sábado, 30 de julio de 2011

Ejecuciones nocturnas

                                           ellos piensan, ella ejecuta.

1.
La mujer y su nombre perfecto aparecieron hoy, sobre mi mesa de luz, con una mentira y su firma. No le llevó más que trece renglones cortados de una hoja que arrancó de mi libreta. Trece renglones. Tres líneas escritas. Su firma.
Me desperté con el estómago revuelto, ardiente; el aliento perdido y la cabeza vagando en la otra esquina, en el cruce de la avenida más transitada con la de la entrada de veinte…no, treinta colegios en la otra cuadra. Mis brazos yacían sobre el colchón húmedo y gélido como los bostezos de los choferes de colectivos que salen y entran por esa calle; me dolían como cuando frenan, y se estiran. Y las monedas en los bolsillos que eran tantas, las piernas pesadas tenía, cansadas como después de correr por vidas ajenas, agotadas que tiemblan, como cuando ya no sirven para dar una patada más. Fue ahí cuando me senté en la mesa de la cocina/living/comedor y abrí la cortina.
Y leí el papel. Lo leo ahora. Tiene un perfume que no recuerdo. Había escrito con cuidado, o por lo menos parecía una caligrafía practicada, cada palabra apenas por encima del renglón, como en el aire. Perfecta ortografía. Tinta verde de vaya saber qué lapicera, quizás de la del lado del teléfono. Simple, sintética, suprema, como su nombre.
Podría haberme dejado la nota en cualquier rincón del departamento. Debajo de la puerta. Pero eligió que la encuentre al abrir los ojos. O sea, entró de nuevo a la habitación. Tal vez se sentó en la cama y la escribió allí. O quizás se agachó con sutileza hasta la mesa de luz, a veinte centímetros de mi rostro y quizás me haya besado, enojada. O no. Quizás vino hasta esta mesa, y escribió. Lo pensó en el baño, mientras se miraba al espejo. O lo escribió contra la puerta. No, porque se nota  que fue contra una superficie lisa. Contra el vidrio, en el piso, sobre la mesa de luz.
Volví a la ventana y creí que la veía cruzando la calle. Tenía que ser ella. La vi mirar hacia acá. 3° B. El de la derecha. Giraba y miraba otra vez hacia acá. Cruzó y siguió mirando. Pero no creí que pudiera verme. Pero era ella. No estaba bien. Pensé en bajar, no podía. Ella caminó y su figura se perdió entre los marcos de la ventana. Seguramente no se fue lejos, quizás me dejó la nota sólo minutos antes de que me despertara.  Podría volver, quizás. Busqué la llave y corrí cojeando a dejar entrabierta la puerta. Iba a volver. Estaba enojada  pero quería volver. Quería sentarse y escucharme. Que se lo dijera claro. Y quería interrumpirme, levantar la cabeza, y hablar suavemente escupiendo los peores rencores. Quería descargarse y llorar, que la abrace.
La mujer del nombre perfecto quería que la rodee con fuerza y gritar dejame.
  

2.
-No sé porqué traés esto ahora. No sé qué querés saber, qué vas a lograr hablando de él. Ya está, ya fue-. Mantengo la voz y el brazo erguido mientras me sirvo más vino en la copa y lo bebo en un trago.
Claro que me importa, en fin. Estamos siendo honestos ¿o no? Cada uno y su historia. Cada uno y sus sábanas.
No soporto sus miradas perdidas. Estoy harto del no pases por ahí cuando vamos en el auto por la avenida. De que todo lleve a él y me lo niegue. Estoy cansado de que se aleje sin explicación, harto de ver el número de él todavía en su teléfono.
Se equivocó al elegirme.  Piensa que debería haberse quedado con él. Y no con el pelotudo que no hace otra cosa que trabajar. Con este viejo de mierda que no puede estar con ella.
Y yo dándole con todos los gustos.
Lo difícil es el silencio. Y las respuestas vacías. Su espalda cuando le hablo. La almohada entre nosotros. Su insomnio. Sus horas en el baño. Su silencio.
Lo mataría. Iría hasta su mugrosa habitación a matarlo. Pero soy un insecto a punto de reventarse, con qué cara. Una mosca casi muerta. Ni siquiera una mosca porque las moscas se apoyan en la mierda y yo no tengo ni los huevos para mandarlo a la remilputa que lo parió.
-Y sí, quiero saberlo -digo después de pagar la cuenta-. O terminar con esto.


3.
Él sabía que todavía guardaba la llave en el ropero. Lo sabía. Y sé que muchas veces debe haber querido tirarla. Llevársela y nunca devolvérmela, o simplemente hacer que se perdiera.
Anoche después de cenar, fuimos a casa. Me gritó como nunca en su vida. Me lastimó las muñecas. Me pegó una cachetada. Me obligó a buscar la llave y subir otra vez al auto.
Tenés que elegir de una buena puta vez-me gritaba. Ya lo había hecho. No iba a llorar, no iba a hacerme la pobrecita con nadie.
Estacionó a la vuelta. Ya era tarde, día de semana y nadie circulaba a esa hora. Abrimos la puerta de abajo, el portero no estaba.
Subí vos y elegí. Te espero una hora. Nada más. Sino no volvés, no vuelvas nunca más.
Abrí la puerta con cuidado. No quería espectáculos. Hacía dos años que no lo veía, me acordaba del departamento, pero estaba algo cambiado. No estaba en la cocina, ni en el baño. Durmiendo. Serví agua en un vaso. Busqué en la cartera la pastilla. Me acerqué hasta su cama y escuché que la puerta de entrada se abría otra vez.
Fue un tironeo. Se agarraban los brazos pero no se golpeaban. Se gritaban, se putearon. Se tiraron al piso. Pero no se golpeaban. Eran unos cagones los dos. Yo gritaba para que se dejaran pero en realidad no lo quería. Quería que se hicieran mierda los dos. Pero no se pegaban los muy cobardes.
Bajá, bajá ya. Subite al auto. No te quiero ver más- dije al final. Me habían cansado. Los dos.
Me hizo caso. El otro quedó en el piso, agotado, asmáticamente agitado porque ese debe haber sido su esfuerzo físico más grande en estos últimos años.
Le ayudé a recostarse. Saqué de la cartera otras dos pastillas cualquiera y se las di. Se durmió profundamente, como siempre. También saqué una lapicera. Y arranqué un papel.

