viernes, 28 de enero de 2011

Ayer me confundieron con un asesino


El matrimonio de viejos había visto todo. 
Había visto el automóvil que doblaba la esquina a toda velocidad, 
el resplandor de los fogonazos y el hombre que se levantaba en el aire,
 se sacudía, rebotaba en la pared y caía.

En un domingo oscuro, de Isidoro Blaisten



Mis abuelos Luis y Elvira son de las últimas personas que todavía se sientan a ver el mundo desde la vereda. En esta ciudad donde ya no quedan casas viejas ni departamentos sin rejas, los Blaisten esperan a las cinco y media de la tarde, sacan dos sillas del que había sido consultorio de mi abuelo, canasto, termo, yerba y mate y se sientan a esperar la visita de mi vieja o de algún tío.
Ven la misma rutina pasar como calesita de plaza todas las tardes. Los chicos de la pensión del lado que vuelven de la Facultad, los clientes del gordo del kiosko que van a comprar cerveza. Y Doña Eugenia, que vive justo enfrente de la casa de mis abuelos. Está sola desde que enviudó y se entretiene barriendo la vereda, en dos turnos: a las 5 y media de la mañana y a las 7 en punto de la tarde, todos los días. Según mi abuela es una mujer mala, loca y mentirosa, endurecida por los años y la soledad, que sale a barrer a esa hora de la tarde sólo para verlos a ellos y mirarlos con desdén. Me tiene celos por tu abuelo, decía siempre la Elvira.
Ayer fue tan domingo como terrible. Soy residente de cardiología, estuve de guardia más de treinta y seis horas seguidas en la clínica y el calor siempre nos trae muchos pacientes. También trae dolores de cabeza, corridas de una sala a otra, de una camilla a la siguiente, ambulancias, familiares deshidratados, explicaciones, discusiones, puteadas de los jefes y ayer, como si esto no hubiera sido del todo extenuante, un interrogatorio policial.
Últimamente los policías dejaron de ser como el Sargento García. Que los hay, los debe haber, pero estos dos que hicieron que me despertara por la insistencia del timbre, que me vistiera cuando no pensaba hacerlo hasta medio día después, no eran parecidos al gordito bueno de mi serie predilecta. Llegaron a la madrugada, creo que esa era la hora. Pensé que era un sueño y me dispuse a ser protagonista de mi propia ficción, me lo merecía después de tanto laburo.
Entraron con autoridad. Pusieron cara de muchachos del FBI y dijeron: sientesé. Que qué había hecho de siete de la tarde a diez de la noche. Trabajar hasta las ocho y media, salir, venir para acá. Dónde trabajó. En la clínica, soy médico. Usted tiene un Corsa de tres puertas, gris, vidrios polarizados. Sí. ¿Se lo han robado? No, está en la cochera de la vuelta. ¿Transitó por la calle  17 el día de ayer? Sí. ¿Entre qué calles?  De 56 a 50, creo. ¿Por qué? Por ahí viven mis abuelos, quería pasar nada más, ¿por qué preguntan? Sí, nos dijeron eso. ¿Vio algo extraño? No, la verdad no sé, estaba muy cansado; antes de pasar llamé a mi abuelo, pero no me dijo nada importante. ¿Era capaz usted de conducir en ese estado? Sí, acá estoy ¿no?
Anotaban cada respuesta. Cuando dije que había pasado por 17 se miraron y asintieron, como en las películas yanquis. Todo parecía una parodia de sueño y me estaba cansado de que no me hiciera gracia. Cómo iba a suponer yo que alguien había relacionado mi auto, mi incipiente pelada de treintañero y un asesinato. Pero así fue. Tenemos que llevarlo a la comisaría, dijeron. Salí y había dos móviles con las sirenas en silencio pero con las luces encendidas. No era tan tarde como pensé y había algunos vecinos rodeando el frente de mi casa.
No lo vamos a esposar, ¿sabe? Suba al móvil y listo. Aquello ya se estaba poniendo extraño y quise preguntar por qué me llevaban, pero el agotamiento era tan grande que me dejé guiar y no importaron los cuchicheos a los gritos que hacían los vecinos, ni el encandilamiento de los reflectores de las cámaras de televisión. Después vi que parecía totalmente drogado, pero esa era la naturaleza post-guardia de cualquier médico al que lo despiertan de repente.
Ya en la comisaría, me sentaron con el comisario. Me pareció extraño verlo tan tarde, será que tiene insomnio, pensé. Después me dijo: esto es culpa de los medios, a quién le importa la muerte de un diariero.
Yo seguía sin entender. Juro que trataba de despertarme pero el agotamiento había sido extremo. Como sueño ya estaba bien, suficiente.
Repitió las mismas preguntas que los otros dos canas. En un sueño no se repiten tantas cosas al pedo y empecé a enojarme.
El comisario puso los codos sobre la mesa, acercó su cara a la mía, se frotó las manos y dijo: tenemos un testigo que afirma que usted mató y se dio a la fuga. Me sorprendió la acusación y pensé otra vez que mi inconsciente se estaba divirtiendo a lo grande. Culpa. Por no haberle dedicado suficiente tiempo al paciente, por haber omitido información cuando sus familiares preguntaron. Podría haber probado con más resucitación cardiopulmonar, más carga en el electro, cualquier cosa. Pero es que había tantos críticos,algunos en peor estado, tan pocos enfermeros, era todo muy complicado.
Cuando llamé a mi abuelo fue lo primero que le conté. No soy creyente, así que mi abuelo, cardiólogo jubilado, era  mi confesor. Me contestó que esas cosas pasan, que había sido un accidente. Todo lo dijo gritando, porque estaba sordo y no manejaba bien el celular. Atendió en la vereda seguro, por la señal. Además deben haber estado tomando mate con la abuela.
El comisario escuchó mi razonamiento en voz alta con incredulidad. De algún lado lo tenía, de la tele seguro. ¿Vio el noticiero?  No, ¿por?
A las 19.20 aproximadamente, pasó por 17, entre 56 y 57, un Corsa gris de tres puertas, con vidrios polarizados, como el mío. Había doblado por 57, a toda velocidad, raspando a un 214 que acaba de arrancar de nuevo. Al parecer, un testigo reservado- o sea, todos sabemos, Doña Eugenia-, que barría la vereda como todas las tardes, vio cómo este auto fue directo al cordón y atropelló a un diariero que iba en bicicleta. También observó -no sé cómo porque tiene cataratas muy avanzadas-, que su vecino del frente, el Doctor Blaisten, hablaba a los gritos un rato después tratando de tranquilizar a su nieto, el mismo joven treintañero y peladito del corsa gris que acababa de cometer un asesinato y huir despiadadamente.
Para cuando la policía llegó al lugar acompañada por todos los canales de Buenos Aires, Doña Eugenia no sólo se había peinado y pintado los labios, sino que había cubierto al pobre hombre con los diarios que le habían quedado sin vender. Frente a todo el mundo, y con cara circunspecta, me denunció. Todo el país sospechaba de mí, menos yo, que había apagado el teléfono después de hablar con mi abuelo para que nadie me molestara. Supe, cuando lo encendí en la comisaría, que mi vieja, varios amigos, y mi abuelo habían tratado de llamarme. Mi viejo me había conseguido un abogado.  
Culpable. Mi inconsciente no mentía, ellos tampoco. Lo peor fue que no fue un sueño. Ayer me confundieron con un asesino, y tenían razón.

