo raído sobre el cuerpo.


Todo, para echar al fuego y olvidarse
de las cenizas descascaradas, de los restos putrefactos
de la histeria compartida
de las idas y venidas.
Del imaginar la réalité.


Pausar.


Y que no quede nada. 
Respirar aire vacío de voces y de caracteres. 
Que quede la canción hecha un bollo.
Y se pierda en el rincón más abandonado de una vida,
por un momento, pausa.


Quedará, solo al fin,
   la nada escrita


           a nadie.


                                       A.V.   18/12/11



viernes, 16 de diciembre de 2011

Contar hasta diez

Abriendo el alma que empuja, que presiona. Hasta que duela. Que corte, que desgarre y silencio. Y mirada.
Y aquí no ha pasado nada. Nada y el tiempo. Tiempo que se cuenta hacia atrás. 5.
Y la saliva amarga, los labios secos. 4.
Y debajo la historia. Su estribillo y bis. Y de repente es 1. Y se detiene.
Se empieza suspirando desde 157.368.690, pero al final del tema, cuando el fuelle se ahoga y el tango hace chan chan, la cuenta da lo mismo. 1 y solo uno.

               A.V. 16/12/11

viernes, 9 de diciembre de 2011

Calculo:



   Distancia, peligro, confianza, pérdidas, escuchas, chateadas, celos, el olor a shampoo, la mirada centrada pero no bizca. (No sé si hacía calor, estaba húmedo o corría viento. Marrones, medio verdes, ¿ah?)
   La botella, el vuelto, los vasos, la mesa. El chamuyo, desinteresado, rebelde mentiroso, paranoico gracioso o sólo hablemos de vos. El último. Sonreís con la frente entristecida y decís sed con labios húmedos.
   La tapa a rosca, el gas, el latido enervado. El vaso inclinado. Servir y que no derrame, -su mano-. 
    Marrones, medio verdes.
    Las medidas de la mesa y las de mi brazo, mi cuello. Y el suyo.
    Sí, digo. Su oreja.
    El Garrahan, dice. Sí, sí, contesto; sus dientes. Dame, pide; las líneas de su mano, su brazo, su escote, la mesa, la tapita. -Esperá-, me alarmo como si supiera, como si todo estuviera sentenciado. 


    "SEGUÍ SOÑANDO", tipografía nauseabundamente insulsa, en negro, encerrada en el diámetro perverso de una tapa de coca-cola.
     La rabia, su nombre, el de ella, su nariz y la arruga imperceptible, el botón desabrochado de su camisa. La puerta de vidrio.
     En cuánto tiempo y cómo cae al soltarla. La fuerza, la patada. O aplastarla contra el asfalto. O romperla de mil formas. O abrir los ojos y ver el techo, sentir la almohada y levantarse. La última.


                                                                                         A.V      09/12/11

martes, 29 de noviembre de 2011

Autoretrato del 2do año en LP



   Agregué a la lista unos fideos con verduras varias y pechuga cortada en cuadrados pequeños. El error fue el casancrem.


    Empecé análisis y vivo con más grises, o más bien, trato de llegar a vivir lo más gris que pueda y me esfuerzo día a día por llegar a esa sombra de los extremos más lejanos. JAJA. Se supone que tengo que hacer lo que tenga ganas. Eso está muy bueno. Es indicación psicoanalítica, qué tanto. 
    Empecé taller acá. Ya no empiezo por los finales; empiezo cuatro veces, escucho al texto. Igual soy un mal alumno.
    Digo casi 200 palabras por semana en portugués. Obviamente repito 10 o 12 las 10 veces para llegar al índice. Las más comunes son: "meu coração não sei porque".


     Corregí un promedio de diez trabajos prácticos por semana con tinta roja hasta agosto. Después perdí la lapicera y corregí con verde y puse más MB, algo habrá tenido que ver que quedaran menos chicos. Después se me acabaron las lapiceras negras: una bic y una de Franja Morada que se quedó sin ganas antes del fin; por lo tanto usé la verde para los apuntes y encontré la roja. Durante las clases hablé poco, intenté ayudar en algo y sólo al final me sentí útil. 


     Cursé Historia Argentina, llegué a varias conclusiones, pero como quiero estar tranquilo no las pienso demasiado. También cursé algo más que ahora no me acuerdo, no debe haber sido tan importante.
     Ahora me acordé y fue metodología. Sólo a vagos perfeccionistas como a nosotros se nos hubiera ocurrido trabajar con un ciclo de charlas. Ajam, todos los jueves anotando quién entraba, cómo era, bla bla bla. Aprobado. Promocionado.