No me hables, no me llames, no me jodas. Perdete.
No te amo ni te quise nunca. ¿Querés saber algo más? Ni a él.
                                        Yo.

  Volví a la cocina. Esperé un rato sentada en el sofá percudido, quizás dormité. Por la ventana ya entraban los primeros rayos de un sol marrón. Mandé un mensaje: Salió todo bien amor, se acabó todo con los dos. Ya voy para ahí.
   Bajé; deseé haberme hecho un café antes de salir. Él nunca tiene café. Voy a llegar helada y no va a haber café. Caminé, de todas formas, hasta la esquina. Los niños corrían para entrar a la escuela. Un taxi esquivó a alguno cuando vio que mi brazo se levantaba despacio y temblaba de frío, llamándolo.


                                                             A.V        30/03(07)/11



viernes, 29 de julio de 2011

This is called "flashear"

I'm sick of 
     imagining (us)
                             I'm fukin' tired of
     watching us in a
                        stupid and unreal mirror
      with just a little cold wind as a difference

and you
  with the same unforgettable hilarious and kissable 

smile.

You do that.
You smile. And maybe you also cry inside.
But I... I just
     think
           and
               think
   and talk (to you) alone.


I close my door and you were left.
One miserable and ordinary sound and
                      you are houses
 and buses and cities
      and thoughts and lips,
           and hugs, far.
                                Far
                                          away.

I'm gettin' tired, you know.
Reality has always  been boring to me
                but this,
                this
     and your mouth s-h-u-t-


and me playing
and           replaying
the fantasy with a single word out

Spit'em all out, you stupid!

I really would like being brave

Stop the car and
tell you softly
the whole damn story

and you will look down
or you may not 
or who knows what

But  now
I've got no voice
I've got no throat


I can only
 hide
                                                                                                                      every simple knot
  in this.




A.V     29/07/11

miércoles, 27 de julio de 2011

Repetir





Se divierte negando
se entretiene pensando qué tecla, 
si blanca si negra, toca, 
con qué dedo, con qué otro,


Conoce el juego,
pasa la siesta tarde noche
pensando y volviendo a pensar


play y replay de ese piano
que flota por debajo de la 
       letra
que dice todo sin más
                         ni menos
que lo que sabe, piensa, teme.


Pero les huye
palabras
no las busca
sólo las siente
                                 peligrosas
en el mismo lugar. 


Y se entretiene, negando.


Y los días pasando.


Él, tan cobárdemente divertido


Y ella, tan canción.


Play
y
Replay


                                                                                                         A.V      27/07/11

viernes, 22 de julio de 2011

El cocinero humano

  Prepara él solo el locro. Hoy no hace frío pero quiere que se vayan bien comidos. Le gustaría poder derramar en el caldo las buenas noticias que había escuchado, que él mismo había comprobado, para contrarrestar la amargura de la novedad más triste, no hay tiempo. Querría excederse, querría añadir exageradamente el condimento que no puede encontrar aunque lo desee con su cuerpo entero, quiere hacerles saber que sus familias están bien.
   Quiere que el avión no despegue. Quiere que sea mentira pero los oídos de todos por ahí se han saturado, el horror viaja claro, sortea ventanas mínimas y rejas y se impregna en el cemento que siempre está frío, como si hubiera dejado ya, de ser sonido, como si alguna vez hubiera sido sólo eso. 
   Sigue cocinando. Los hombres no lloran, pero el locro está muy seco.
   Revuelve y la sopa burbujea. Revuelve y reza.


"...Pero creo que Dios se quedó finalmente para ver cómo nos sacaban
en la mirada húmeda del cocinero Peñaloza que apoyaba su gordura 
sobre el alambre tejido que entonces bordeaba el IRS."
Ricardo Mercado Luna
"Los rostros de la ciudad golpeada"




 Nota: Desde marzo de 1976, decenas de periodistas, profesores, artistas, párrocos y escritores fueron secuestrados en el "Instituto de Rehabilitación Social" (IRS) de La Rioja por la Dictadura Militar. Entre torturadores, guardiacárceles, médicos y curas cómplices y gendarmes hubo un cocinero que se preocupó por alimentar bien a los detenidos. R.M.L y Arturo Ortiz Sosa lo recuerdan y lo ubican dentro de los más piadosos junto a los otros guardias Ruiz y Martínez que a veces llevaban noticias de sus familias a los incomunicados en papelitos, o simplemente las susurraban.


                                                                 A.V     22/07/11

sábado, 9 de julio de 2011

Ya no es lo mismo. #unavidasinTincho

Tincho CALLAAAAAAAAAAAATEEEEEEEE!!
nono, mentira. 
Buaaaa.