                                                         A.V 28/01/10

martes, 25 de enero de 2011

¿Esperaste mucho? Lo suficiente.

...Para ver, sentado en el único medio metro cuadrado del borde de la fuente que no está húmedo, a la lluvia que no cae, sino que moja como un rocío caliente y molesto. Dios no lloraba, ni bendecía con agüita; ayer transpiraba, con esa pesadez de caminata lenta en medio de una nube oxidada.
   Vi cómo un payaso casi sin pintar hacía chistes hasta que empezaba a mojarse su público, vi cómo la buena onda huyó de la plaza y él se quedó sin monedas.
   Vi a una nena deslizarse sobre el suelo al caerse de su bicicleta rosada. Y levantarse. Parece que sólo yo la vi.
   Vi a dos mujeres de chaleco azul tirar bolsas negras de basura en un carro; vi a una pareja de viejos tirándose el uno al otro, esperándose; vi a dos chicos un poco más chicos que yo besándose y riendo porque no se conocen demasiado; vi a otra pareja, ya adulta, que me miraban para no verse las caras.
   Vi el final de una reunión en un bar, los vi subirse a sus autos y volver a su rutina, y ninguno sonreía.
   Vi una familia, padres y dos hijos, que habían salido a tomar aire y se atragantaban con él, porque la humedad se hace gula y te dan ganas de volver de donde no deberías haber salido, pegarte un baño y encerrarte con el aire en 17.
   Vi como un hombre metía una bolsa enorme de ropa sucia en su camionetita, y se cansaba. Pensé en algún jorobado que toque las campanas de la Catedral a las 12. Vi a la misma parejita de antes, de la mano.
   La vereda y el asfalto estaban húmedos pero muy calientes, ese milagro que debe ocurrir solamente en La Rioja, donde cuando llueve, truena y centella, el aire sigue fétido, agobiante, y aunque sean las 12 y dos minutos de la noche, de la calle se desprende el vapor de Nueva York en invierno, como en las películas.
   Vi una mujer de negro, caminando desorientada en diagonal por la plaza. Vi una niña de vestido hasta las rodillas y zapatillas rojas. Vi que saludó y vi la sonrisa más linda del universo. No. Del mundo, porque uno no sabe si el universo de verdad existe. Esperaste mucho, preguntó. Lo suficiente.

                                                                                               A.V       25/01/11

sábado, 22 de enero de 2011

Hamaca


Desde  "Mariana"  de Carolina Rivas.

