miércoles, 9 de febrero de 2011

Runa Blanca

A dos Robledo
y a esa noche en el patio 

Cada tanto extraño a Paula. No lo hago cuando llueve, ni cuando parte el sol, o cuando saco abrigo del placard. Tampoco ya, cuando leo el horóscopo o veo en la tele la columna de algún astrólogo. La extraño cuando veo algún par de chicos, sentados con la mirada perdida y riendo de repente, o escucho que inventan cuentos sobre la gente que pasa frente suyo.
Éramos chicos. Y sé que eso no sirve de excusa. Ella era atea y sé que eso tampoco. Teníamos trece ella y catorce yo. En esa época yo no sabía qué carajos era, si ateo, agnóstico, creyente decepcionado, o católico perezoso. Ella no creía en nada que tuviera que ver con los astros. También sabía que Dios era un ser con minúscula, como puede ser un perro o la escoba con que lo barre de la vereda la vecina de enfrente. Decía que era una creación del hombre para creer en algo cuando está desesperado, para pedir cuando de verdad (o no) se lo necesita, para tener con quién charlar en la desolación, para llorarlo, para culparlo, para pedirle perdón. Un amigo invisible como los que tienen los boluditos de la tele, en fin. Era así, cruel, con sus palabras, con sus explicaciones y comparaciones. Siempre sentí que ella me llevaba dos o tres años porque no podía hablar así del mundo.
Éramos vecinos y compañeros de colegio así que pasábamos juntos mucho tiempo. Una tarde decidimos ir a la feria de artesanos, instalada en el parque Sarmiento ya hacía tres días, pero que no nos había llamado la atención hasta ese momento.
-Quiero ir a ver si hay algo interesante en ésta- me dijo a la siesta. Así que tomamos la 2 y nos bajamos en el centro, caminamos un rato y llegamos al parque.
Pasamos casi sin ver a los pulidores de piedras, a los vendedores de aceitunas sin carozo, a los carpinteros y a los vendedores de cintos. A los fabricantes de sahumerios y a los talladores de duendes. Ahí, me dijo Paula, señalando un stand casi pelado, sin mantel y con un foco miserable que iluminaba sus artesanías, ubicado entre la vendedora de tortas y pastafrolas y el librero de no sé qué editorial enciclopédica. Sentada, detrás del tablón, había una mujer, ya grande, de unos 65 años quizás, con pelo sucio y canoso, como enrulado pero sin serlo. Tenía puesto uno de esos vestidos de hippie que ni aun hoy sé cómo se llaman, como una túnica o algo así.
La mujer miraba para abajo. Estaba leyendo. Concentrada, supuse yo, para ver mejor las letras con tan tenue luz.
-¿Cuánto cuestan las runas?- preguntó Paula, casi gritando. Nunca había sido yo un chico muy curioso de esas cosas, así que cuando mi amiga señaló las piedritas, no sabía de qué estaba hablando.
La mujer no pareció sobresaltarse por el grito sino que levantó primero las cejas, luego la vista y por último la cabeza. Sin sonreír ni hacer ningún tipo de mueca, dijo veinte pesos. Con la guía para interpretarlas. Sacó de debajo de la mesa un librito verde, rústicamente encuadernado, con dibujos y hojas fotocopiadas. Tirás las runas y… sí sí, ya sé, dijo Paula. Y le dio los veinte pesos. Gracias.
Los siguientes días fueron exclusivamente dedicados al estudio exhaustivo de las runas y sus significados. Primero Paula leyó el librito, esa misma noche. Me mostró que había pasado todo el día dibujando los símbolos en un cuaderno, y se había memorizado todos los significados. Preguntame alguno, dale. Terminamos sabiéndolos todos, y no sólo eso, sino que además inventábamos historias de vida en las que los personajes tenían pasados, presentes y futuros que se correspondían con la tirada de tres.
Una semana después de que Paula hubiera comprado las runas, me dijo cuando tomábamos mate:
-¿Sabés por qué compré eso? Porque me parece fascinante. Es como la Iglesia, los santos y toda esa cagada, pero más viejo, de otro lado, de la época de los vikingos. La gente cree de verdad en esto. Todos dicen que no, se ríen. Hasta se ríen en el momento en que les tiran las runas. Pero yo sé, estoy segura, de que cuando se van a dormir piensan en lo que les dijeron. Deben quedarse horas pensando ¿no? Se creen todo. Que que tengan paciencia (¿quién no debería?), porque deben separarse del sufrimiento pasado (un ex novio, una fantasía recurrente, un enamoramiento no resuelto), para aprovechar la nueva vida lejos de su origen (se van a vivir a otro barrio, a otra ciudad, a otro país). Digamos,  ¿quién puede no sentirse identificado con alguna de esas cosas? El resto queda para lo místico, ponele. La interpretación debe –lo subrayó- estar escrita de forma general, ¿me entendés? Pero ojo, también tiene que tener algún elemento que haga sentir a los creyentes que las runas les hablan a ellos, directamente a ellos. No es complicado, ya vas a ver.
Terminó de hablar y tuvimos uno de nuestros tantos silencios largos. Yo cebaba, pero no hablábamos, la ronda A-B seguía, pero en mute.
-Tengo una idea- dijo finalmente, cuando yo volvía de poner agua en el termo-. Vamos a vender runas. Pero no vamos a copiar el cuadernito de mierda este. Vamos a escribir uno nosotros. Yo voy a hacer las runas con masilla para artesanos, bien hippies. Las vamos a teñir de distintos colores, todo. A los símbolos los hacemos con un palillo y los remarcamos. Le vamos a hacer cajita y todas las boludeces para que queden presentables. Y se la vamos a vender a todo el mundo, tu abuela seguro nos compra, nuestros tíos, los chicos de la escuela. Hoy pensalo, ¿dale? Acordate cómo tiene que ser el verso, bien metafórico pero lo suficientemente detallista como para que se lo crean. Además no tiene que parecer inventado, sino no tiene gracia.
Paula no reía mientras hablaba, pero se notaba, desde lejos, que sus ojos sí. Se llenaban de brillo cuando se emocionaba y abría más la boca para hablar. Cuando se levantó de la vereda y caminó para su casa, escuché la carcajada.
****
Escribimos mucho. Varios tipos de interpretaciones. A veces discutíamos porque a uno le parecía demasiado obvio algún significado, o tan falso que perdía realismo. Tampoco teníamos que pasarnos en sobriedad porque el librito que nos había vendido la vieja no era para nada discreto. Buscamos por tres semanas el equilibrio. Precisión, entre metáfora astropoética y vil mentira. Nos gustaba poner significados drásticos como acepte la necesidad imperiosa de decidirse definitivamente por la alternativa que usted creía más desacertada. Otra que nos gustaba, por su aplicabilidad a mucha gente era no desestime un verdadero sentimiento por otro nuevo si no está completamente seguro de la autenticidad de éste. Éste, éste, escuchá: No tema subir al tren de la espiritualidad debido a comodidades paganas. ¿Ves? Ahí está la mística. Aproveche las nuevas oportunidades laborales; rechace permanecer en pareja en tiempos de crisis. No, Pau. Esa es demasiado decisiva. Nah, boludón, no pasa nada. Sepárese de las amistades que le hacen daño. Ahí les hacemos un favor ¿no?
Más que interpretaciones, nuestros escritos se hicieron recomendaciones, y cuanta más práctica adquiríamos más imperativos eran nuestros consejos. Los de las runas, bah. Queríamos ser precisos, no muy verseros porque así no daba. Éramos demasiado sintéticos. El librito de la vieja tenía dos párrafos por lo menos en cada interpretación. Obviamente, decían casi todas lo mismo, con diferentes palabras: paciencia; imperturbabilidad; entereza; integridad. Había ejemplos con actitudes del sujeto así que también inventamos eso. Fotocopiamos, cortamos, encuadernamos. Nuestro flamante libro con letra papyrus tenía la soberbia cantidad de 28 páginas con ilustraciones. Sólo 6 menos que la edición de la vieja hippie.