  Ya no se escucha el sonido de sus uñas hace quién-sabrá-cuántos-años no cortadas, sobre la madera del pasillo, donde duerme el Gordo y ya no me pregunto cómo mierda hace para no sacarlo de ahí a patadas cuando rasguña en medio de su siesta reparadora; ni me respondo que con esos ronquidos: "qué se va a despertar". 
   Ya no escucho que Carlos se queje de tener que cocinarle la carne al horno todas las benditas noches, ni gastar setenta mangos en pastillas para el reuma -del perro, claro-. Tampoco se escuchan los ladridos cansados, roncos, desde el garage para que alguien le abra la puerta aunque él no se pudiera levantar.
   Cumplí con mi palabra. Será cruel, pero digna, quizás tozuda pero en fin, de las pocas "palabras" que pude mantener, alguna vez. Jamás. Nunca. Pero nunca le pasé un dedo por la cabeza con algún atisbo de cariño. Ni siquiera con el pie le acaricié el lomo. 
   Sí lo toqué una vez, pero de pura bondad y lástima, un día que el perro se meaba adentro y no podía levantarse. Con las dos manos le sostuve el cuerpo, como una hamaca para bebés, y lo hice salir. El escalón entre el "hall" y la puerta hizo que se cayese, pobre Tincho, despatarrado, como en los últimos meses por ese tumor que fue creciendo y creciendo. Y mis pantalones quedaron llenos de sus pelos, perdí el micro que pasaba por la esquina en el momento exacto de cuando terminé de empujarlo, suavemente con el pié. Era paradójico cómo algunas veces que cuando él salía como paciente de rehabilitación, al mismo tiempo caminaba una viejita con andador y enfermera atrás, por la misma vereda. Seguro se comprendían.
   Hubo un tiempo en el que yo también sentí lo mismo, un tiempo en el que nos entendimos. Los dos esperábamos que el calendario pasase, que pasase rápido. Lo hizo, inexorablemente, y lo que rogué un domingo, enojado con él, pobre animalito viejo, terminó pasando, hace unos días nomás.
   Me enteré por mensaje. "Che, se llevaron al Tincho". Uh, bueno, ya era hora, pensé. Ese mismo día se había quedado encerrado en la cocina, al lado del horno. Había caminado desde el garage hasta ahí, seguramente esperando que alguien hubiera prendido alguna hornalla, o quisiera desayunar una tarta. Cuando fui al baño, pasé por ahí, lo vi, junto al líquido en el suelo; llego tarde. Hice como si nunca lo hubiera visto y me fui a la facultad. Igual, llegué tarde.
   "Quién te dijo?" "Carlos" Pasó un rato después de esos mensajes y llegó otro. "Se murió nomás". Entendí que Matías había ido a la cocina, y ahí Carlos le contó. Al día siguiente me levanté a las siete de la mañana y ahí estaba. No no, no su espíritu: Carlos. Me confirmó que "la casa está de luto". Yo pregunté con cara del recién-despertado-más-boludo-de-la-17: "¿Quién, el Tincho?"  "Sí, pobrecito. Ayer a la tarde lo sacrificamos".  Uh. 
   Parece que había estado boqueando y "estirando la pata" (ahora entiendo de dónde viene el término) toda la mañana después del incidente de la cocina y bue..no quedó otra.
   Se fue un perro querido, con quince años y medio de anécdotas contadas por su dueño. Que se iba al bosque y después volvía, que lo llevaron a Ensenada corriendo detrás de una moto y volvió solo, que se iba a donde estaba alguna perra en celo y se quedaba ahí por días, que varias veces mordió a los vecinos y otras qué-sé-yo-qué-sé-cuánto que lo enaltecían como un verdadero macho alfa. Algún día intentaré recopilar y escribir una biografía perruna en su honor. 
  Con sus cosas detestables y algunas que otras cosas loables que yo ignoro porque me tocó vivir su vejez más hinchapelotas, se fue el perro más querido de esta cuadra, por el que venía gente a tocar el timbre a la siesta cuando lo veían descuajeringado sobre la vereda, o por el que me preguntaban bien temprano a la mañana los padres de los chicos de la Escuela de la vuelta. Fue un perro famoso, dicen que valiente, "perrariego" y viril. Se fue rápido, después de todo, relativamente hablando.
   En fin, ya no tendré que preguntar novedades cuando hable por teléfono desde La Rioja con la gente de la pensión: ya no habrá nada nuevo que sea lo suficientemente importante.


Para Ellos y el Tincho, que conducen desde el cielo. RIP RIP, hurra!!


                                                                     A.V        8/7/11


jueves, 30 de junio de 2011

Quinta Avenida al 500


  Mientras ella espera que se levante la puerta del estacionamiento del edificio tarareando la canción más triste que se le ocurrió, un hombre, algunos pisos más arriba, muestra a su hijo por Skype su nuevo departamento.
  Es amplio, sobrio, de aquel estilo de diseño caro y ultramoderno que publican las revistas. Pero no lo dice en voz alta, sino que deja que su hijo observe, en silencio, cómo ese hombre al que nunca quiso, hoy vive mejor que él. Un pobre viejo pelado que nunca movió un dedo, a diferencia suya que se hizo cargo casi por orden natural de la empresa en ruinas. El balcón, enorme, de parqué y con jacuzzi aparece en fullscreen en la pantalla del hijo, que derrumba el mutismo, después haber sostenido por largos minutos una sonrisa :
 -Eso, de allá al frente, ¿qué es?
 Cuatro cúpulas de tejas grises coronan un edificio clásico, prepotente, blanco recientemente pintado, con cientos de escalones por los que no sube nadie y que se interrumpen por tres columnas de facto. Varias estatuas de bronce ilustran el palacio. Son figuras de mujeres jorobadas y soldados aguerridos.
  - Defensa Nacional, qué precioso lugar, ¿no?
  El joven de traje azul sobre remera negra, mira su teléfono y ve que las estadísticas están bajando. Agradece al cielo, mira fijamente hacia la pequeña cámara y cierra la tapa de su computadora. El otro, peina con sus yemas una ceja canosa, y entiende; deja la máquina sobre la mesa y vuelve a salir al balcón.
  En un edificio cercano se ve a una mujer alta, rubia, cubierta con un abrigo de piel naranja y con rayas negras. El hombre piensa que no puede ser piel de tigre, está convencido de que en aquellos tiempos no puede ser.
   La mujer balancea con ternura un cochecito, y pueden adivinársele los labios curvos mientras lo hace. El coche también está cubierto con algo naranja, pero el hombre no alcanza a divisar de qué se trata. Ella comienza a reírse, y se escucha su carcajada quebrar toda resistencia que opongan el aire y la distancia. Ríe y se contuerce. Ahora puede verse mejor el coche. Sí, los dientes son largos, brillantes, sus ojos están abiertos y su hocico parece húmedo. Está tendido como cubriendo el coche. Un bebé llora.
  En la habitación de al lado, una niña maquilla su transparente rostro. Intenta darle color pero nació blanca y pálida. Sus ojos son pequeños, como todo su cuerpo sentado en una silla de patas doradas y respaldo barroco. Mira alternativamente al espejo y hacia afuera. Se inclina sobre el escritorio, pequeño, y abre una ventana. Abre su boca y deja salir una bocanada de humo. Mueve su mano y deja caer las cenizas al suelo.
 Abajo de todos ellos, la mujer enciende las luces de su vehículo, avanza hacia su estacionamiento privado. Hay otro auto en su lugar. Se sorprende. Le gustaría enojarse, para bajar de la camioneta y decirle al que está adentro -hay alguien sentado en el lugar del conductor- que se vaya inmediatamente, que no tiene por qué estar ahí y que es un maleducado, irrespetuoso. Pero no lo hace. Hoy, no puede hacerlo. Espera unos segundos y vuelve a tararear la canción más deprimente que recuerda. Intenta con un cambio de luces. El hombre baja del auto. Camina lento, ella desciende también. 
 -¿Te gusta?
 Él canta. Sonríe y canta. Ella mira el suelo. Él la abraza y aprieta. Presiona. Muerde. La canción más triste del mundo suena de sus labios, otra vez, desde el principio. 