Se despide por quinta vez en la semana. Pero ésta no es como la del martes, el jueves o el sábado. Ni como la del resto de los días. Se despide como hace un mes, como hace un año, el verano pasado. Y tampoco llega a ser del todo como en aquel entonces, porque él sí se queda solo al final de la película, pero ella no.
Le dice que ya está. Que está cansado de verla y verla lejos, aunque esté ahí, su cabeza sobre la de él; sus piernas contra su oído. Sus manos agarrando las suyas con mucha menos fuerza que el miércoles, el viernes o el domingo. Respira entrecortado, como hacen en las novelas. Pero no lo hace de actor amateur que cree ser, sino porque los guionistas saben perfectamente bien que el dolor petrifica la saliva, y el esternón, huesito miserable y baldío, pasa a obtener protagonismo, siendo pared del musculito infernal que bombea sangre con pulso no acelerado, tampoco mortuorio, ni estable. Más bien, con pulso a desgarro, qué se yo.
Ella lo mira, como hace un año, cuando hacía calor. Y hoy hace calor también, pero está oscureciendo y un vientito corre, que ese día no corrió. Y hoy también, ella puede escucharlo, respetuosa y en silencio,  verlo vomitar su catarsis esta vez sin guion alguno, desahogarse aunque tenga el odio atragantado en la laringe; y raspe. Lo mira sí, pero baja la cabeza. Sostiene su teléfono, rogando que no le contesten un mensaje que haría que a él lo atravesaran ráfagas de ira. Y lo oculta, pero no lo guarda en su bolsillo. No quiere que él lo vea, tampoco que vibre en mitad de la catarata discursiva, ni que se cuele una canción melosa que le avise que el otro, también está, de alguna forma, metido en su monólogo.
Él repasa, como fallo judicial, los considerandos. Trata de darles un orden cronológico pero le cuesta tomar aire. Enumera las cosas que hizo por ella, desde la primera salida. Y antes también, cuando eran amigos en común de otros amigos y él le prestó ese poulover. Ella sonríe porque le da gracia la anécdota. Y él se ríe también, un poco para relajarse y otro poco para verla sonreír por más tiempo. Pero la ternura dura poco y él se acuerda de la foto en la que salen ella y el otro: él mirándola de reojo, con esa paja de recluido perpetuo, y ella acomodándose el escote en V de ese puto poulover blanco que terminó regalándole.  
Y se le atraganta el mundo otra vez. Y ahora tiene tu foto de guardapolvo blanco, del primer día de escuela, que me mostraste del álbum de tu vieja, la tiene en su facebook- escupe él entre dientes.
El estómago se le retuerce como si no hubiera comido desde hace días.  Y las imágenes lo golpean como peleándose entre sí para ver cuál provocará mayor efecto. Él quiere que sufra, que se arrepienta, y que no vuelva, que no le hable, pero que en una semana le mande un mensaje, uno de los eh, nos juntemos. Y él decirle que lo superó. Que está todo bien. Que su psicólogo le recomendó tomar distancia y que es mejor para los dos. Quiere que ella se quiera matar. Y se deprima. Pero sabe, y lo sabe bien,  esa es la imagen que define la guerra, que ella no hará nada de eso; es más, se quitará de encima el peso de un enfermo.
La ve. Desnuda cerrando las cortinas y el día aclarando. De noche, bajándose del auto. En una silla de caño, en el patio. En la plaza. En la peatonal, al frente de la biblioteca. En Córdoba. En la placita de San Telmo. En la línea B, en la 2, en la 214. En la terminal.  Cierra los ojos y siente que todo, estómago,esternón, corazón, laringe, garganta, labios, todo, se destruye.
 Y se quiebra en la herrumbrada hamaca roja del patio de su casa. Quita las manos de su cara. Toma bocanadas de aire caliente. Y no la ve porque no está. Porque acaba de terminar de fantasear con la despedida que sabe que nunca hará. Y ya es de noche.





                                                                                                 A.V              22/01/11

domingo, 16 de enero de 2011

Clasificados



  Busco departamento. Que no sea demasiado grande, ni cómodo, ni luminoso, y por lo tanto, que sea más bien barato.
Busco techo. Que me proteja de las lluvias de diciembre, y que me impida ver las estrellas. Que me tape la luna en todas sus fases.
Creo, después de pensar bastante, que la sorpresa sobrepasa el enojo de haber pasado a ser un desposeído después de un programa de radio.
Volvíamos de Bariloche. Ninguna FM funcionaba. Yo manejaba, y Virginia, mi ahora  ex novia cebaba mate con coca. Probé con las AM. Sólo una radio de Buenos Aires se escuchaba sin interferencias.
El programa que transmitía en ese momento era conducido por María Julia. Esta señora de voz dulce y por momentos seductora, no tuvo mejor idea que invitar a un astrólogo  que comentara el futuro de la humanidad (dividida en los doce signos zodiacales) para el año que estaba empezando.
Habían sido unas vacaciones inmejorables, las segundas como pareja. El clima veraniego, templado y seco, nos acompañó en las rutas y en las caminatas. Virginia sonreía apenas se despertaba, y reía en los almuerzos. Por las noches, a pesar del cansancio, jugábamos bajo las sábanas.
Quince días de perfecta convivencia. Hasta que Manuel Jorge, astrólogo y psicólogo sentenció: no será un buen año en el amor para el primer decanato de Escorpio. Virginia giró rápidamente su cabeza hacia mí. No sonreía. Pensé que me retaba por haber pasado a un camión con doble línea amarilla. ¿Escuchaste?, dijo. Más o menos, respondí.
-Y es importante saber, para este signo, desde ya –siguió diciendo Manuel Jorge-, cuáles son los signos con los que tienen compatibilidad y afinidad y con cuáles definitivamente no las tiene.
-Entonces-dijo entonces la conductora-les pedimos a ustedes, nuestros fieles oyentes, que nos llamen y nos cuenten cuáles son los puntos afines con sus parejas. Recuerden indicar la fecha, hora y lugar de nacimiento de cada uno. Indicó el número de contacto. Ahora, vamos a un corte.
¿A qué hora naciste?- me preguntó violentamente Virginia-.
Reí unos segundos. No es gracioso, dijo mientas me miraba fijamente. Y sentenció: Sabés que nací el 25 de octubre, no va a ser un buen año para mí.
Virginia es una de esas mujeres que sólo se acuerdan del horóscopo cuando compran el libro de Horangel o Ludovica. Y apenas lo hojean en la cama. Por eso me sorprendió su contundencia. Pensé que estaba jugando, pero siguió retándome por estupideces de la ruta. Sacó el teléfono de su cartera y llamó.
-Sí, hablo para conversar con el astrólogo-dijo después de dos minutos de silencio.
Virginia no estaba mintiendo. Bajá la radio, me gritó.
-Hola María Julia-sonreía mientras hablaba-. Sí, sí. 25 de octubre del 81 en Capital Federal. A las dos y treinta y tres de la mañana. Ah ¿sí? Escorpio de agua, mirá vos, no sabía. Él, él es de acuario. 14 de febrero del 79, en Río Cuarto, a las tres y cuarto de la tarde. ¿De aire?  ¿un huracán? ¡qué mal! Tres años. ¿Conviviendo? Dos ya. No, por suerte no nos casamos, pero pensábamos.  Sí, yo me daba cuenta, por algunas cosas. No sabe cocinar, y a mí me gusta mucho comer cosas bien hechas; a mí me gusta el deporte y la aventura, a él le gusta dormir en hoteles y andar en su auto. No sé, él maneja la plata de los dos. ¿Está mal, no? Ya me parecía. Es re desordenado, muy muy desordenado, y sí, obvio que me molesta muchísimo. Yo la banco a Cristina, él le dice yegua. Acá está, al lado mío, pero ya vamos a hablar bien, en privado.  ¿Hablar con él? A ver, ya le digo.
-Ni en pedo-.
Hizo esa risa falsa que se hace para aflojar la tensión y me miró con rabia.
Está manejando ahora. Bueno, un poulover no. Sí, me gustaría el cambio de look en Giordano, sí, porque se viene una transformación enorme en mi vida. Tanto tiempo perdido, Licenciado. Mil gracias, de verdad.
Escuchaste, ¿no? me dijo al cortar, y apagó la radio. Manejé seis horas seguidas, sin parar, en completo silencio. No habló hasta que llegamos a casa cuando,  señalando la valija con mi ropa, dijo: no la bajes, te la llevás.
Y desde entonces, abro el diario y busco departamento en la parte de los clasificados, al lado del horóscopo.