     Me enamoré de una blogger que a los cinco posteos se puso de novia con una chica. Me gustó más. Viví la estúpida y patética insensatez de escribirle un mail (y no mandárselo). El asunto era: "mirá nena"; pero el pibito (léase changuito) fui yo y no se lo mandé nada.


    Volví a concluir que pocas cosas son mejores que internet. Quizás Cuevana, pero es como el queso y la pizza. Y la compu, o sea la vaca. 


    Pasé horas y horas en frente del Audition editando separadores de 23 segundos. Lo más triste fue darme cuenta de que disfrutaba aquello de sobremanera y que el tiempo se iba justamente en lograr que se percibiera todo perfectamente. En el estudio nadie escuchaba nada, el volumen estaba muy bajo, o la música pisaba todo balance ecualizado que hubiera hecho. 
   También me puse nervioso frente a un micrófono. No era el del karaoke por supuesto. Era el de radio y resolví que lo mío es, justamente, hacer separadores.
    Cursé Audio I y me dieron ganas de probar con algunas tomas. Encontré VIMEO y quise cambiar de carrera.


    Escuché 3 óperas, la última ayer, que duró 4 horas y media. Es lo más lindo de esta ciudad. También entendí por qué vamos tantos hombres a ver ballet (de todas formas, no encontré muchas en FB, no tienen vida).


    Cursé psicología y me fascinó pero terminé peleado porque te obligan a hacer un trabajo final en el que cada frase, y hasta cada sustantivo adjetivado es una patada voladora a cualquier cosa que se aprecie de ciencia. Entendí que la Facultad consiste en boxear a las teorías que pensaron hombres y mujeres durante toda una vida, sin que te importe y con la esperanza de promocionar e irte a tu casa.


    Leí pocos libros. Eso me da culpa, ponele. De todos, me acuerdo de uno de Saramago y otro de Faulkner. Ahora uno prestado de Duras. Leí varios para Textos II bastante insulsos y les discutía algunos párrafos. Mi ego literario crecía y decrecía hasta lo más profundo dependiendo los blogs que encontraba y los cuentos que aparecían por "la interné".
   Conocí más gente, pero sigo quedándome con la del primer año, salvo por algunas buenas excepciones con saltos de tonos en sus voces. La conversadora mesa de radio fue genial.(Ahora que lo pienso más, sí conocí gente genial y me pongo contento mientras repaso).


   Vi stand up con las actuaciones de la mitad del staff de FM Metro. Y me reí en vivo y en directo, comiendo pizza y desde la primera mesa.


    Tuve mi primera vecina amiga y le envidié el departamento.


   Encontré, gracias a personas que nunca olvidaré por ello: el comedor del Banco Provincia (significado: comer en platos de verdad, con cubiertos de verdad, sin tener que levantar la bandeja, por muy poca plata); pizza libre a 18 pesos -ahora está a 23 y no me cae tan bien-; un cuchitril al frente de un ministerio a 3 cuadras de mi casa: barato y -no vamos a decir qué riiiiiico pero- aceptable.
    Fui al gimnasio, crecí y decrecí con cada ida a La Rioja. Volvía y me enfermaba o tenía exámenes, lo que es más o menos parecido.


     Pasé la mayor fiebre de mi vida, en mi pieza,solo, de noche y con el caloventor al mango. Una de esas noches, deliré. Le dije a mi mamá, a la mañana siguiente por teléfono, que una mujer rubia del Teatro (?, vino a darme una pastilla que me mejoraba pero no me dijo qué pastilla!! Y mi mamá me decía "está bien".


    Escuché música que no tengo en el celular. Fui a un recital impresionante con mis primos, nos llovimos y nos conocimos más.
    Odié cuando se dejó de escuchar Radio Metro por el celular y descubrí que cada 2 cuadras se puede captar más o menos bien la Rock&Pop y la Blue. Me angustié porque las radios platenses son malísimas, pero se salva Provincia y su música.
    Me subí al micro que hace el recorrido por La Plata y me enteré de muchas cosas.
    
    Conocí más de Buenos Aires, entré a la Biblioteca Nacional y pedí un Clarín de Mayo del 68'. Cuando salí, cuatro horas después, había llovido, se habían caído árboles, y de Recoleta salía un vapor que te hacía volar (algo tenían esas páginas). 
    Juré casamiento cinco veces en San Telmo, pero las francesas no me escucharon. 