                                                                                                      
                                       A.V             30/06/11



jueves, 16 de junio de 2011

Ojos de vidrio

Desde Horacio Quiroga y alguna que otra de sus obras 
y alguna que otra esposa suya.



   Estará tendida a tu lado. Te mirará, con su cuerpo de costado.


   Te despertarás preocupada. Abrirás los ojos y habrás llorado. Será temprano y aún no habrá cruzado el sol la lejana línea inerte tras la ventana.
   Te sentarás en la punta de la cama, tocarás tu pelo y sentirás mi olor. Jugarás, somnolienta, con tus dedos, que caminarán por tu brazo, como solían hacerlo los míos, mi niña; y te los llevarás al cuello, harás que aprieten, que se marquen en la piel y correrás a mirarte en el espejo.
   Repasarás las marcas y te descubrirás las piernas. Tendrás la voz enterrada bajo tu pecho y querrás gritar. Querrás llamar a tu madre, Niña, pero estarás sola; sabrás que nadie te escuchará y hasta los pájaros habrán callado.
   Caminarás por la casa sintiendo el aire fresco que entra por algún escondrijo y te recorre por debajo de la camisola que aún te queda grande. Empezarás a desesperarte, correrás y tendrás frío. Entonces intentarás cerrar la ventana. Y llegarás a ella, pero nadie la habrá abierto. Todo estará cerrado.
   Pero habrá luz; habrá comenzado a amanecer y observarás la inercia de los pastizales y de aquel algarrobo que recordarás bien: esa mañana conmigo y mi boca. Todo estará teñido de un naranja inmundo y querrás maldecirme porque verás sangre, tu sangre, en el cielo, y querrás pero no sabrás cómo arrancarme, desgarrarnos de ahí.
   Recorrerás las habitaciones y seguirás percibiendo mi olor en cada mínimo rincón, en cada vértice y te costará respirar. Desearás que nada hubiera sido como lo fue y te arrepentirás de no haber oído a tu padre ni sus llantos de poco hombre que quiso mantener en secreto. Ni siquiera escuchará los alaridos histéricos que nunca darás porque sabrás que él no llegará jamás.
   La evitarás. Rasparán tus uñas la puerta entreabierta pero al pasar a su lado cerrarás los ojos con tanta fuerza que harás que te duelan las pestañas y se te quiebre el rostro de frío. Rehusarás tomar aire y escaparás. Huirás hasta que el sol la golpee y entrarás.
   Verás la mesa y ahogarás el grito. Comenzarás a temblar y no podrás contener tu llanto. Verás metales fríos y filos putrefactos cargados de mí. No querrás pensar en nada, pero no ha pasado tanto tiempo, todavía permanecen intactos en tu memoria cada uno de los pasos que diste, lo que hicieron tus dedos y tu boca, tus dientes.
   Partirás desesperada hasta el cuarto. Caerás agotada sobre las mantas que perdieron ya tu fiebre de anoche. Mirarás debajo de tus uñas, rasgarás tus pequeñas y dulces manos queriendo quitarles la sangre seca. No habrá madre, ni padre, ni diminutos y pulcros conejos blancos que te escuchen llorar. Sólo estará ella, con ojos de vidrio, resecos, áridos y su corazón de trapo. Y sólo ella podrá entenderte, dulce Niña, y no culparte.


                                                                                       A.V            17/05/11


Producción en Textos II - Consigna: cuento de amor, locura y muerte.

sábado, 11 de junio de 2011

Inicios de la hist(e)ria

1.
Arrancaste un trozo de corteza vieja. Te arremangaste el guardapolvo. Escribiste mi nombre pero no el tuyo, un corazón y un X100pre. Tallaste todo con cuidado, en ese árbol en la esquina de la plaza, frente a la escuela. No dejaste que te ayudara, sacaste de la cartuchera el compás casi sin avisar. Y antes de doblar, cada uno para su casa y crecer, soltaste: completalo vos, no te preocupes, algún día lo van a talar.

2.
Y los dos renegábamos de un pelotudito que venía hinchando las bolas con les luthiers quince mil horas y después limpbizkit (como chota se escriba), y no dejaba de hablar y no sabíamos cómo mandarlo a la mierda porque el papá de él es conocido de nuestros papás, y yo solo quería darte un beso y que no nos viera nadie..

3.
Te amo. De repente, así, seco, por mensaje, a 450 kilómetros, calculando. Yo también, no sabía qué otra cosa decir. Volver y que sea eso, un mensaje, cuatro lugares más abajo del de mi amigo que decía que te había visto en esa fiesta en Sanagasta, a 470 kilómetros, calculando(,) milímetros, con ese otro.

4.
Mirarme. Así y no de las ciento treinta y tres mil doscientos cuatro millones de formas que existen.

5.
Ir.Nos. 




                                                               A.V 11/06/11



jueves, 2 de junio de 2011

Estruendo hicieron

   primero, las tabletas aún llenas
   segundos después, el botiquín que cayó al principio
      deslizándose desde mis rodillas hasta el suelo,
   huyendo
   de  mis dedos que quisieron sentir otro calor,
 y
  por último, ese aire que algunos llaman suspiro,
                            uno
                        tras otro
  y aletargada, 
          la explosión en un pitido insoportable:
            la conclusión de que nada servirá, 
de que un antigripal sólo me hará dormir 
algo mejor.


                                     A.V      02/06/11


Dexalergín, hacé efecto. Vos, o vos, o vos también, mandame un mjs.

viernes, 27 de mayo de 2011

He vuelto a quererte, lugar

Se me ha desprendido 
sin que lo quiera yo
una gota


que cayó en el alma
que no se seca, 
que no juega, 
ni se evapora.


No es la noche
que se ha puesto fresca,
ni fueron las tardes 
que no alcanzaron.


No es que no quiera decirlo,
no es que necesite callarlo,
tengo el boleto acurrucado y húmedo en la mano


  y una lágrima 
         muda


   que no se seca, que no juega. Ni se evapora.