                                                                                                     A.V  16/01/10



viernes, 14 de enero de 2011

Tuco





Le ordenaste a Sara que lo corte en trozos no tan pequeños, a cuchillo, para la salsa.
Cuando estuvo listo, lo saboreaste con el deleite de la solución de un misterio
En mitad de un sorbo de vino,
 recordaste cuando ponías tu cabeza contra mi pecho. 
Y lo escuchabas
Y te preguntabas qué sabor tendría.




                       A.V    14/01/11

jueves, 13 de enero de 2011

Polenta

Si escribo un cuento como mina, ¿me estoy transescribiendo?
Yo, antes de empezar.
NO.
Mujeres del taller, después de leerlo.

   Me cepillo el pelo después de bañarme. Además, pongo a calentar el agua para el mate. Me voy a lo de mis viejos, le dije cuando armaba el bolso. 
   ¿Tanto te llevás? me respondió al ver que ponía las obras completas de García Márquez, los tres de Larsson y varios dvds. Él estaba apurado. Tengo partido, chau chau, en un rato vengo, gritó al cerrar la puerta.
   Mentí porque necesitaba tiempo. Ahora, frente al espejo, compruebo que no es tan difícil. No se me va a correr ni un milímetro el rímel, ni me van a temblar los labios. Sí, el otro día, era un mensaje de él. Eso le voy a decir. De frente. Con el bolso en una mano y el picaporte en la otra. Sin llevar llave.
   Ajam. Sí. Y voy a arquear la ceja. Así.Y le voy a decir: hace bastante ya, Martín, siete meses, desde esa vez que te fuiste a Córdoba a jugar. Y voy a dejar que se quede ahí, sentado, comiendo la última cena que le voy a preparar. Atragantándose.
  Seguro se va a sorprender un poco. Pero no es boludo el gordo. Ya se la veía venir. El otro día, el jueves pasado creo, me llegó un mensaje y me abalancé sobre la mesa para que no lo viera. Pero me vio a mí, el hijo de puta. Y me quería sacar el teléfono. Yo me hice la que estaba jugando, y dejé que me toqueteara para que no se diera cuenta. De ahí se fue a la cama. Pero se durmió al toque y no pasó a mayores. Al día siguiente mientras desayunaba me preguntó quién había sido. La mami, ¡tonto! Cosas de mujeres. Sonreí y fui a darle un beso. Él corrió la cara al roce. 
 Y ahora -debería pintarme los labios así me ve bien la boca cuando lo diga- me voy a vivir con él, Martín, a su casa en Recoleta. Voy a articular bien. Antes, me voy a pasar la lengua por los labios. No pienso despedirme, ni darle un beso. Nada.
 Ya está, el maquillaje, el peine. Shampoo compro allá. El cargador del celular, la cámara, la cámara es mía, creo. Unas sábanas. Todos los pulóveres. Mi oso: me lo regaló este boludo, pero me lo llevo igual. Mis perfumes. Los lentes de sol. La otra vez, sin que se diera cuenta ya me llevé el secador de pelo, otros libros, los apuntes, el bolsito térmico, y la minipimer. Total cocino yo. 
 Está frío. La polenta se hace rápido, abro una salsa también y listo. Chequeo que estuviera todo en el bolso. Está lleno, no le cabe ni un lápiz de labios. Las cartas, fotos, boludeces, las dejo. Las piedritas también.
 Me cebo unos mates. Miro la hora y cómo pasó de rápido el tiempo. Pongo el agua, rocío la polenta. Revuelvo. En frío porque sino me sale grumosa. Y se merece por lo menos una última polenta como la gente, el pobre. 
  No es malo Martín, pero es un boludo. Su vida es el rugby, y seguro me está cagando también. Mucho partido en otro lado, mucho viaje, mucho boliche. Él nunca cuenta nada, pero yo sé. A otras les pasó lo mismo.
 Saco el abrelatas y abro la salsa. Llegó. Más temprano, qué raro. No me lo esperaba YA. Mi pulso se acelera. Necesito tiempo. Abre la puerta y entra. Todo golpeado. Con sangre en la ceja. Voy rápido a curarlo, pobrecito, boludón. Lo miro. No me dice nada. Se sienta a la mesa. Bajo la luz ponete, le digo. Traigo el botiquín. 
  Dejá, dejá, ya me curo yo en el baño, me dice. Tiempo, pienso yo. Andá, seguí con la comida. Voy, pero él no se levanta. Corto y pongo el queso en la polenta. Qué rico, susurra. 
  -¿Cómo te fue?
  - Bien. Gané. Bah, creo.
  -Estuvo duro ¿no? ¿Cómo "creo"?
  -Menos de lo que pensé. La verdad...
  -No entiendo.