   Busqué departamento. Bah, vi cinco o seis, por afuera nomás, que aparecían en los clasificados digitales de El Día. Aprendí a mirar para arriba.


   Nació la primera bebé platense que vi crecer desde la panza. 


   Me desencontré por segunda vez con Mariana Enríquez, pero una amiga me regaló su último libro autografiado ("Me acuerdo de vos, riojano").
   
   Me enojé varias veces. Casi siempre con los trabajos finales. Igual, no grité ni anduve haciendo espectáculo; solamente se me destruía el hígado.
    




Murió el Tincho.


    En la pensión siguió viviendo el Gordo. Al lado de mi pieza, del lado del durlock, hay un chico que no ronca. Del otro lado, vive un colchonero que tiene más novias que noches la luna -según él-. PUSIERON INTERNET COMO LA GENTE!!!!
    Vi un choclo hervido, con toda su dentadura completa, en el inodoro del baño de afuera y me pregunté con qué estaba viviendo.

   Viví los últimos días de noviembre en la nube que es esta ciudad para esta época.

    No vi a Fito Páez ni una sola vez. Vi a Aca Seca. 
    No fui a muchos boliches. Fui a una atestada fiesta en un centro de estudiantes y vi a una chica ser literalmente aplastada por la masa fiestera.
   Amigos de LP conocieron a amigos de La Rioja, y fue como ver el Facebook haciéndose realidad.
    Sigo queriendo aprender francés. Sigo soñando en irme a vivir allá y acostumbrar a una nativa a bañarse todos los días. Sigo queriendo envejecer con una parecida a Mélanie Laurent.

    
    
   También fui feliz. Pasé una noche de la mano y fui más feliz. 
   Después me dio miedo y volví a ser yo, así nomás, inhóspito y pensante.
   Y pasaron el tiempo, los meses, las estaciones, las hojas de los tilos, las alergias, y las boletas y propagandas electorales, las sonrisas forzadas, los cantitos, el empapelado de muchos colores.
    Llené otra vez la caja de fotocopias que no quiero tirar.
    Pasó mucho y pierdo la memoria.


   Fue lindo, qué sé yo.
   Todavía no sé si quedarme con el 3822 o el 221. Me entretengo comparando las posibilidades. 




                                                                             A.V  29/11/11



Nota: Feliz cumple a Dai, la que creo fue la primera amiga que técnicamente vi antes de empezar las clases en febrero del año pasado y al día de hoy sigue invitándome a tomar una cerveza a la placita. 




viernes, 18 de noviembre de 2011

Barbaridades (en tono de Trabajo Final)



Que se escriban solos los conceptos, 
que se embarren, que se estiren, que se toquen.
Que se mezclen y se anuden, que se rompan, 
que transpiren, 
que sangren.


Que se golpeen. Que se tiren de los pelos. 
Que se retuerzan: 
Freud, Castoriadis, su señora esposa y los enunciados identificatorios;
que festejen, que se alcoholicen, que se desnuden.


Que se enfunden en alfombras tibias. Que se mojen. Que se muerdan.
Que brinden, que sigan bebiendo y se atraganten.
Que se griten. Que se escupan.
Que apaguen algunas velas, y que jueguen con las que quedan encendidas,
que dejen caer la cera ardiente sobre sus agotados cuerpos 
y aúllen como perros.


Que agoten sus gargantas en carcajadas oscuras, y se burlen. 


Que vomiten.


Las salivas mezcladas, los conceptos, los autores, 
el mundo, el hoy y el antes de ayer, que se fundan, todos,
en una bilis catártica 


e inunden, sin hedor ni pelusas de tiempo,


cada virginal hoja de word,
                                              tamaño 11, interlineado 1.5




Y vuelvan a morir.