                                 A.V    27/05/11


Creo que hoy he vuelto a quererte, lugar. Gracias. 

martes, 24 de mayo de 2011

Invitación


Uno tiene, primero, suerte. Después, conoce a Adriana. Más tarde, ella va, viene, llama, vuelve a ir, se enoja, se ríe, se lamenta, se alegra, se emociona. Al final, habemus Colección. Y uno se alegra, se emociona y agradece. Acompaña. Abraza.

Aunque la foto no muestre con total realismo lo que una presentación puede llegar a ser, pues los dos de la derecha nos consumiremos esta tarde/noche en nerviosismo, algo así somos los tres que estaremos ahí adelante:




Ahora sí, hablando en serio...un poco:


Gracias a Adriana Petrigliano, a la Dirección de Letras y Bibliotecas Populares, a la Secretaría de Cultura y Turismo Municipal y la Biblioteca Mariano Moreno y su gente. A ustedes lectores, quienes varios sé que irán. A la hermosa y homónima (y no es redundante) Linda Fragapani que permitió que mis textos acompañasen los suyos y  esta noche me siente a su lado e intente cortejarla (sutil, sutil). 


Están todos invitados!!!
Como dicen las tarjetas de los cumpleaños: No faltes.



                         A.V  24/05/11


P.D: Recuerden, riojanos, que luego se irán presentando otros números de la Colección, así que invito informalmente desde ya, a acompañar a los autores que se presenten pues son todos buena gente y escritores en igual medida.



domingo, 15 de mayo de 2011

A Daniel Moyano

   
   Hago memoria y se construye un salón, el del Profesorado de Arte, en La Rioja, ahí donde está el piano que alguna vez fue el que ahora está en otro lado. Pero esa noche, aquel gran instrumento no importa, está oscuro y se confunde. Hay sillas negras, ubicadas en forma de L o semicírculo y quizás haya también una tela para proyectar imágenes. Está sentada una mujer a la que todos saludan. A su lado habrá un hombre joven, con una guitarra, que tocará con los ojos cerrados.
  Más tarde se escuchará con la voz de aquella mujer la historia  de un crimen en Chamical, ejecutado en pleno concierto de cuerdas. Y todos reirán. Yo también. Supongo que estoy sentado, balanceándome, porque calculo fue hace mucho, y aún no tocaba el suelo con los pies. Habrán imágenes en blanco y negro, y más saludos, pero es tarde y tengo sueño, al día siguiente habrá escuela.
  Pasará el tiempo y escucharé tu nombre, en labios de mi mamá y del abuelo. Lo escucharé mientras ellos sonríen y recuerdan. Claro, habrá melancolía cuando toquen ciertos temas, cuando describan tu mirada al volver. Y creceré con eso, con alguna anécdota sobre vos.
  Seguiré creciendo y el piano del Profesorado migrará cruzando el patio, como vos el charco, pero sin tristezas. Alcanzaré el suelo y la mujer no volverá otra vez o no lo sabré. Querré leerte, Daniel, pero no lo haré. No lo haré hasta en estas vacaciones 2011 al robarle a mi mamá "Un silencio de Corchea" y devorar en mitades tus cuentos, leer y repasar tu biografía, buscarte y encontrarte en la Feria del Libro.  
  Escucharé que leías a Kafka en alemán y que decías que había que aprender idiomas para poder leer a los autores en su lengua. Y me dirán que eras gracioso, que escribías cuentos en las conferencias, al lado del abuelo, y después preguntabas qué pasó.  Que mezclabas personajes, historias y armabas una nueva. Y me río ahora, como lo hacían con vos tus amigos.
  Y te escucho, por esas cosas que tienen Internet y los archivos. Una letra de tango, y vos sentado en el inodoro y escribiendo en tu máquina de escribir, en un video que hay en youtube. 
 Cómo hablan de vos, che. En cordobés y en español de allá lejos, en francés. Y qué orgullo. Qué intriga, qué ganas de sentarme a charlar con vos y abrazarte, amigo. Sí, porque aunque no lo sepas nunca, allá, en esa noche de lectura, y en cada mención de tu nombre, me fui haciendo tu amigo, sin tu permiso pero con tu simpatía, y seguiremos siéndolo, seguro, con los años y los tiempos, aunque no lo sepas nunca.


                                                 A.V     15/05/11

viernes, 13 de mayo de 2011

Recuerdo catamarqueño

  El patio de la casa de Catamarca estuvo detrás de una abuela en la cocina, que hacía sopa o pollo al horno (con pimentón, azafrán o algo así que jamás volví a probar).
  En aquel espacio, calculo que de media cuadra de largo, vivió por unos meses un dálmata cachorro e inquieto, que durmió con dos gatos en la misma caja y se olvidó al crecer de ellos para darle paso al natural odio a lo felino. Por ahí corrió, hasta el fondo, donde crecía ese fruto pequeño, amarillo, del que la abuela también hacía dulce casero. 
   Allí,  desde esas semillas que iban en la comida de los gatos, pues el patio fue también comedor gatuno, creció y se extendió bastante una planta de zapallos coreanos.
   Hallé caracoles y latas viejas, pero nunca encontré, y hasta busqué en una pila inmensa de ladrillos, los restos de las mascotas de mi viejo. En mi niñez, y ahora lo recuerdo -fue casi siempre un secreto-, la siesta se dividió entre los libros de la primera pieza y el deseo arqueológico de descubrir alguna pizca de la niñez de otro.
   Cada fin de semana escalaba aquella "torre" de ladrillos desde donde podía ver los patios ajenos. Conté antenas parabólicas en el edificio del fondo; fui capitán y teniente, luego general; calculé la vastedad del territorio. Y hasta creo haber extraído y vuelto a colocar algunos ladrillos para encontrar botellas o papeles, cosas que yo hubiera dejado, si en mi casa hubieran habido tantos de esos.
   También en el patio estaba la pieza del lavarropas, y sé, estoy seguro de que había otras cosas, pero ser un niño obediente, karma digno de psicoanálisis, me impidió investigar. 
   Había chapas en un rincón, había espacio, había árboles. Había tapias mínimas y nadie que robara nada. No fue hace tanto. 
   Estaba olvidado. Los grandes ni pisaban el patio. Solamente mi abuela abría la puerta, y caminaba a dejar los restos de comida, que eran muchos (¡cómo cocinaba esa mujer!), para los gatos invitados. Para los demás, el tiempo se repartía entre la cocina, el otro patio o la mecedora en la oración. Será que ese fue nuestro espacio más compartido, entre ella y yo, como potes de yogurt en la heladera, como el huevo duro al llegar, o la sopa cuando más chico.
   Pero hoy no hay más abuela, ni pollo asado. Hubo Newton, en el patio de mi casa, pero ya tampoco está. No sé si quedarán gatos, caracoles, o siquiera existirá la torre de ladrillos. No sé si se habrán ido los vecinos. Hoy ese patio está detrás de una mesa inmunda, descreída y rencorosa. Es sólo un papel en un folio, que espera unos sellos y unas firmas. El patio viaja en cajas y quizás se pierda. Y pensar que se veía tan grande desde arriba.