  -Un viejo, pelotuda. -y se ríe- ¿Un viejo? Encima pelado.
 Siento un golpe en el pecho pero Martín sigue sentado. Y otro en la panza. Y la boca me tiembla. Y dejo de revolver. La polenta empieza a explotar en la olla. 
  -¿Qué pasa?
  -No te hagas la boluda. Ya está. Lo maté, viejo de mierda. La verdad me sorprendiste ¿eh? Primero pensé en uno de los chicos y también lo iba a matar, pero pensé que iba a ser una pelea jodida. Pero puta de mierda, ¡¿te fuiste a meter con un viejo choto?!
  Se para. Y yo corro hasta la puerta. El bolso está ahí.
  -No te voy a pegar. Bastante lástima te tengo. Andá a curarlo al viejo que quedó hecho pelota.
  Apaga la hornalla. Y cucharea la salsa. 
 -Está rico.
  Tiene la rodilla golpeada. 
 -Andate ahora. Después se congestiona todo el centro. 
  Mira el bolso. Lo agarro, con mucha menos fuerza de la que esperaba tener.

  -¿Me ayudás a subirlo? Está pesado.-le digo sin mirarlo. Y me voy al auto.


                                                 A.V   12/01/11

domingo, 9 de enero de 2011

Escritor

Eran las nueve y todavía no había anochecido. Caminó hasta la plaza y se sentó en un banquito. Sacó su cuaderno, destapó su lapicera y escribió: Suelta la mano de su madre; corre; le duelen las costillas de su lado derecho, luego sus órganos se desgarran. Su sangre lo deja, tirado, en la calle.
Dios puso punto. Y un niño, al otro lado del mundo, murió atropellado, mientras amanecía.


                             A.V       09/01/11   21.02


Rincón de los poetas. San Martín de los Andes

lunes, 3 de enero de 2011

Me enferma

No me cae para nada bien esa gente que uno sabe, pero lo sabe con firmeza ¿eh?, que es mala. Cruel. Gente rencorosa, envidiosa, chimentera, que, sentados tras un lomito y una coca, abren la boca para devorar carne y personas, alternándolas con alguna que otra papa frita.
No me gustan los habladores. Los juzgadores. Los que disponen de las vidas ajenas, de sus bienes y de sus estados de ánimo. Los que se burlan de los que ellos llaman amigos. Los que a esos “amigos” abrazan cada vez que los ven, que les gritan desde la otra cuadra, haciéndose los emocionados por verlos otra vez.
Me da rabia que se hagan tener lástima. Que lloren sabiendo que lo hacen para dar pena. Que hagan de alguna ínfima parte miserable de sus vidas un libro, y que hagan del imbécil que escucha (convencido de que lo dicen de verdad) un pañuelo, en el que primero limpian sus lágrimas y después…bue…después otra cosa.
Me da pavor tener la certeza de que la demagogia que empezó en la niñez esa gente, ¿en quinto grado será? aquí se transformará con el tiempo en campaña política. Y después en votos, y después en algún sobresueldo, alguna cuña, algún engranaje en la rueda de la tradición.
Me pincha y escarba el único rincón de fe religiosa que tengo cuando veo que la cruz de madera que llevan de colgante se queda impávida ante la canilla abierta de agua sucia que sale de las bocas de esa gente. Y, cuando llego a casa, después de verlos, difamando, mintiendo a los gritos, ensuciando a los que les hicieron de taxi, les prestaron las carpetas en la escuela, los escucharon, se callaron por educación, no sé si me siento mejor conmigo mismo o más enfermo.
Una vez, me ofrecieron cenar con ellos. Repasé los síntomas que me invaden al pensar en sus actitudes. ¿Será somático? Pensé en rechazar la invitación. Aducir que tenía diarrea me pareció creíble; nadie se excusa tan abiertamente, pero me pareció la enfermedad más justa. Colérica. Poética como se lo merecen.
Pero después me pareció demasiado. Me bañé. Me perfumé. Llegué y sonreí. Escuché otra vez el tierno saludo. Alguna que otra lastimosa realidad y luego, ahí sí, infaltables, las críticas, las envidias encubiertas, el puto este, el puto tal, los desprecios, lo que dijo el Padre anoche, Gran Hermano, y la que dicen anda con varios. Quizás soy como ellos y esté haciendo exactamente lo mismo, ojalá sea sólo un observador, el que no habla. El mudo. El pelotudo que no habla, dirán cuando voy a lavarme las manos. Quizás sirva para un libro, pensaba yo. Ojalá sea sólo un ejercicio sociológico.