A las runas las hizo Pau. Nos tomamos la licencia de incluir dos símbolos más, parecido uno al del logo de Infinito, porque nos pareció que podía ir bien y queríamos agregar ese significado. A mí se me había pasado el miedo y Pau estaba cada vez más entusiasmada. Pasaba todo el día pensando en las runas y en la presentación. Había sido minuciosamente detallista con la masilla. La caja era marrón viejo y tenía algunos signos pintados encima con témpera negra y unos efectos de quemado. En total, armamos 17 paquetes, como para empezar.
La primera venta, como supusimos, fue a mi abuela. Invité a Paula a comer ese domingo a su casa y mientras la abuela preparaba los ñoquis, nos sentamos en la cocina para charlarla. Le contamos que era nuestro primer negocio. Nuestro discurso era: lo único que habíamos hecho era fabricar las runas artesanalmente y fotocopiar y encuadernar otra vez el libro de la señora de la feria. Al librito lo habíamos firmado como Jörgen Persson, nombre sueco para que parezca verdaderamente nórdico, pero eso, obviamente, era tan secreto como falso. Paula entraba a escena con su explicación histórica/cultural/sociológica del asunto y yo decía sí, claro, exacto y ponía cara de cansancio por haber trabajado tanto. 25$ para los amigos de nuestros viejos. 23$ para la familia.  Vendimos casi todos los paquetes. A Yani, una chica del colegio muy tímida le dijimos que las runas le podían ayudar mucho a planificar su futuro, así que nos compró convirtiéndose en la primera y única clienta de nuestra edad. Éramos todo unos empresarios.
***
No pasó mucho tiempo desde el comienzo de nuestro negocio hasta que empezaron a pasar cosas raras.
El tío Carlos se suicidó cuatro días después de que le vendimos las runas. Se colgó de una viga con un cinto, en el patio de su casa. Fue muy doloroso para la familia, pero más que nada fue escandaloso. Mi mamá se enteró en el velorio que la tía Mary le metía los cuernos al tío Carlos y que había empezado a  pasar noches en lo de su amante. Mi tío era un tipo simple, callado, tranquilo. Tenía 42. Esa noche discutieron muy fuerte. Se tiraron cosas, murmuraban los vecinos a los gritos. La tía Mary se fue, no durmió ahí y recién volvió a ver al tío cuando estaba en el cajón y se lo estaban llevando al cementerio.
Se lo veía mal cuando se las vendimos –me susurró Pau esa tarde en la sala velatoria-. Nos aprovechamos de él. Nos aprovechamos.
Minutos antes, cuando llegamos, había ido corriendo al baño. Volvió con los ojos rojos, se sentó a mi lado y no levantó la vista hasta que nos fuimos.
Pero eso no fue todo. Varios de nuestros compradores empezaron a irse con amantes, o se separaban de sus familias. Otros, empobrecieron de repente y huyeron de sus casas.
Casos de engañosa suerte también hubo, por ejemplo, el tío José. El tío José no era tío de ninguno de nosotros. Vivía en la otra cuadra, pero siempre nos dejaban ahí cuando éramos chicos. Había enviudado hacía no más de dos años y se había venido abajo. Había perdido el trabajo por el alcohol. Era un buen tipo, todo el mundo lo sabía, y se merecía otra oportunidad. Una mañana recibió un llamado. Era de una de las empresas en las que había dejado su currículum. Tenía que mudarse a Río Gallegos, buen sueldo y casa. Dudó mucho por sus amigos, que tanto lo habían ayudado y porque era impresionantemente lejos, pero se decidió por el sí. Durante el viaje, el micro atravesó una tormenta en Chubut. Hubo granizo y ventanillas rotas. Él iba del lado de la de emergencia. La piedra no fue tan grande pero la velocidad del impacto hizo que el golpe en la cabeza lo hiriera de gravedad. Murió dos días después, en Pico Truncado.