                                                          A.V           13/05/11

jueves, 28 de abril de 2011

Agonía de una letra



   M es. No murió, o por lo menos, nadie lo ha comunicado. Sin embargo, en este relato, M fue: escritor, autodidacta, primer premio de una importante editorial en los setenta; autor publicado otras tantas veces; muy bien criticado por cada libro. M fue, además de todo aquello, un hombre de doble apellido. Y con eso se dice bastante.
   No hace mucho, serán dos años, M cerró con llave la gran puerta de madera de su residencia en Bogotá, afinó sus bigotes a la italiana y subió al taxi que lo llevaría hasta el aeropuerto, saludó soberbio a la azafata y le pidió champagne. Cuando la fina rubia le alcanzó la copa, la miró a los ojos, sonrió, y brindó, por Buenos Aires, por estas nubes y por usted, la dama más bella de estos cielos. No hace falta decir que la pobre joven contestó sonriendo de manual al viejo piropeador y siguió su camino.
  Cuando llegó a Ezeiza sus colegas B y F, premiados los dos, miembros vitalicios de la SADE, lo esperaban sentados. A este narrador le gustaría poder describir alegremente la amistad que unía a estos tres hombres, pero por respeto a la verdad no puede hacerlo ya que jamás existió tal relación. Cuando jóvenes, la competencia pasaba por quién pagaba el café en las tertulias internacionales. Más tarde, las cartas viajaron impregnadas de hipocresías en correo express hasta que el pulso tembloroso de los tres demostraba burdamente el paso de los años. Luego las conversaciones telefónicas se limitaron a llamadas de año nuevo pues los tres eran ateos y se llamaban marxistas, mofándose de los regalos en navidad que tantos libros les habían hecho vender. Ese mediodía de otoño en Buenos Aires, M, B y F se fundieron en un abrazo que quizás fue en gran parte gagá, aunque los tres nunca hayan querido reconocerlo.
  Almorzaron en Recoleta, bebieron café supuestamente colombiano que M se encargó de denigrar insultando al mozo con el gesto de la propina cero. Discutieron sobre política, renegaron del populismo, de los impuestos, y del fútbol, brindaron por Borges y Carpentier por igual, criticaron la televisión que nunca miran y la radio que jamás escuchan, los diarios que no se dejan leer, y los libros que son cada vez más pobres. La charla continuó en Barrio Norte en el living de F hasta que sus invitados se retiraron a dormir la siesta en los cuartos de invitados.
  Por la tarde, M decidió recorrer las callecitas y qué se yo que se habrán cantado en tantos tangos. Caminó por San Telmo, tomó un taxi y bajó en Palermo, caminó por Santa Fe, paseó por un jardín botánico y desembocó en La Rural. Estaba viejo pero la memoria no le fallaba: ni F ni B le habían mencionado que la Feria del Libro estaba desarrollándose en la ciudad. Ya era tarde, casi de noche y la gente salía como si el lugar estuviera por cerrar. Iría al día siguiente.
  Durante la cena M no pudo contenerse -tampoco lo había intentado, claramente- y lanzó sobre el mantel, sin sutileza alguna: Estimados caballeros, han olvidado ustedes comentarme sus pareceres sobre la Feria del Libro que se está llevando a cabo, flamante, por estos días -sí, así se expresan estos hombres, hasta en la mesa-, ¿no será que estaban desinformados? No lo creo. A veces la edad traiciona, amigos míos.
   B y F intercambiaron miradas y ceños fruncidos. Este narrador no se anima a sumergirse en los comportamientos o en la lógica interna de los sujetos, ni podrá explicar, ni siquiera con el atenuante de la vejez, por qué estos dos hombres, orgullosos y egoístas uno más que el otro, intentaron, sin suerte, convencer al colombiano de que no valía la pena acercarse a semejante desgracia literaria edificada. Describieron con calidad los pasajes más preciosos de Buenos Aires tratando de que M cambiara de parecer, pero éste era un señor de palabra, y lo había determinado entre sorbos de sopa: se levantaría temprano, llamaría a un taxi y pasaría el día en La Rural.
  Imaginó M que su prestigio conseguiría un pase libre pero no se sorprendió demasiado con la ignorancia de la vendedora de entradas. Ni con la de varios de los hombrecitos de camisa blanca y credencial que caminaban apurados por los alrededores de los salones. El gran escritor daba pasos largos y decididos, el brillo de sus zapatos se apoyaba caballerosamente sobre la alfombra de varias editoriales, permanecía estático algunos segundos, y avanzaba hacia otros stands. Libros grandes, caros, pequeños de colección, de óperas, de viaje, de fotografías, de pintura, eran cargados en elegantes bolsas por los brazos y la tarjeta de crédito platinium del hombre de bigotes largos. 
   Sentado frente a una mesa que le debe parecer enorme, estoy seguro, estaba un joven de jean y chomba de marca. En su mano derecha sostenía una lapicera cara. Sobre el mantel blanco se exponía lo que debía ser su libro. Parecía nervioso, hasta que otro hombre, de camisa y pantalón de vestir, le acercó una botella de agua y le dijo algo al oído, el agente, sí, el agente. M recordó entonces cómo había sido su experiencia en la primera firma de libros, cómo había esperado aquel momento y cómo había sufrido los primeros diez minutos porque, a diferencia de García Márquez, a él, en principio, no lo esperaban haciendo cola. Sin embargo, y sonrió complacido al recordarlo, su fama fue incrementándose y muchas veces abandonaba las librerías dejando lectores sin sus libros autografiados obligándolos a hacer la fila al día siguiente. Miró al novel autor y pasó a su lado con expresión de padre comprensivo. Ya vendrán.
   La mañana transcurría  para M entre compras, sonrisas a las cajeras y saludos sin destinatario real que sólo relatores como quien escribe no tienen compasión para omitir. Aunque cargado y bastante caminado, M no se cansaba. Así fue, por energía y vitalidad que un buen hombre de letras debe tener hasta el mismísimo día de su muerte, que el ilustre novelista comenzó su agonía.
   Deslizó su dedo, no sin cierto pudor, sobre los libros en oferta. Se animó a hojear las novelas rosas que se regalaban casi, por $15 llevando dos; leyó hasta dos párrafos del erotismo traducido del mandarín a precio de 3x$35. Se burló en silencio de los compradores que por poco saltan de alegría, los imbéciles y miró el resto de las ofertas con un cuidado que por su propio bien debió haber sido muchísimo menor.
   No se sabe bien en qué minuto, en qué desafortunado instante, el señor de doble apellido reconoció la tapa de dos de sus obras maestras. No estaban sobre la mesa de $10. Peor. Estaban debajo, casi en la esquina al ras del suelo. Con esfuerzo, se agachó, tomó dos ejemplaras de cada novela y tragó saliva. Se levantó, más viejo, más arrugado y dolorido. Fue eso, dolor y algunas otras cosas. Dolor con el que releyó la solapa rebosante de halagos de los principales periódicos del mundo. Ira con la que caminó hasta la caja y desaforado, gritó a los empleados que aquello debía ser un error. Vergüenza con la que escuchó que aquello no había sido equivocación alguna. Humillación -para este simple cronista innecesaria- con la que recibió el comentario del gerente de la librería, que se acercó al escuchar el alboroto, y dijo secamente: esos libros, señor, son todos los que las editoriales quieren sacarse de encima. Ultraje, cuando aquel desconocido acreditado, completó: en mi modesta opinión, y créame bastante que algo sé, no le recomiendo ninguno de esos libros sino es para hacer fuego.
   Y así se fueron ambos, el gerente orgulloso de haber resuelto un conflicto con una sonrisa de manual, como aquella azafata del principio, y m, caminando despacio, vencido, agotado, y en minúsculas.