                                     A.V.  escribiendo#trabajodePsicología
                                                                                           18/11/11


¿Qué? ¿A caso no le llaman a ésto "sublimar"?



viernes, 11 de noviembre de 2011

Misma astilla


Detrás del escritorio y el hombre hay una pared revestida de empapelado viejo y marrón madera que alguna vez fue elegante. De un clavo casi imperceptible cuelga un cuadro, grande, con marco de plata y vidrio astringentemente limpio que cubre la fotografía en blanco y negro autografiada de un hombre alto, que sonríe soberbio, saludando con una mano y empuñando un palo de golf con la otra.
Sobre el escritorio, está abatido en sus codos el hombre. Acaricia nervioso su cabeza, engrasando los pocos cabellos que le cuelgan a los extremos. Está agotado, oprimido. Tiene los pies suspendidos en el aire y los balancea golpeando las patas del sillón vencido. Su saco gris permanece pegado a su cuerpo gordo, su camisa está húmeda porque hace calor y no funciona el aire acondicionado. La ventana está cerrada. El olor a habano endulza con su perfume el despacho y eso perturba más al hombre: el Señor Cifras pasó por ahí la semana pasada, encendió el cigarro importado -de contrabando- y dijo sin rodeos:
-Estamos mal, Aníbal. Estamos mal.
Aníbal entonces, hizo números. Llamó a quien tenía que llamar hasta que todos le cortaron el teléfono. Insistió. Envió e-mails. Pero nada. Se le cerraban las puertas. Y el olor insoportable le contaminaba los pulmones.
Entra Sara, la secretaria, dando un portazo y despliega algunos informes sobre el escritorio. Un portarretratos con la fotografía de la hija del hombre cae al suelo y a nadie le importa. La mujer se abalanza sobre la mesa y lo mira; se inclina por sobre su cabeza y abre los labios, toma aire y habla. Sus brazos se tensan y la catarata verbal se acrecienta. Última vez, última vez, repite y mueve las manos; toma algunos papeles, los hace un bollo y los arroja contra todo lo que hay en el despacho. Acierta a una lámpara, a otro portarretratos con otra foto familiar en la que el hombre sonreía, a una escultura horrible de plástico que le habían regalado, voltea todo; golpea el escritorio con el puño y repite el discurso. Señala el cuadro y continúa vociferando. Lo señala y amenaza con romperlo también. Aníbal siente un dolor en el pecho cuando la mujer dice aquello pero no puede mirarla.
Aníbal cierra los ojos. Respira profundamente intentando intercambiar los olores. La fragancia de la colonia de Sara es espantosa pero la prefiere a la del habano del Señor Cifras. No dice nada. Sólo asiente y espera a que Sara se retire dando otro portazo y su perfume permanezca un rato más.
Cuando la secretaria abandona el despacho, comienza él mismo a patear las pocas cosas que quedaban de pie allí dentro. Transpira y sus cabellos resbalan de un lado a otro en su cabeza. En un vaivén, tira todos los papeles del escritorio al suelo, quita los cajones de sus lugares y también los lanza lejos. Empuja el escritorio hacia una de las paredes laterales, cerca de un mueble donde solía guardar las bebidas. Patea el sillón que pierde una ruedita de una pata. Golpea el teléfono. El monitor de la computadora cae y un ruido seco contra la alfombra indica que ya no será útil.
Quedan ahora ellos dos solos. Uno frente al otro. Aníbal se deja caer en el suelo y toma sus rodillas con las manos, como un niño. Lo mira fijo. Donde debió haber estado el sol esa tarde de almuerzo en Pilar, esta mañana hay un brillo que llega directamente de la ventana cerrada en el despacho de Aníbal. Se iluminan los ojos oscuros del hombre del cuadro. Se pueden ver mejor sus dientes blanquísimos y sonrientes, y hasta podría decirse que el hierro 7 también centellea detrás del vidrio.
-No sé qué pasó. Necesito explicaciones- Aníbal habla suave y lentamente, tratando de controlar el llanto-. No entiendo.
Pasa su mano por su rostro, y baña su frente en sudor. Se agita, la presión le juega una mala pasada y comienza toser, por las dudas, como se lo indicó el médico.
Hago todo. Todo al pie de la letra. Todo- prosigue, agotado; pero parece recordar algo y sonríe-. Hasta hablo como usted- lo pronuncia exactamente igual: acentúa la primera sílaba de cada palabra-, pero nada, no encuentro respeto en ningún lado. Ella lo tuvo más fácil, usted sabe. Una mujer…-se cansa y espera para continuar-Una mujer es distinta a uno. Yo ya no sé cómo hacer.
Una lágrima que puede ser de sudor, o una lágrima de dolor se impregna en el puño del saco cuando Aníbal lo acerca a su nariz. Se percata de esto y aparta con violencia el brazo de su cara. Mira el cuadro. Intentaría una disculpa pero no la siente. Honestamente, no la siente. Se lleva el brazo nuevamente al rostro y lo enjuga secándose toda la cara.
Recuerda esa tarde. Habían almorzado todos juntos, todo el partido reunido alrededor de una larga mesa. Él, él con mayúscula, hablaba; ellos, minúsculos, escuchaban en silencio, sin atreverse a tocar los cubiertos. La comida se enfriaba. Era una prueba de fuego. Más tarde Él jugó al golf y Atilio, el fotógrafo del partido, inmortalizó el saludo que ahora cuelga de la pared.
-No nos acompañan. Es el final del ciclo. Le pediría disculpas, pero fue usted el que mintió primero. Usted, con este saco. Con éste.
En un arrebato de furia se quita el traje, lo hace un bollo y lo lanza lejos contra el sillón, se rasga la camisa transpirada y la tira hacia el otro lado. Su pulso se acelera y tose. Vuelve a caer arrodillado al suelo, el piso tiembla.
El clavo cede. La tanza transparente se corta y estruendosamente cae el cuadro, con su marco de plata. Y el vidrio estalla. La fotografía comienza a doblarse sobre sí misma, como si hubiera estado conteniéndose por todo ese tiempo.
Aníbal mira la escena espantado. Una señal. Busca sus pantalones, y una remera en un pequeño cajón revuelto. Mira la foto. Lee por última vez la firma. Se despide.
-Papá-dice por fin, y cierra la puerta de un portazo. La corriente sorprende a Sara que mira anonadada a su jefe, el hijo del padre, que camina decidido-. Adiós.
Afuera está caliente, pero se respira el placentero olor a pegamento ajeno. La campaña terminó.