El Mario, vecino del abuelo de Paula, se hizo jugador. Vivía en el casino. Se bañaba cada tanto ahí. Era juez jubilado así que cobraba bien. Él nos compró las runas apenas Don Marcos le contó de nuestro negocio. Las pidió con urgencia, así que se ve que ya le había picado el bicho del juego. A Paula la llamó su abuelo y fuimos ahí nomás. 27 pesos porque tenía plata.
Parecía internado en la ruleta. Por esa época, en La Rioja todavía había sólo dos casinos alrededor de la Plaza. Supimos que de a poco fue dejando de volver a su casa. Pasaba días enteros jugando. Vendió sus autos, un terreno en la Quebrada y los dos departamentos en Córdoba. Así vivió, de un casino al otro, por tres meses, hasta que un día, de la nada, desapareció. No estaba más. La casa quedó cerrada, pero con la luz prendida. Nunca nadie supo más de él.
Hoy hace calor y va a llover. Recién vuelvo del centro. Caminé justo en el horario de salida de los colegios. Y extrañé a Paula. Esta vez no porque haya visto a un par de amigos, sino porque me topé de frente con una chiquita muy parecida a la Yani. Estaba escondida detrás de un árbol en la plaza. Tenía la frente fruncida y los ojos húmedos, a punto de llorar de rabia. Miraba a unos chicos que charlaban, esperando el colectivo. Era resentimiento. Como la Yani.
Nuestro negocio terminó en los noticieros de todo el país. Pero nunca nadie supo que se debió a nuestras runas. De hecho, nosotros tampoco lo comprobamos nunca con total seguridad. Pero yo terminé intuyéndolo.
Fue una mañana antes del integrador de Biología. Habíamos tenido que hacer un trabajo práctico del sistema linfático en grupo como primera parte del examen. Como siempre, Yani quedó sola. El trabajo había sido muy complicado porque había que relacionar todos los sistemas con el linfático y entre sí.
Así relató los hechos Jorge Sdrech en su columna del Noticiero 13: alumna de 14 años, hija de un policía a punto de retirarse, entra al colegio con el arma reglamentaria de su padre, espera a la hora del examen y abre fuego contra sus compañeros y profesora; resultado: tres alumnos y la docente muertos, cuatro heridos graves, diez ilesos. Como por gracia del destino, varios compañeros se habían “enfermado” ese día y se enteraron de la tragedia por televisión. Fue la primera de una seguidilla de masacres en escuelas. En ésta, la tiradora se suicidó.
Paula nunca creyó en Dios. Pero yo sí, esos cuatro días del hospital, sí. Pero no fue suficiente. A mí, una bala me rozó el hombro. No fue nada. A ella, en cambio, que se sentaba adelante mío, la bala la impactó en el cuello. Estuvo internada tres noches. Recé como nunca en mi vida. En la silla de la sala de espera, en la capillita del barrio, en mi cama.
El 17 de junio a la mañana, antes de ir a visitarla, desesperado y con el corazón golpeándome los dientes, tiré las runas para las preguntas sí o no. Cuando quise saber si Paula viviría me tocó la runa blanca. Me fijé en el librito de la vieja y en el nuestro. No habíamos modificado el significado. Paciencia. En algunos casos puede significar la muerte.
No hubo metáforas. A veces, cuando escucho sobre travesuras adolescentes o negocios raros, y cada maldita vez que se instala la feria en la Plaza Sarmiento, también… extraño a Paula.

                                                                                                A.V         08/02/11


(gracias por leer hasta acá)


2 buenondones expresivos:

Jorges dijo...

Muy buen relato. Como siempre, me sorprende y me halaga como lector. Un abrazo, amigo Vildoza.

Anónimo dijo...

qué lindo escribís, che. soy yo la que dicen que tiene un romance con vos y los dos nos reimos porque los dos sabemos que no es verdad, aunque es un poquito cierto si romance es quererse tanto como se queremo

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