                                                    A.V           28/04/11
  

lunes, 18 de abril de 2011

Tos

Seguiré intentando escribir como mina...  

    Una noche que estuve con fiebre leí, despatarrada en la cama, con una mano sosteniendo el trapo fresco y con la otra el libro, un cuento sobre una mujer que disfrutaba escuchando latidos de corazones enfermos. Me conozco, tuve fiebre antes, por supuesto; son casi veintisiete años de padecimientos invernales -porque no te cuidás, por eso es, seguiría gritándome mi mamá si no se hubiera muerto- y nunca había sentido semejante calor al leer aquellas descripciones, escritas como si fueran la ficción más irreal de las mentiras. Y me dio rabia. Porque terminás de leer y sí, alguien pudo haber dicho a la mierda, qué buen cuento, pero yo no; yo lo detesté, lo aborrecí con el resto de entereza que me regalaba el trapito mojado.
  ¿Por qué un cuento? ¿Por qué? ¿Es acaso tan increíble que haya gente a la que le guste la enfermedad? Y no me vengan con que no hay médicos morbosos, o que no existen televidentes que se pasan horas viendo muertos en el cable. Lo mío no es morbo, señores. Lo mío es amor, verdadera pasión y romanticismo que nadie entiende. Es un sentimiento no comprendido, prohibido, censurado. Porque claro, a la gente le gustan todavía, hoy, 2011, dos-mil-on-ce, las historias de príncipes y plebeyas, de pobretonas con actores de Hollywood. Y yo, que veo a un moribundo en la calle, muerto de frío y con el rostro pelado, y se me salen el alma y los ojos, y corro hacia él, siento que una fuerza, el asco de los que miran, me empuja hacia atrás. ¿Por qué? ¿Por qué no nos dejan estar juntos?
   Y escribo esto porque necesito descargarme. Escribo porque ya no soporto que me juzguen, que me critiquen, que en la oficina hablen, ya no a espaldas mío, sino ahí nomás, al lado de la fotocopiadora, a cuatro metros de donde estoy tomando el café todas las mañanas. ¿Puede ser que no me dejen en paz? Que estoy muy flaca, mirale las ojeras dicen las pelotudas recién teñidas, ni-con-un-palo gesticulan los otros pajeros de Contaduría. 
   Cuando camino al trabajo, a veces, unas cuatro o cinco veces por semana -reconozco-, paso por la clínica. Esos días me aseguro de salir más temprano de casa, porque sé que voy a detenerme en la esquina, en la parada del 307, y aunque haga frío, me voy a sentar, voy a esperar hasta ver a por lo menos dos, con sus madres algunos, otros con sus esposas, pero casi siempre solos, caminando al lado de la enfermera que los ayuda a subir al taxi. Ahí, todos abrigaditos, con sus barbijos blancos, con gorrito cubriéndoles la cabeza calva, con el tubito de oxígeno los más lindos. Correría a besarlos, a abrazarlos pero sé que están débiles y podría lastimarlos, y eso me gusta más, podría decir que me excita porque me atraen más cuanto más cerca están de la muerte. 
   No seré hipócrita. He llorado. He derramado litros de lágrimas en velorios y entierros. He visto cajones cerrados e imaginado el estado raquítico de sus cuerpos, agotados, vencidos en la batalla. Y un dolor se me ha instalado entre el estómago y el corazón cada vez que alguno de los pacientes de la clínica ha muerto. Dura días. Algunos -me acuerdo: un chico de veinte años, cuando yo tenía diecinueve-, me produjeron una sensación parecida a la de una puntada, aguda, como sangrante, durante semanas. Ese chico, creo, fue el primero del que me enamoré bien. Lo recuerdo ahora y necesito detenerme, no puedo escribir más. Ni quiero reflejarlo aquí, en una hoja tan sucia como ésta. 
--
   Espero que ustedes me entiendan, aunque si no lo hacen serán unos más de los que no tienen la compasión necesaria para comprenderme. Y no me afectará, porque una se termina acostumbrando a la frialdad de la gente.
   La verdad es que jamás me importó demasiado lo que dijeran los demás. Pero esa noche, cuando leí ese cuento, descubrí que parte de mi historia -era bastante parecida, convengamos-, estaba siendo utilizada como entretenimiento en un libro de cuentos. Como si el autor me hubiera conocido y se estuviera burlando de mí. 
   Recuerdo, entonces, haber cerrado el libro, volcado el agua en el inodoro, tirado el trapo, las pastillas y cualquier medicamento que había en casa y decidir, lisa y llanamente, dejarme morir.
   Mi mamá me lo había advertido, y sí, odio reconocerlo, tenía razón. Algún día vas a terminar con neumonía o algo de eso, vos, pendeja caprichosa. Era hora de hacer cumplir el destino. Amarme por vez primera a mí misma, en el estado que más he aprendido a adorar, el de la enfermedad, el del reloj de arena que se agota rápida e inexorablemente. 
    Hoy escribo esto, con el pulso tembloroso y crónico de mi tos, mis pulmones exhaustos y el ritmo callejero del taxi, que me lleva a casa; y la enfermera saluda detrás del vidrio, con ojos de última vez, a la salida de la clínica.