A.V. 11/11/11
Cuento para Trabajo Final de Textos II


lunes, 7 de noviembre de 2011

1. Cría cuervos


No preguntó al chofer cuánto costaba el trayecto hasta la Plaza Principal, ni mostró su credencial, directamente pagó el boleto más caro. Tampoco agradeció cuando una mujer joven que hablaba por teléfono le cedió el lugar. De todas formas se bajará pronto, pensó. Simplemente, se dejó caer sobre el asiento, colocó su portafolios -con su obra de arte dentro- sobre sus piernas, lo abrió y extrajo una carta. Disfrutó al sentir la cosquilla que hacía borde mal cortado del sobre y leyó las letras de tinta azul.
Una ventanilla estaba abierta y hacía que el papel intentara escapársele de las manos, ya débiles, ya inservibles. El viento lo hacía perder el hilo, por lo que retomaba la lectura siempre desde el principio. No hacía muecas. No eran necesarias, nadie lo miraba, nadie podría contarle nada a nadie. La tarea debía ser limpia y para nada sobreactuada, no hacía falta hacer de aquello un circo.
Leyó la firma. No apretó la carta contra su pecho, no la posó sobre sus labios, ni siquiera rozó una vez más las arrugadas yemas de sus dedos contra el reverso del papel para sentir el enojo incontenido de su hijo. Solamente volvió a colocar la carta en su sobre y abrió un poco más la ventanilla. Nadie se quejaba por el aire helado que entraba. A nadie le molestaba nada.
Acarició su obra maestra. Cable por cable. Apenas era visible la luz roja. Calculó las cuadras. Miró las copas de los árboles y comprobó que no había demasiado viento afuera, pero sí el suficiente para hacer llegar el sobre a la vereda. Y luego. Y luego…

Volvió a mirar dentro del portafolios. Todo estaba listo. La carga estaba conectada. La luz nítida. Su mano firme en el interruptor. Sostuvo el sobre hasta que se decidió a soltarlo, cuando el colectivo dobló la esquina. La casa del desagradecido se veía sorprendentemente abandonada. Repasó los metros que faltaban.
El chofer frenó, algo brusco. No había una parada en ese lugar. Era mitad de calle. Nadie miró nada. A nadie le importaba nada. La puerta corrediza se abrió y subió un hombre joven vestido con un traje marrón. Rengueaba, fingía. Se burlaba. Alguien se levantó, caminó hasta la puerta y bajó. Él giró para ocupar el asiento, pero se detuvo. Empuñaba un arma. Tampoco hizo espectáculo. Ajustó el silenciador al cañón con precisión. Simplemente, disparó. Su padre murió sosteniendo el interruptor, esperando el momento indicado, en su último intento por ser ejemplo. 

                                                           AV. Algún día de octubre 2011.


Foto de Noelia Torres "A Secas"

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