                                                                                         A.V

viernes, 31 de diciembre de 2010

Regalito



Volvió a bloquear el teléfono. Bostezó, la habían despertado con el mensaje. Fue al baño, prendió la luz, se vio al espejo y se sacó las lagañas. Se sentó en el inodoro y trató de pensar qué le tocaba hacer ese día. Trámites, compras, ir a la modista. Todo eso quedó en stand by, como su notebook, que abrió cuando salió del baño.
Conectó el MSN en modo invisible, no había nadie importante. Y claro, si eran las  cinco y media de la mañana. Solamente los viciosos y las putas que se agregan solas aparecían en verde desesperado. Pensó en contarles la noticia, pero para qué, seguro no les importaría. Entró en sus cuentas de Facebook y Twitter y ahí, en bastante menos de 140 caracteres escribió una novedad que para muchos podría haber sido la más importante del año que estaba por terminar. Para ella no lo era, y ese twitt fue uno de los 3658 que escribiría hasta el día en que, aburrida, decidiera cerrar su cuenta. Uno más, como cualquier otro, como “Qué rico es el arroz Mocoví” o “Me comí un pozo. Quintela y la puta que te parió”.
Después, leyó los titulares del Independiente.com y se preparó un café. Mientras caminaba se desperezaba, bostezaba, y se rascaba el ojo izquierdo. Qué bárbaro, che, menos mal, se repetía en voz baja. Estaba sola, desde hace años, pero lo mismo hablaba casi susurrando por toda la casa.
Se sentó frente a la computadora otra vez y escribió en Facebook: “Me salvé de ir al super, de cocinar, de ir a la modista, de armar a los pedos el pesebre y el arbolito, de limpiar la casa. Menos mal.”
Aquello no pasaba todos los años. La verdad siempre fue que a ella no le gustaba la navidad, era un plomo, cocinar para la familia, poner la casa, siempre ella. Siempre ella porque era la que mejor hacía las tortas, siempre ella porque su casa era la más grande. Y había que disponerse para mantener las apariencias.
Baldear los pisos, plumerear las telarañas, buscar en el depósito ardiente las figuritas del bebé enorme y sus padres diminutos. Era un pesebre viejo, que le regaló su abuela una tarde, cuando todavía creía en dios.
Arrancar pasto del patio, sacar las copas de vidrio del mueble del living. Comprar vino, papas fritas y maní, Paso de los Toros para su hermano, esa mezcla horrible que se hace llamar Coca Zero y otros derivados ficticios de adelgazantes para varios sobrinos. Cargar nafta y buscar, primero, en la modista, un vestido que mandó a agrandar para su hermana que estaba cada vez más gorda, y más tarde, en el lavadero, el mantel tradicional que su tía le dejó en herencia y que su madre exigía anualmente estuviera sobre la mesa dulce. Comprar luces para el arbolito, armarlo.
De todo eso -sonrió frente al repaso-se salvó. Se había librado, milagrosamente, por primera vez en su vida de soltera independiente de organizar la cena de Nochebuena. Ni hermanos, ni cuñados, ni sobrinos ni sobrinonietos. Nada. Nadie. ¡Por fin!
Tenía suficiente nafta en el auto como para ir hasta la heladería. Arrancó, pidió dos kilos: crema del cielo, limón, chocolate amargo, pistacho, higo y sambayón, esos que a nadie le gustan pero a ella sí. Pasó por un almacén y compró un paquete de salchichas, unos panes de viena y mayonesa. La cena estaba lista.
Al volver, puso el helado en el freezer, las salchichas en la heladera y se acostó otra vez.
Más tarde, reinició la computadora y entró al Face. Su muro estaba repleto, si se puede decir repleto –tenía 73 amigos-, por condolencias y sentidos pésames. Abrió el Twitter y releyó: “Mamá murió esta mañana. Navidad no será lo mismo”.



A.V                 31/12/10


miércoles, 29 de diciembre de 2010

Epitafio

Desde "Epitafio" de Pedro Mairal


Aquí yace mi cuerpo, expresamente, para ser llorado.


Aquí, bajo los montículos de tierra infértil, se me desagotan los ojos,
y suplican las incipientes cavidades oculares, tu piel pálida.
Ansían mis falanges que no te espantes por mis uñas largas, y que,
en vez, coloques tus dedos sobre el barro hecho de mi tierra y tus lágrimas,
lo rasques descontrolada con tu manicura de luto.
Ruegan mis cartílagos auriculares que no les sean imperceptibles
tus pasos, tu taconeo amortiguado por mis vecinos y sus tumbas.
Y se te quiebre la voz. Y te tiemble el labio.




Anhela mi tabique, quimérico, saber cuando llegues.
Empalagarse mi mandíbula carcomida,
inundarse mis pómulos destrozados
con el inmundo perfume importado,
que él, bien hijo de puta, te compró,
porque jamás me lo pediste.