                                                                                   A.V        18/04/11

sábado, 16 de abril de 2011

Crónica de un tripartito

Pasó un año y
sin embargo ahí están


    Sen
     ta
     dos 
      con los pies sobre
                                  la
                                      calle.




Con frío, porque el invierno quiso empezar anoche,
pero el hielo se fundió en la palabra,
y el alma helada se desagotó de pronto y
         huyó corriendo 
           calle abajo
             a no sé 
              dónde.


Fue, en aquel lugar y aquel tiempo, de noche 
Y con el viento se volaron las culpas.
Y el semáforo no les importó.
Ni los que corren. Ni las calles, ni las rutas.


Sin embargo ahí están
  sentados los dos
    tan parecidos
con el mismo rostro a oscuras
porque no hay luna que atraviese a las nubes
porque no hay luz que los haga uno solo.


Sin embargo alguien los mira
(dicen que es el tiempo)
           a los tres, 
sí, ahora lo sabe: son tres.
Y se pierde, se desorienta,
y patea el camino, como a una tapita de coca,
chueco, encorvado, en diagonal, 
como al principio
para 
       llegar
              a no
                      
                            dónde.


                                          A.V  17/04/11

miércoles, 13 de abril de 2011

Se acabó el magistral

Con el mayor de los humores negros, 
al señor de la motito.


Los platos sucios estaban sobre la bacha, recién apilados por él. El sol de siesta tras la cortina, como él quería. El cenicero lleno; el agua corriendo sobre la pileta; el detergente abierto; la esponja en su mano, ensangrentada. El piso sucio de descuido. La escoba vaya a saber dónde. Quizás en el patio, tal vez al lado de la parrilla, pensó cuando miró las gotas secándose en el suelo.
La canilla estaba abierta y él continuaba pensando. Se culpaba, un poco por la imperfección, otro tanto por no haberle dicho nada antes, por no esperar a que se despertara. Pero estaba cansado y no podía postergarlo más. Pensó en abrir la alacena y buscar más cafiaspirinas. Para qué, si ya me voy.
Encontrar la lavandina. Un balde o así nomás. Un trapo, ¿dónde habrá un trapo? No debería haber sido de esa forma. No hay tiempo. Hora. 14.20. Quizás vengan mañana, quizás pasado. El celular, hay que apagarlo; el mío también. Limpiar esto. Qué más. Sí, los guantes. La puta, el pantalón, habrá que tirarlo. Encima es re caro. Igual seguro van a preguntar si se dan cuenta. Quién me manda a mí, también. La puta, qué suerte de mierda. 
Tengo que pensar qué decir. Pero quién va a dudar si siempre fui el único que la quiso. La acompañó, digo. 
Qué más, qué más. Tengo que volver a ver si quedó algo. Y lavar esto porque sino también se van a dar cuenta. Y la esponja, si la tiro se van a dar cuenta. Los guantes, dónde quedaron los guantes.
El agua siguió corriendo mientras él atravesaba el pasillo, observando al pasar las tres gotitas de sangre, al lado de la puerta corrediza. Entró a la habitación. Caminó despacio, en puntas de pie. Rodeó la cama. Se tomó de las manos para evitar tocar cualquier cosa. Miró el almohadón, la silla de ruedas; registró que todo se encontrara como al principio de la visita. Quiso besarla y sintió culpa. No debió haber sido así. Ni discurso preparado. Ni café, ni encuentro en el centro después del trabajo. Ni pedirle que se apurara. Ni dejarla plantada. Ni que existiera ese hijo de re mil putas. Ni los jueces lentos. Ni que nadie se haga cargo. Pero así es, se dijo a sí mismo cuando volvía a la cocina. Y no hubo otra, cuando volvió a mirar las manchas. Hubiera sido mejor cortar por teléfono mucho antes, al presionar con el nudillo el botón de apagar, por te-lé-fo-no. Fue un segundo nada más, mientras lavaba el cuchillo. Quizás ni se enteró. Estaba muy sedada. Y lavó otro plato.
Decidió llevarse la esponja en el bolsillo después de limpiar las manchas. Buscó una nueva en el lavadero y la colocó al lado de la botella vacía de detergente. Por fin, cerró la canilla. Caminó hasta el comedor. La herida seguía abierta y más con el agua. Con cautela, evitó derramar otra gota y fue hasta la habitación, otra vez. Encontró los guantes y se los puso. No hubo otro sonido que el del click de la puerta al cerrarse.
Quiso arrancar su moto. No pudo en el primer intento. Puteó a mansalva al tapón, al cuchillo y a su corte en la mano. Probó de nuevo y esta vez arrancó. Aceleró de a poco. No quería ir muy rápido. Miró el paisaje del barrio. Acababa de morir una novia que nunca quiso, una pobre paralítica que no tenía a nadie, salvo a él, que se cansó, que decidió una siesta, mientras lavaba los platos y se desinfectaba con detergente una herida, usar un almohadón que había en el placard y apagar por un tiempo los teléfonos.

                                                        A.V        13/04/11


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