                                                                                       A.V            29/12/10

jueves, 2 de diciembre de 2010

Ceguera

Habrás cerrado los ojos
   mientas la ciudad se empañaba
   cuando llovían suplicios.
Habrás evitado oír 
   los pasos desorientados de los
   niños sin camino
              a ningún lugar.


Habrás palpado tus bolsillos
   cerrándolos,
   ahogándolos 
ante la húmeda mirada
 del pedido cotidiano.


Habrás girado la cabeza 
  y caminado a casa tranquilo,
                 como yo.


                                      A.V     2/12/10


San Telmo.  Noviembre de 2010.  AV

lunes, 22 de noviembre de 2010

Pensión de desequilibrados: pensionado number 1

Algunos dicen que los blogs sirven como para descargarse cuando uno está enojado. A ver si es cierto.
Desde que llegué a esta pensión me sentí cuasibendecido. Sí, verdad..encontrarla fue de casualidad. Casi un milagro haberla visto publicada en el diario el mismísimo día en que llegué.
Pasa que con la confianza de haber sido un estudiante platense, mi viejo esperó hasta enero para reservar en una pensión que quedaba en una dirección que podía ser en La Plata o en Berisso. Tocó la última. Ah, no les comenté eso? dijo la dueña.
Si me hubiera quedado en aquella habitación debería haber compartido baño con una viejita peruana y trabar las puertas de cada lado del inodoro, con el riesgo de que alguno de los dos se olvide y deje al otro sin baño por horas. Si me quedo acá, no duro dos días, me dije. Mi fuerza de voluntad se caía estrepitosamente, sin lágrimas por el momento. De última me vuelvo y estudio en La Rioja, pensé a los tres minutos de dejar la valija sobre la colchoneta que sería mi cama. Acá no me quedo, le dije a mi mamá cuando salimos de la casa. Nunca fui muy caprichoso, pero esto cuestión de vida o depresión.
Tomamos un taxi al centro...de La Plata, compraron el diario mis viejos, y nos sentamos en un bar a almorzar. Ahí vimos algunas pensiones, marcamos, visitamos algunas, pero como estábamos cerca probamos en esta, desde donde escribo ahora. La pegamos. Tranquilidad, pocas piezas, el baño bien, compartido entre todos pero nuevo, con calefón (el compartido con la viejita era por poco a leña), heladera, cocina y chiche: Wi-Fi de algún vecino generoso al que se le acabó la solidaridad a la vuelta de las vacaciones de invierno. Pero no importa, ese era mi lugar en La Plata.
Algún otro día contaré otras peripecias, como mi encuentro con Tincho, el perro osteoporoso de la casa, o con mi amigo Matías (aprendí su nombre tres meses después de haberlo conocido), los buenos dueños que me invitan asado. Hoy toca un pensionado.

Cuando llegué, los pensionados como yo, éramos todos bastante tranquilos. Uno, mi amigo Matías estudia Derecho, tiene veintialgo y me hace acordar a mi hermano. El de la "primera pieza" (se merece un capítulo esa habitación) era un tipo extraño al que le calculé por su alimentación una sobrevida de cuatro o cinco años. Después está Marcelo, pata de lana por excelencia, que uno nunca sabe cuándo llega, con él nos divide una pared de verdad. Y el de la pieza del lado, tras el durlock era un tipo que alquilaba hace tres años e iba una vez por mes como mucho, persona tranquilísima si las hay.
Varios fueron pasando, cada uno tendrá su posteo.
Pero en este momento me encuentro enfurecido con el del lado. Ni idea cómo se llama. Sólo sé que tiene una pizzería por 13 y 58. Cuando llega, despierta a todo el mundo porque en su llavero parece que tiene las llaves de un hotel. Cierra, abre las puertas golpeándolas, prende la tele y pone el volumen al máximo. Me entero así que tal equipo de la B metropolitana juega con tal otro, y que el juego ha sido muy parejo, con poderosos jugadores defensivos y atajadas magistrales del Pocho tanto.
Para ingresar a esta pensión (salvo yo, que entré milagrosamente) los desequilibrados mentales y/o psicológicos parecen hacer fila.
El maestro pizzero del lado, tiene una especie de novia. No es que yo sea chusma, sino que parece que lo hace a propósito para que todos nos enteremos que él tiene puestos los pantalones en la relación, porque le dice enferma, pelotuda, ¡¿me estás cargando?!, boluda, puta, pelotuda y otras caricias discursivas. Al rato se lo escucha, llorando: vos no me entendés, eso pasa, vos no me querés. Me tenés  snif snif snif abandonado.
Lo bueno es que al rato se pone bien y escucho: Hermosa, y vos cómo te llamás? Te vi en el diario, decime tus medidas. ¿Qué es lo mejor que hacés? El otro día dijo: estoy en Corrientes y Scalabrini Ortiz, hoy dio su paradero menos urbano: Pilar. A veces, critica al sistema financiero: no anda el cajero, preciosa, apenas pueda saco plata y paso por ahí. Hoy se llamó Lucas; otros días Ignacio, Juan, Josho.
No es que yo sea un cristiano moralista ni mucho menos, lo que me molesta es que lo grite. Todos los días dice que se pierde la señal, pero no se digna a salir a hablar por teléfono.
Anoche no pude dormirme, porque estaba TyC relatando partidos viejos de San Jorge de Chubut contra Club Güemes de San Martín.
Ronca, pero bueno, somos todos humanos. Se lo escucha desde la cocina, bueno, pero ¿quién se escucha cuando duerme? Ahí lo entiendo. Pero el televisor, las puertas, las llaves, la poca solidaridad con el sueño ajeno cuando sus vecinos pueden dormir unos minutos más. ¿Hace falta despertar a toda la pensión un domingo a las 8 de la mañana con las puertas golpeándose, la respiración agitada cual bufido desesperado?

Creo que ya me desenojé, quizás es el sueño, es que rindo mañana y estoy harto de estudiar. No sé por qué será pero acá termina el relato, prometo, dos o tres amigos lectores, que continuaré.

martes, 16 de noviembre de 2010

Soledad - Trabajo Final para Facultad

Acá dejo el link de lo que supuestamente sería una revista digital  que es a lo que intenté que se parezca:



Nota: Hacer clik, en la portada, donde dice La Plata para que se vea en forma de presentación, y en Diagonizado para verla en toda la pantalla.

Esta "revista" es el Trabajo final para Textos I

domingo, 14 de noviembre de 2010

Ardor


       Imposible. Había estado trabajando durante horas, pero no obtuvo resultado: nada, completamente nada. Desinfectó las pinzas y las demás herramientas. Las dejó, cada una en su lugar, descansando hasta el próximo caso. Se sacó los guantes y los tiró a la basura. Llamó por teléfono, dijo que se daba por vencido y dio la autorización.
       Cerró con llave y firmó afuera su partida.
       Manejó cansado. Sólo quería darse un baño, comer y dormir. Rogaba que su madre lo esperara con el almuerzo caliente, pero eso era casi quimérico: el reloj marcaba las cinco y media de la tarde.
       Cuando llegó, la ínfima esperanza desapareció. El otro auto no estaba y las luces estaban prendidas como si nadie hubiera pasado la noche allí. Menos que menos iba a haber comida, pensó.
       Prendió la luz de la cocina, se fijó que el calefón estuviera prendido y fue directo a bañarse.
       Bajo la ducha, repasó el procedimiento, cada intervención, paso por paso. No entendía qué había hecho mal. Imposible, im-po-si-ble se repetía. El agua caliente intentaba calmarlo pero su cerebro buscaba respuestas, inquietándolo.
       Cuando terminó, se secó pensando en lo mismo. Se cambió y fue a la cocina. Caminó hacia la heladera: había dos recortes de diarios y una nota doblada, pegados con imanes.
       Uno, el más grande, quizás revelara el misterio. Su madre siempre guardaba los artículos que la prensa le dedicaba a los casos con los que su hijo trabajaría en la morgue. Era una especie de premio, o reconocimiento. Estaban todos guardados en un álbum. Él lo lee salteándose palabras: accidente, incendio, N.N, infidelidad, gravísimas quemaduras, ¿crimen?
       Piensa por unos segundos y lee el otro recorte. Su corazón parece frenar de emergencia los latidos, siente un dolor que le invade el cuerpo, un vacío repentino. Eran cuatro líneas, de la sección necrológicas. Anunciaban el velatorio de su padre. Tira el papel al piso y toma la nota, la desdobla.
Hijo mío: vos sabés que era un hijo de puta. Lo agarré dejando a su noviecita en la casa. No quería que lloraras antes de tiempo así que hice bien el trabajo, lo dejé irreconocible ¿no? Hay un tupper con arroz adentro de la heladera, comé y vení a la sala.
Un beso. Mamá

A.V      7/08/09

jueves, 11 de noviembre de 2010

Ellos, nosotros, todos

Enfundados en cotidianeidades
a veces tan lejanas a sí mismos
se internan dibujando mares,
montañas o silencios,
más allá de sus ventanas, de sus horas
de disfraz laboral.
Con corbata o remeras gastadas,
polleras, zapatos o alpargatas.

Cuántos descalzos
y más sufridos,
tendidos
sobre mesas llenas de hambre.

Y también son
los que inventan sus penas
y exageran sus llantos,
catarsis sobre papeles
arruinados por el tiempo

Y tachones, y basureros llenos
Y lapiceras gastadas.
Palabras que sin avisos ni carteles
buscan a sus dueños
a sus musas
todos o sólo uno. 


"Arte en el taller"...psss




                                                                  A.V            11/11/10

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Perfil 3/4

Ni siquiera en aquella foto,
en la que seguís sin mirar,
evitás los desgarros.

Hubo brillo en tus ojos,
no de flashes ni de luces.
Perdido con el tiempo,
en las calles, en los boletos de colectivo.
Abandonado entre tarjetas, oculto.
Escondido. Y a la vez tan dentro.

Tan presumible tu nomirada.
Tan explícita.
Tan definitiva. Tan poco ficticia.

El minutero ya giró un año,
y los calendarios se fueron perdiendo.
Ya fueron extirpados
las tarjetas de micro que desperdiciaron sus viajes,
los carnets vencidos y las promociones olvidadas.

Y el segundero apremia, como cada día que ha pasado.
Y saco todo, y la busco.
Y la encuentro. Casi sin mirarla,
tironeo desafiando al fracaso.
Quizás no signifique nada. Quizás sólo sea liberar
cuatro centímetros por cuatro.

Y que se haga espacio,
para el retrato de alguien.
 Que mire.


                                                                                   A.V        02/01/11



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